"El problema para España es que Marruecos se convierta en un socio más valioso para EEUU"
Resumen¿Cómo valora la gestión de la crisis desatada en Ceuta por parte del Gobierno español?Todavía nos falta información importante sobre lo ocurrido. Dicho esto, la reacción inicial del Gobierno, agradeciendo públicamente la colaboración de Marruecos, no fue acertada. Primero porque en aquel momento era clave que el grueso de quienes habían saltado regresasen. Y segundo, y ya a un nivel más macro, comprendo que preservar la estabilidad y una buena relación con Rabat es un objetivo importante para España.
¿Cómo valora la gestión de la crisis desatada en Ceuta por parte del Gobierno español?Todavía nos falta información importante sobre lo ocurrido. Dicho esto, la reacción inicial del Gobierno, agradeciendo públicamente la colaboración de Marruecos, no fue acertada. Entiendo la lógica. Primero porque en aquel momento era clave que el grueso de quienes habían saltado regresasen. Y segundo, y ya a un nivel más macro, comprendo que preservar la estabilidad y una buena relación con Rabat es un objetivo importante para España. Pero hacerlo antes de esclarecer suficientemente qué había ocurrido redujo nuestro margen de maniobra. En la crisis de 2021, Pedro Sánchez reaccionó desplazándose inmediatamente a Ceuta, dejando claro que la soberanía española no estaba en discusión y que el Estado estaba dispuesto a defenderla. Esa combinación de firmeza y voluntad posterior de cooperación me pareció más adecuada. Luego hubo una gestión discutible de esa combinación de ingredientes al producirse una clara acomodación a Rabat en la cuestión del Sáhara, sin contrapartidas claras. España necesita una buena relación con Marruecos, pero debe reconciliar ese objetivo con la necesidad de preservar una posición de seguridad.La ministra de Defensa y el del Interior han cruzado reproches por las alertas previas a la entrada masiva de inmigrantes irregulares. ¿Falló el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) o las fuerzas de seguridad encargadas de controlar la frontera?No tengo información para determinar dónde se produjo el fallo. Pero sí me resultaría sorprendente que un movimiento de esta magnitud hubiera pasado completamente inadvertido a los servicios españoles. Una operación así deja múltiples señales: movimientos físicos, comunicaciones, redes sociales y otros indicadores que pueden ser observados por distintos medios. Si no se detectaron, habría que preguntarse por qué; y si se detectaron, habría que analizar cómo se procesó y transmitió esa información, y cómo llegó a quienes tenían que tomar decisiones. Convertir esto en una disputa entre ministerios no ayuda. Las divisiones internas transmiten debilidad hacia fuera, precisamente cuando España necesita proyectar cohesión y determinación.Pero el caso es que el Ejecutivo, y lo volvimos a ver ayer en el Congreso, no sólo muestra diferencias sobre el papel del CNI; también sobre la naturaleza de lo que pasó el 30 de julio. Margarita Robles habla abiertamente de un ataque «híbrido». Otros ministros lo reducen a una crisis migratoria. Y el presidente, en su primera visita a Ceuta, lo calificó de «ataque a la integridad territorial». ¿Qué pasó el 30-J? Hay demasiadas incógnitas sobre el papel exacto de Marruecos para utilizar determinadas palabras categóricamente. Pero, con los indicios disponibles, parece razonable analizar lo ocurrido como una forma de coerción o ataque híbrido, y no simplemente como un episodio migratorio. Marruecos es un Estado autoritario, con un poderoso aparato de seguridad y una importante infraestructura de vigilancia fronteriza. Resulta difícil imaginar un movimiento de estas dimensiones sin que las autoridades marroquíes tuvieran conocimiento de él y, como mínimo, lo tolerasen. Una cuestión distinta es si participaron de forma directa en su planificación o coordinación. Sobre eso no disponemos de pruebas suficientes para pronunciarnos. Pero estratégicamente importa también el contexto. Marruecos atraviesa un momento favorable: ha avanzado sustancialmente en el Sáhara, mantiene una relación privilegiada con Washington y percibe una posición española relativamente debilitada. Es razonable preguntarse si Ceuta ha servido también para poner a prueba la determinación española y la reacción de nuestros aliados. Estamos ante una crisis de seguridad nacional y geopolítica porque afecta a la integridad territorial española y a uno de los espacios estratégicos más importantes para la Península: el Estrecho y nuestro flanco sur.Es decir, que el giro del Gobierno abriéndose a reconocer la autonomía marroquí sobre el Sáhara, lejos de calmar a Rabat, lo ha envalentonado.Fue un error, aunque hay que reconocer la difícil tesitura en la que se encontraba España. Marruecos había conseguido hacer bascular a EEUU hacia sus posiciones y estaba logrando avances importantes entre los países europeos. Yo aquí resaltaría una regla básica de la geopolítica: no sólo importa el equilibrio de poder; importa también el equilibrio de intereses y de determinación. El Sáhara es mucho más importante estratégicamente para España y Marruecos que para la inmensa mayoría de nuestros aliados. Por eso este era uno de esos asuntos en los que España tenía razones para plantarse.Volviendo a Ceuta. ¿El Gobierno tendría que haber asumido antes el mando único?Una crisis de estas características habría requerido desde muy pronto algún mecanismo de coordinación integrada, porque desborda claramente las competencias de un único departamento: tiene dimensiones migratorias, policiales, de inteligencia, diplomáticas y potencialmente militares. Una mayor integración habría permitido gestionar mejor y habría cumplido además una segunda función: transmitir tranquilidad a la población y determinación hacia el exterior. ¿Puede España hacer depender el control de su frontera con Marruecos de un país que amenaza la integridad territorial española?No. España debe cooperar estrechamente con Marruecos en la gestión de la frontera, pero no puede depender estratégicamente de esa cooperación. Y menos aún cuando miembros del Gobierno marroquí han vuelto a formular explícitamente reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, aunque Rabat haya administrado esta cuestión con distintos grados de ambigüedad. La cooperación es necesaria; la dependencia es una vulnerabilidad. España debe disponer de capacidades propias suficientes y cuidar al mismo tiempo los equilibrios diplomáticos alrededor de esta cuestión. Las relaciones internacionales, antes que buenas o malas, son relaciones de poder. Una buena relación con Marruecos sólo será sostenible si descansa sobre una posición española suficientemente sólida.¿Sería viable una militarización permanente de la frontera?La solución no puede ser militar, pero tampoco puede haber una estrategia creíble que ignore la dimensión militar. Ceuta y Melilla presentan problemas defensivos evidentes: distancia, vulnerabilidad logística y, sobre todo, la posibilidad de que la presión adopte formas híbridas deliberadamente diseñadas para permanecer por debajo del umbral de una agresión militar convencional. España necesita algo más amplio: dominio de la escalada. Debe poder responder a la coerción en distintos ámbitos, como el diplomático y económico, de manera que cualquier actor entienda que aumentar la presión sobre Ceuta o Melilla tendrá costes. La disuasión consiste en convencer al otro de que la coerción no le va a resultar rentable.Ha mencionado que, hace escasos días, dos ministros de Marruecos, uno de ellos ante Mohamed VI, han llamado a «liberar» Ceuta y Melilla. No parece probable que Marruecos abandone espontáneamente una reivindicación que ha mostrado una notable continuidad. Desde el punto de vista español, sin embargo, la cuestión debe ser inequívoca: Ceuta y Melilla son españolas. Hay 130.000 compatriotas allí que merecen y exigen protección. Su soberanía no está sujeta a negociación. España debería trabajar para reforzar internacionalmente esa realidad, tanto en Europa como, sobre todo, en EEUU. Washington ha reiterado recientemente su reconocimiento de la soberanía española sobre ambas ciudades, y eso es importante. España necesita una relación estrecha con Marruecos. La geografía no permite otra cosa. La fórmula debería ser disuasión, cooperación y equilibrio, por ese orden. Pero lo ocurrido debe tener consecuencias. Hay un amplio menú de respuestas diplomáticas y económicas: desde llamadas a consultas y revisión de determinados ámbitos de cooperación hasta utilizar nuestra influencia europea, reforzar la relación con Argelia, acelerar nuestras capacidades de defensa y recomponer urgentemente la relación con EEUU. El deterioro de la relación entre Madrid y Washington, combinado con la excelente relación entre Washington y Rabat, genera un contexto permisivo que aumenta el margen de maniobra marroquí.¿Hasta qué punto se siente Marruecos reforzado por la alianza con Israel y con EEUU? Seguramente influye. Los Acuerdos de Abraham han permitido a Marruecos reforzar vínculos con Israel y han contribuido a mejorar todavía más su posición en Washington. Pero no perdería de vista la jerarquía. Para España, el factor decisivo en el ámbito diplomático es EEUU. La relación con Israel importa, pero porque forma parte de una transformación más amplia del posicionamiento internacional de Marruecos. El problema para España aparece si Rabat logra convertirse en un socio más valioso para Washington mientras disminuye el valor relativo de España. Usted ha sostenido en EL MUNDO que Ceuta forma parte de la primera línea de defensa de la Península. Ceuta importa menos por su tamaño que por el sistema del que forma parte. Junto con Melilla, Canarias y el espacio del Sáhara, integra un perímetro que proporciona profundidad estratégica a la Península y contribuye a proteger el Estrecho. A medida que ese perímetro se erosiona, aumenta la importancia, y la vulnerabilidad, de las piezas restantes. Establecería una jerarquía muy clara. Lo primero son las capacidades y la determinación españolas. En el plano exterior, el interlocutor decisivo es Washington. Eso exige recomponer el vínculo con Donald Trump. España difícilmente puede preservar sus intereses en el norte de África si EEUU adopta posiciones contrarias a ellos. Por eso recomponer la relación con Washington y aumentar el valor estratégico de España para EEUU debería ser una prioridad. El Estrecho, Rota y Morón, la proyección aeronaval entre el Mediterráneo y el Atlántico, la cooperación tecnológica e industrial en defensa son activos importantes, igual que nuestro vínculo con América Latina. España parte de una posición estructuralmente fuerte frente a Marruecos. El riesgo es permitir que esa ventaja se vaya erosionando. Y hay dos factores preocupantes: décadas de insuficiente inversión en capacidades militares y el descuido de una relación con EEUU que es fundamental para el equilibrio estratégico del flanco sur.¿La estabilidad del flanco sur europeo exige una relación estrecha y cooperativa con Rabat?Sin duda. Marruecos es un vecino extraordinariamente importante para España y existe una enorme agenda de intereses comunes: seguridad, terrorismo, economía, inmigración, energía y estabilidad regional. Pero precisamente porque la relación es tan importante, debe construirse sobre fundamentos sólidos.Josep Borrell ha calificado de «histérica» la reacción de la UE.No sé si utilizaría ese calificativo, pero la reacción de numerosos socios europeos ha mostrado una preocupante falta de solidaridad con España. Esta crisis demuestra también las profundas diferencias que existen entre los europeos sobre inmigración. España no puede externalizar a Bruselas la defensa de sus intereses estratégicos. Lo que sí puede es europeizar bastante más la defensa de Ceuta y Melilla en el nivel político, económico y migratorio. Y ahí aparece una cuestión importante: qué instrumentos europeos pueden movilizarse cuando un tercer país utiliza su relación con la Unión como palanca de presión sobre un Estado miembro.Está refiriéndose a represalias económicas o diplomáticas. El menú es muy amplio. La UE posee un enorme poder comercial, financiero y regulatorio: acceso al mercado, cooperación sectorial, agricultura, pesca, financiación, visados o acuerdos políticos pueden convertirse en instrumentos de presión. Tenemos precedentes de utilización del poder económico europeo ante actos de coerción territorial, aunque naturalmente hay que distinguirlos. La anexión rusa de Crimea afectó a un Estado que no era miembro de la Unión y llevó a sucesivas rondas de sanciones. Aquí estamos hablando de una crisis que afecta directamente a la integridad territorial de un Estado miembro. Eso debería, en principio, reforzar la capacidad española para movilizar solidaridad europea. El problema es que para activar esos instrumentos primero hay que definir correctamente la naturaleza de la crisis. Si el propio Gobierno español evita atribuir a Marruecos responsabilidad alguna y presenta lo sucedido fundamentalmente como una cuestión migratoria y de mafias, él mismo estrecha considerablemente el espacio político para pedir después medidas europeas contra Rabat. No se puede reclamar una respuesta geopolítica europea y, simultáneamente, desgeopolitizar la causa que debería justificarla.¿El Gobierno acierta al rectificar y proponer la reforma del procedimiento de asilo y de la Ley de Extranjería para endurecer los retornos? En principio, sí. Un Estado debe poder controlar eficazmente sus fronteras y disponer de mecanismos jurídicos que permitan retornar a quienes no cumplen las condiciones para permanecer en su territorio. DNINació en Murcia, en 1981. Es director de la Oficina del Real Instituto Elcano en Bruselas e investigador principal. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Londres, es profesor de Relaciones Internacionales en la Vrije Universiteit Brussel, en Bruselas.