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De un chalé de Arturo Soria a un polígono de Villaverde: viaje a las religiones que menos fieles profesan en Madrid

Resumen

Miles de kilómetros separan la capital española de esta ciudad de la India, en la que se levanta el corazón espiritual del sijismo, una religión nacida de un acercamiento de posturas entre el hinduismo y el islam. esta región se reúnen para comer en la monumental infraestructura que constituye el Templo Dorado, donde llenan sus bandejas sin coste ni distinción por edad, género o religión. Lo mismo sucede, en proporciones contenidas, en una nave industrial de Villaverde que esconde el único templo sij de la capital, el Gurudwara Nanaksar Sahib de Madrid. Con el mismo espíritu que en la India, pero en esplendor y dimensiones reducidos, este lugar ofrece comidas gratuitas cada domingo a unas pocas decenas de personas.Laura, madrileña de Las Rozas y bautizada en el catolicismo, es una habitual en el lugar desde que, hace más de un año, un viaje a la India despertó en ella una nueva forma de concebir su fe.

Está lejos, Amritsar. Miles de kilómetros separan la capital española de esta ciudad de la India, en la que se levanta el corazón espiritual del sijismo, una religión nacida de un acercamiento de posturas entre el hinduismo y el islam. Cada día, los sij de ... esta región se reúnen para comer en la monumental infraestructura que constituye el Templo Dorado, donde llenan sus bandejas sin coste ni distinción por edad, género o religión. Lo mismo sucede, en proporciones contenidas, en una nave industrial de Villaverde que esconde el único templo sij de la capital, el Gurudwara Nanaksar Sahib de Madrid. Con el mismo espíritu que en la India, pero en esplendor y dimensiones reducidos, este lugar ofrece comidas gratuitas cada domingo a unas pocas decenas de personas.Laura, madrileña de Las Rozas y bautizada en el catolicismo, es una habitual en el lugar desde que, hace más de un año, un viaje a la India despertó en ella una nueva forma de concebir su fe. «Aquí aprendo cómo llegar a dios, que es el mismo para todos», sostiene. Antes de entrar, todo visitante se despoja de su calzado y purifica, a través del lavado, sus pies y manos. La cabeza, siempre cubierta mientras solícitos hombres jóvenes ofrecen, sin apenas interrupción y en riguroso silencio, alimentos vegetarianos cocinados allí mismo.«Mi hija ha venido, mi hijo no», cuenta la española, sobre la aceptación en su familia de esta nueva fe que profesa. Ya no les es extraño observarla vestida con el atuendo tradicional, saben que ha encontrado la calma en un sijismo cuyas enseñanzas, al profesarse en hindú, no alcanzaría a entender sin un traductor digital y la ayuda de sus compañeros. «Encuentro aquí lo que no encuentro fuera», asevera sobre este templo, que, además de alimentar, ofrece cobijo a contadas personas que no encuentran un lugar en el que establecerse.El Gurudwara madrileño abrió en 2012 tras el cierre del que había en Lavapiés, inaugurado en 2008. «Era pequeño, así que nos vinimos más cerca del metro», cuenta Jitinder Singh, que gestiona con maestría lo que allí acontece. Aun sin una organización precisa, todos parecen saber cuál es su labor, desde lavar platos a cocinar, servir o recoger. El servicio a los demás es parte primordial de su religión y por ello, sin excesivas palabras y apenas contacto visual, se entregan a la atención del visitante.Aquí hay una «muy buena comunidad», dice Grandthi, sobre la familia que ha encontrado en Madrid. De su garganta salen las enseñanzas que se profesan en la parte superior de la nave, la reservada para el culto, donde los colores bañan un ambiente aderezado con música tradicional en directo. Solo en esa sala, hombres y mujeres están separados y numerosos niños revolotean como si no se tratase de un espacio de oración, incluso una pequeña aventurada acaricia, sin ser regañada, una de las plantas del altar en el que se adoran las escrituras. «Nos han acogido bien los españoles. A ellos les gusta la fiesta, como a nosotros», se ríe Jitinder. Españoles los hay, aunque pocos, ya que la mayoría de asistentes son hindúes no necesariamente sijs. Para ellos, el Gurudwara es una forma de arraigo a una comunidad que creyeron perdida tras marcharse de la India, pero una parte de su cultura se diluye en las costumbres de occidente. Ejemplo de ello es la daga que porta Grandthi, uno de los elementos sagrados reservados a los sij de elevada categoría. Aunque insisten en que es un elemento meramente simbólico, por reglamento no les dejan acceder con ella a numerosos lugares y, en determinados trabajos, han de cortarse pelo y barba cuando sus reglas dictan no hacerlo.Actividad en el Gurudwara de Villaverde durante un domingo Tania SieiraLa comunidad baha'i, por el contrario, se considera «un reflejo en miniatura de lo que es la sociedad madrileña». La nave industrial de Villaverde no es la única que cobija una religión casi ignota. Entre las grandes desconocidas, aunque con mayor número de fieles, se encuentra la fe baha'i. Fue durante la dictadura franquista cuando llegó la primera creyente a España, Virginia Orbison. «Que una mujer en una época en la que no podían abrir una cuenta de banco sin su marido viniera sola desde Estados Unidos y se estableciera aquí hizo que mucha gente congeniase con los principios que compartía», cuentan Clarisa Nieva y Nuria Vahdat, representantes de la oficina baha'i en Madrid.Entre ellos, los hay iraníes expatriados y múltiples extranjeros, pero también un colectivo de españoles «bastante amplio». El primer intento de formar una asociación no católica, en 1953, fue denegado, pero ahora cuentan con notorio arraigo. «Hay una población que te ve mal por ser creyente en general; otra que es extremadamente religiosa y te dice que la suya es la única y verdadera. Pero en medio hay un abanico muy grande de personas que comulgan con lo que estamos haciendo», sostiene Nieva.Entre sus actividades en Madrid dan clases a niños y grupos de jóvenes, «aunque la mayoría de participantes no son baha'is, sino amigos». Aseguran que sus cercanos les reprochan por ser no darse a conocer en exceso, pero su manera de llegar a la gente es a través de conversaciones, una «transformación desde las bases». En total, según sus datos, son alrededor de 350 los fieles registrados en la ciudad de Madrid, aunque también hay en otras zonas, como Alcalá de Henares. Además de este, poseen otro centro más pequeño en Tetuán. Clarisa Nieva y Nuria Vahdat en el centro Baha'i de España y, abajo, una imagen de los primeros baha'is de la capital. Isabel PermuyAl Centro Baha'i de España, ubicado en un chalé próximo a Arturo Soria, llegaron después de que el hijo de una de las pioneras lo comprase. En 1992 se inauguró la primera parte y fueron doce años de trabajo hasta armar un edificio que «se ha ido equipando y mejorando». Para ello, se utilizaron los fondos de la comunidad nacional: «En la fe baha'i se siente como un privilegio aportar económicamente. Es secreto y no es una obligación, pero si una entidad quiere donar no está permitido».Sij y baha'is apenas hay en la capital. Aunque escasos, sus creyentes han encontrado un espacio discreto, en ocasiones recóndito, que hace las veces de hogar para quienes anhelan un contacto con una patria abandonada. Con el tiempo y franqueando las barreras del desconocimiento, contados españoles han aposentado en estos templos sus reflexiones, haciendo de ellos un lugar no solo de paso, sino un espacio al que volver.