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Expansión ·

La búsqueda de una nueva Tierra

Resumen

Platón observó en una ocasión que la astronomía "obliga al alma a mirar hacia arriba y nos conduce de este mundo a otro". Pronto, un viaje cósmico que lleva el nombre del antiguo filósofo griego contemplará estrellas a muchos años luz de distancia como parte de una creciente búsqueda de planetas similares al nuestro. La Agencia Espacial Europea (ESA) lanzará el satélite Platón a principios del próximo año, equipado con un conjunto de 26 cámaras de alta especificación que escanearán los miles de exoplanetas, mundos más allá de nuestro sistema solar. Este programa es una muestra de la rapidez con la que avanza el conocimiento del cosmos.

Platón observó en una ocasión que la astronomía "obliga al alma a mirar hacia arriba y nos conduce de este mundo a otro". Pronto, un viaje cósmico que lleva el nombre del antiguo filósofo griego contemplará estrellas a muchos años luz de distancia como parte de una creciente búsqueda de planetas similares al nuestro. La Agencia Espacial Europea (ESA) lanzará el satélite Platón a principios del próximo año, equipado con un conjunto de 26 cámaras de alta especificación que escanearán los miles de exoplanetas, mundos más allá de nuestro sistema solar. Este programa es una muestra de la rapidez con la que avanza el conocimiento del cosmos. El primer planeta que orbita otra estrella se descubrió en 1992. Platón forma parte de un esfuerzo histórico para identificar mundos distantes similares a la Tierra que nos ofrezcan valiosas lecciones para el futuro de nuestro planeta e incluso puedan albergar vida. "El objetivo principal es comprender hasta qué punto nuestro sistema solar difiere de otros sistemas", afirma Ana Heras Pastor, científica del proyecto de la misión Platón. Platón forma parte de lo que Reid Wiseman, comandante de la misión Artemisa II de la NASA, ha calificado como una "era dorada" de los viajes espaciales. El mes pasado, la tripulación de Artemisa rodeó la cara oculta de la Luna, como hicieron sus predecesores del programa Apolo hace más de medio siglo, en una época anterior de ambición extraterrestre. Las capacidades y ambiciones actuales eclipsan cualquier cosa que se contemplara en el momento del primer alunizaje tripulado en 1969, cuando los únicos mundos conocidos eran los que orbitaban alrededor del Sol. Los rápidos avances tecnológicos en cohetes, telescopios, satélites, inteligencia artificial y robótica permiten a los científicos explorar el espacio exterior como nunca antes. Al mismo tiempo, la financiación pública y privada para los programas espaciales ha aumentado de forma constante, especialmente en Estados Unidos y China, países que planean enviar personas a la Luna antes de que termine la década. Ambas potencias tienen la vista puesta en los beneficios potenciales de la llamada economía lunar. La consultora PwC proyecta ingresos acumulados totales de entre 94.000 y 127.000 millones de dólares provenientes de actividades como la minería y el turismo durante los 25 años previos a 2050. Las iniciativas espaciales financiadas por multimillonarios han convertido la idea de los viajes espaciales para personas que no son astronautas en una realidad reservada a unos pocos privilegiados, mientras que los científicos continúan la búsqueda de vida extraterrestre, especialmente en las nubes que envuelven el planeta Venus. Entre el primer descubrimiento de un exoplaneta y el amerizaje de Artemisa II el mes pasado, los científicos identificaron más de 6.000 planetas, una ínfima fracción de los más de 100.000 millones que se cree que existen en la Vía Láctea. Al estudiar estos mundos distantes, los científicos esperan obtener información sobre los sistemas ambiental y geológico de la Tierra. Exoplanetas Las distancias a los exoplanetas son casi inimaginables, e inalcanzables para las naves espaciales construidas por el ser humano en un futuro previsible. El exoplaneta conocido más cercano se encuentra a más de cuatro años luz de distancia. Para comprender el desafío, la sonda Voyager 1, que partió de la Tierra hace casi medio siglo, en 1977, alcanzará este año la distancia de un día luz de la Tierra. Una herramienta crucial en la búsqueda de exoplanetas es el Telescopio James Webb, lanzado en 2021 como resultado de una colaboración internacional entre las agencias espaciales de Estados Unidos, Europa y Canadá. Orbita alrededor del Sol a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, aproximadamente cuatro veces más lejos del planeta que la Luna. Para evitar el sobrecalentamiento, despliega un parasol del tamaño de una cancha de tenis. Desde su posición protegida, el telescopio puede detectar y analizar las emisiones de luz de los sistemas exoplanetarios mediante una técnica conocida como espectroscopia, para determinar la composición de mundos lejanos. Se basa en la forma en que cada sustancia química interactúa con la luz de manera única, según su estructura. Cada elemento o molécula tiene una señal espectroscópica distintiva, como una huella dactilar o un código de barras. Estas observaciones junto con otras, incluidas las realizadas por telescopios terrestres cada vez más sofisticados, sugieren que los exoplanetas presentan una extraordinaria variedad. Los hallazgos reportados abarcan desde mundos acuáticos que podrían albergar seres vivos hasta esferas sulfurosas que a los humanos nos parecen infernales pero que podrían tener su propia química de la vida. La catalogación de exoplanetas forma parte de una búsqueda más amplia de inteligencia extraterrestre, donde los radiotelescopios también escuchan en busca de señales de civilizaciones distantes. Entre los objetivos prometedores en la búsqueda de vida se encuentran los mundos del sistema Trappist-1, a unos 40 años luz de distancia. Las lecciones que se aprenden de otros planetas pueden ser profundas, afirma Lisa Kaltenegger, directora del Instituto Carl Sagan y profesora de astronomía en la Universidad de Cornell. Explica que el científico estadounidense que da nombre a su organización fue uno de los primeros en descubrir que Venus es extraordinariamente caliente. La razón: un efecto invernadero descontrolado provocado por una atmósfera compuesta principalmente de dióxido de carbono. El conocimiento humano sobre los exoplanetas aún es fragmentario e imperfecto. Esto ha generado un intenso debate sobre los hallazgos, especialmente sobre un mundo conocido como K2-18b que se encuentra a 124 años luz de la Tierra. El año pasado, los científicos anunciaron que mostraba indicios espectroscópicos de actividad biológica, lo que describieron como la evidencia más sólida hasta la fecha de vida extraterrestre. Investigaciones posteriores sobre K2-18b han puesto en duda esta afirmación. Otros científicos sostuvieron que los datos que sugerían la presencia de dimetilsulfuro (DMS), una sustancia química producida por microorganismos en la Tierra, no eran estadísticamente significativos. La Luna Más cerca de casa, las aspiraciones para la Luna se han ampliado, pasando de visitas humanas ocasionales a la ocupación permanente. Después de 2028, la NASA pretende lanzar misiones lunares tripuladas dos veces al año mientras comienza a preparar la infraestructura para una base lunar de 20.000 millones de dólares. Las nueve posibles ubicaciones se sitúan cerca del polo sur lunar, donde los científicos creen que la mayor parte del agua de la Luna existe en forma de hielo protegido del Sol por las paredes de los cráteres. Aguardan obstáculos formidables. El más importante es que la agencia aún no ha decidido cuál de los dos módulos de aterrizaje —si es que se utiliza alguno de ellos— suministrados por SpaceX de Elon Musk y Blue Origin de Jeff Bezos estará listo a tiempo para transportar astronautas desde la nave espacial Orión a la superficie lunar para la misión Artemisa IV en 2028. El próximo año, la misión Artemisa III pondrá a prueba el rendimiento y la capacidad de acoplamiento de ambos en la órbita terrestre. China es otro problema. El gigante asiático lleva varios años enviando misiones robóticas cada vez más ambiciosas a la Luna, como la primera que aterrizó con éxito en la cara oculta en 2019 y trajo muestras a la Tierra en 2024. Pekín aspira a enviar una tripulación a la Luna para 2030. Muchos observadores esperaban que fijase como lugar de aterrizaje un punto cerca del polo sur lunar, como está haciendo Estados Unidos. Pero en marzo, científicos chinos publicaron un análisis de las perspectivas de una zona llamada Rimae Bode cerca del ecuador de la Luna. Su geología la convierte en "una candidata de alta prioridad para la próxima misión tripulada china", afirmaron. Si China y Estados Unidos eligen lugares de aterrizaje diferentes, se reducirán las posibilidades de una competencia territorial inmediata. Sin embargo, algunos observadores temen un eventual conflicto por los recursos lunares si resulta rentable extraer de la Luna sustancias escasas para transportarlas a la Tierra, como el helio-3 para reactores de fusión nuclear. Otras actividades generadoras de ingresos incluyen el transporte a través de la superficie lunar, las telecomunicaciones y la construcción de hábitats para visitantes, desde científicos hasta turistas. La Luna también podría ser un trampolín para misiones a Marte. Robótica La robótica ha abierto nuevas posibilidades para los viajes espaciales, y ha puesto en duda la necesidad misma de que los humanos viajen más allá de la atmósfera terrestre. Para Martin Rees, ex Astrónomo Real de Reino Unido, "la justificación práctica para los vuelos espaciales tripulados se debilita cada vez más con cada avance en robótica". "Para cuando la primera misión tripulada a Marte esté lista para su lanzamiento, los rápidos avances en IA seguramente habrán reducido la brecha actual entre las capacidades intelectuales robóticas y humanas", afirma. El impacto en el cuerpo de vivir en un entorno de baja gravedad y el desgaste psicológico de pasar largos periodos en contacto cercano con otros astronautas son dificultades que pueden superarse, afirma Robin Wordsworth, profesor de ciencias planetarias de la Universidad de Harvard. "El desafío que requerirá mayor trabajo es la protección contra la radiación solar y los rayos cósmicos galácticos de alta energía provenientes del espacio exterior", explica. Un lugar al que ningún humano planea ir pronto es la atmósfera superior nubosa y extremadamente ácida de Venus. No obstante, los investigadores esperan encontrar vida extraterrestre allí. Las temperaturas rondan los 30 °C, en contraste con los 460 °C de la superficie del planeta. En 2020, se detectaron allí trazas de un gas llamado fosfina, asociado a la actividad biológica en la Tierra. Sara Seager, profesora de ciencias planetarias en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y su laboratorio han demostrado que una amplia gama de moléculas orgánicas, incluyendo posibles componentes básicos de la vida, podrían sobrevivir en el ácido sulfúrico concentrado de las nubes. Actualmente, colabora con una asociación público-privada para enviar sondas a analizar la atmósfera. "Calculo que hay una probabilidad del 50% de que exista vida en las nubes de Venus", afirma Seager. "En comparación, situaría la probabilidad de que haya vida bajo la superficie de Marte en un 75%, aunque en esta fase es sólo una especulación". Otros posibles refugios para la vida son los océanos líquidos que se cree que se encuentran bajo la superficie helada de algunas lunas de Júpiter. Estos serán visitados por las naves Juice de la ESA y Europa Clipper de la NASA a principios de la década de 2030. La ESA también planea provisionalmente una misión llamada L4 para aterrizar en Encélado, la luna de Saturno, en 2052, momento en que estará iluminada por el Sol. "Para entonces seré muy mayor, pero necesitamos mucho tiempo para llevar a cabo una misión que realice experimentos definitivos en la superficie de Encélado", afirma Carole Mundell, directora científica de la ESA. "Las afirmaciones excepcionales requieren evidencias excepcionales". Las reacciones a las imágenes de la Tierra que enviaron los astronautas del programa Artemisa demuestran que el espacio exterior sigue cautivando la imaginación del público. Aunque los robots con inteligencia artificial superen a los humanos en la práctica, las misiones tripuladas siempre tendrán su lugar, afirma Wordsworth de Harvard. "Hay algo en la experiencia de ir a lugares nunca antes visitados y ampliar los límites de lo posible que garantiza que la exploración espacial humana continuará", concluye. Los descubrimientos sobre tantos mundos hasta ahora desconocidos no sólo ponen de relieve los avances tecnológicos subyacentes y la competencia entre grandes potencias que los impulsa. También muestran lo repentinamente y rápido que ha avanzado la humanidad en su exploración de las estrellas que tanto interés despertaron en Platón hace milenios. Como afirma James Windsor, responsable de rendimiento y carga útil de la misión que lleva el nombre del filósofo: "Nuestro objetivo es encontrar, en el mejor de los casos, una Tierra 2.0". © The Financial Times Limited [2026]. Todos los derechos reservados. FT y Financial Times son marcas registradas de Financial Times Limited. Queda prohibida la redistribución, copia o modificación. 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