Urge educar en el pensamiento crítico
ResumenEl profesor abre la puerta acompañado por tres funcionarios de la Agencia Tributaria. La escena nace como respuesta a los mitos sobre los impuestos que se han colado en el imaginario del alumnado. “Creen que es contestatario, pero es mainstream”, resume Juan F. Moreno Palomo, profesor de Secundaria y Bachillerato.
Suena el timbre. Cambio de clase. El profesor abre la puerta acompañado por tres funcionarios de la Agencia Tributaria. La escena nace como respuesta a los mitos sobre los impuestos que se han colado en el imaginario del alumnado. “Creen que es contestatario, pero es mainstream”, resume Juan F. Moreno Palomo, profesor de Secundaria y Bachillerato. El experimento desmoraliza; desde los pupitres se repiten argumentos de tertulia, sin evidencia. “Las opiniones valen si se fundamentan”, insiste. “El espíritu crítico pasa por distinguir datos de opiniones y para ello hacen falta saberes y contenidos”. La suya no es una preocupación minoritaria. El estudio Infancia Digital —de UNICEF España, USC, CCII y Red.es— muestra que el 82% del profesorado considera importante (bastante o mucho) que el alumnado adquiera capacidad para analizar de forma crítica la información online. En el mismo proyecto, entre las propuestas de prevención dirigidas a familias aparece “otorgar herramientas para fomentar el pensamiento crítico”. La psicóloga especializada en adolescencia y entornos digitales seguros Maitane Ormazabal añade la lectura de la “lógica algorítmica”. Es decir, cuando “nos lo dan mascado” y llegan “las respuestas casi antes que las preguntas” se reduce el margen para buscar, comparar y elegir; y con ello “se empobrecen recursos mentales y emocionales necesarios para construir criterio propio”, dictamina. Toca hablar de pensamiento crítico en un momento en el que, dentro y fuera del aula, la autoridad se cuestiona por defecto y las conversaciones se aceleran y empobrecen. Así lo explica Jordi García Farrero, coautor de Pensar por cuenta propia (Octaedro, 2024), quien lamenta que docentes y científicos “ya no son vistos como autoridad”. Para revertirlo, pide que la escuela dé más peso “a la pregunta que no busca afirmación; sino la profundidad, que se valore el proceso de pensamiento”. Esa defensa de la pregunta y del proceso suena quijotesca en este mundo acelerado. “Para observar hay que detenerse”, sostiene Florencia Sichel, docente y divulgadora argentina, autora de Filosofar desde la infancia y perderse en el camino (La Crujía, 2022). “Falta reflexión ciudadana sobre nuestras prácticas, sobre quiénes somos”. La filósofa insiste en que “en tiempos de ChatGPT, hay que tomarse tiempo para filtrar y trabajar la información”. Hacerlo en el aula permite “combinar pensamiento crítico con conocimiento y saber”. El desplazamiento de la autoridad y del valor de la pregunta es, de la misma manera, un reflejo de la sociedad actual. Para Enrique J. Díez Gutiérrez, director del grupo de investigación educativa y justicia social en la Universidad de León, forma parte de una disputa más amplia sobre qué se considera legítimo en la escuela hoy. El autor de Pedagogía antifascista (Octaedro, 2022) lo resume con una idea: “La rebeldía ha cambiado de bando”. “Los maestros tenemos que recuperar un imaginario crítico, dejar la autocensura, volver a apasionar. El deseo de aprobar no puede reemplazar al de aprender”. Y apunta a la formación inicial del profesorado: “Adolece de pedagogía crítica, creatividad y bien común; es una formación muy técnica”. Las “pipas en el Parque Ovejero” que propone Elena Díaz-Casanova, profesora de filosofía en un centro de educación diferenciada en Alcorcón, son un paso para entrenar el diálogo y el arte de hacer preguntas. “Se llevan su cuaderno de ideas para ‘pensar en voz escrita’, que no en voz alta. Les saco un paquete de pipas e invito a reflexionar sobre qué significa ser normal, por ejemplo”. Díaz-Casanova muestra preocupación por el terreno perdido de “las actividades más contemplativas” frente al “scroll de TikTok”. “Hay menos capacidad de atención y tienen FOMO [miedo a perderse algo por no estar conectadas]”, resume, en relación a un estudio elaborado por su centro, Fuenllana, en el que han participado docentes, familias y alumnado. Ese empobrecimiento de la atención convive con “discursos que simplifican y radicalizan”. Mar Hurtado, presidenta de la Associació de Mestres Rosa Sensat, advierte del auge de relatos “apocalípticos” sobre la adolescencia. “Que los adolescentes son lo peor, que todo va mal”; enunciados que, a su juicio, empujan a “una forma de pensar radical”. A eso se suma que “estamos externalizando las preguntas y las respuestas en manos de no se sabe quién [en referencia a la inteligencia artificial]; opiniones tiene todo el mundo, argumentos no”, diferencia. Para Hurtado, una de las claves que permitiría revertir la situación está en la mirada del profesorado: “Hablamos de la autonomía y de la cultura del esfuerzo, pero no del compromiso, el respeto y la comunidad”. Y entra de lleno en la polémica de los últimos años: las pantallas. Pero pide reubicar el foco. “La escuela tiene que enseñar a formular preguntas y a sostener argumentos, no puede limitarse a transmitir contenidos ni a prohibir pantallas”. También Javier Fonseca, escritor de literatura infantil y juvenil y facilitador de talleres de poesía en institutos, pide huir del catastrofismo. “Dejemos de decir que no leen. Leen lo que les gusta”. Su trabajo persigue cultivar y ver crecer la imaginación, especialmente con la poesía como herramienta. “La imaginación desarrolla el pensamiento crítico porque entrena la empatía”. En sus sesiones, relata, el primer gesto no es debatir, sino abrir un espacio donde se pueda jugar con el lenguaje (metáforas, imágenes, relato) y sostener preguntas del tipo “¿y si…?”. Florencia Sichel, cuyos libros están repletos de prácticas y guías, encuadra el abordaje del problema con una condición previa. “Para observar hay que detenerse”. Dicho de otro modo: llama a “militar el asombro como patrimonio de la infancia”.