El rincón más recóndito de Gran Canaria lucha por que no se pierda su Baile de la Papa
ResumenVivir a la sombra de Inagua y tener Horgazales enfrente ha conformado el carácter de la historia de El Hoyo, un remoto barrio del municipio más recóndito históricamente del resto de los de la isla de Gran Canaria, La Aldea de San Nicolás. Sus vecinos están luchando para poner negro sobre blanco una de las tradiciones más queridas de las Fiestas de San Pedro: el Baile de la Papa. Se trata de una de las manifestaciones coreográficas más singulares del patrimonio inmaterial de la comarca aldeana y, por extensión, de la isla de Gran Canaria. Pero pese a esta relevancia cultural y su presencia constante desde la mitad del pasado siglo, ha sido recientemente cuando la Asociación de Vecinos Rosa Nueva ha impulsado un estudio académico sistemático (ITPCI), con la financiación del Cabildo de Gran Canaria, y que ha llegado a tiempo para recabar los testimonios de los últimos testigos presenciales que lo bailaron o vieron cómo se bailó las primeras veces.
Vivir a la sombra de Inagua y tener Horgazales enfrente ha conformado el carácter de la historia de El Hoyo, un remoto barrio del municipio más recóndito históricamente del resto de los de la isla de Gran Canaria, La Aldea de San Nicolás. Sus vecinos están luchando para poner negro sobre blanco una de las tradiciones más queridas de las Fiestas de San Pedro: el Baile de la Papa. Se trata de una de las manifestaciones coreográficas más singulares del patrimonio inmaterial de la comarca aldeana y, por extensión, de la isla de Gran Canaria. Pero pese a esta relevancia cultural y su presencia constante desde la mitad del pasado siglo, ha sido recientemente cuando la Asociación de Vecinos Rosa Nueva ha impulsado un estudio académico sistemático (ITPCI), con la financiación del Cabildo de Gran Canaria, y que ha llegado a tiempo para recabar los testimonios de los últimos testigos presenciales que lo bailaron o vieron cómo se bailó las primeras veces. El Baile de la Papa es la historia de personas trabajadoras que en el ocio encontraron espacios de encuentro, identidad y pertenencia. Todas las vecinas entrevistadas consideran El Hoyo, “el barrio más bonito de La Aldea”, aunque reconocen que “toda La Aldea es hermosa y especial”. “El truco está en no dejarse mover la papa” El Baile de la Papa, que no obedece ni a la fecha de su cosecha, ni tiene un arraigo religioso, ni aborigen, ha subsistido sin interrupción, salvo el año de la pandemia, por la plena voluntad de los vecinos de El Hoyo de divertirse y de que no desaparezca. Fue traído al barrio por Jorge Ojeda Montesdeoca, que pudo verlo en otros pueblos en fiestas donde ya se interpretaba el baile, recogido, tal vez, en la película que se proyectó en aquella época Serenata en el Valle del Sol (Duches of Idaho), de Robert Z. Leonard, un film en el que tiene lugar el Potato Dance, una competición al estilo de la realizada en El Hoyo, sujetando la papa con la frente, con las manos en la espalda, y aumentando la dificultad del baile a medida que se intensifica la música de la orquesta o del grupo que esté sobre el escenario. “El truco está en no dejarse mover la papa”, cuenta a esta redacción Gabriel Ramírez, que ha ganado hasta en cuatro ocasiones en esta competición, siempre con la misma pareja, su esposa Margarita González. Ella recuerda a sus 85 años cómo las fiestas de San Pedro se hacían antes de tener la talla del santo, cómo fue con otras dos niñas pidiendo para comprarla, cómo la trajeron al hombro a El Hoyo y cómo, años después, llegó El Baile de la Papa. Para ella, la mejor estrategia es mover la cintura y dejar quieta la papa en la frente, “la cabeza quietita”. Margarita no quiere que esta tradición se pierda y le da esperanza cómo los jóvenes se animan a bailarla en cada edición desde hace casi 70 años. Una parranda que empezó en un garaje Teresa Cárdenes tiene 83 años y en El Hoyo todo el mundo la conoce por Teresita. Llegó en 1959 desde Tejeda cuando tenía 16 años. En su casa todos son amantes de la música y ella toca “la laúd” (sic). “Cantaba de chica en medio de los tomateros, pero ya no”. No es de extrañar que Jorge fuera su cuñado. Y ella recuerda cómo fue: “Él, un día que se cogieron las papas en El Hoyo, cogió un balde con las papas todas del mismo tamaño y el baile se hacía en el garaje de mi casa”, cuenta Teresita. “Los asientos eran cajas de tomates para que las madres pudieran vigilar si las hijas se pegaban mucho a las parejas”. Esta vecina recuerda que la introducción del baile no estuvo exenta de polémica y que algunas personas mayores del pueblo “acusaron a Jorge de inventar este baile para arrimarse más a las mujeres” (ríe). A la sombra del almácigo Nico Ojeda, de 76 años, recuerda aquellos momentos en que había fiesta antes que santo, ya que fue una de las tres niñas que fue pidiendo casa por casa. “Venía gente andando de todas partes, de Tasarte, Tasartico, desde por la mañana para la fiesta del mediodía y comían a la sombra del almácico (sic), almuerzo, merienda, bailes de taifas y después se iban a su casa”. “Todo el que quería bailar la papa, la podía bailar. Se ponían enfrente, no se podía rodar la papa para el ojo, si se rodaba para el ojo te descalificaban”, explica la vecina. Había un jurado conformado por personas del barrio y de otros sitios, y si la papa se movía o se sujetaba con la nariz, tampoco valía. Luego se iba incrementando la dificultad: se bailaba a la pata coja, con las manos atrás, con las manos arriba, según la música se fuera acelerando, y después la pareja ganadora recibía un trofeo. “Había parejas que eran de la misma altura, que estaban acostumbrados a bailar juntos, más o menos la pareja se elegía pensando en todo eso”. La labor de la Asociación de Vecinos Rosa Nueva Begoña Saavedra, presidenta de la Asociación Rosa Nueva nos atiende en El Hoyo para contarnos cómo nació la inquietud de reactivar la labor que comenzaron hace 48 años los vecinos del barrio.“Mi padre fue uno de los constructores y socios fundadores, pensé que si teníamos el espacio y la asociación por qué no reactivarlo para todos y crear participación ciudadana, un sitio de encuentro, para recopilar costumbres, tradiciones de la zona, algo que nos parece muy importante para saber de dónde venimos”. Begoña, auxiliar de vuelo, el tiempo que no está en el aire está en su barrio, del que ha aprendido que la distancia no es algo realmente importante, si la gente tiene realmente ganas de comunicarse. “Nos dimos cuenta de que la gente se nos acercaba cuando creábamos el espacio, empezando por actividades para los niños que implicaban a los padres, las clases de costura, pero había muchas ganas de compartir mucha información que todo el mundo guardaba y tenían necesidad de hablar y de hablar del pasado”. Fue en uno de esos encuentros, cocinados a fuego lento y con la espera adecuada, entre café y un poquito de agua guisada, donde se propuso que se hiciera algo por salvaguardar y difundir el baile. “El Baile de la Papa era uno de los puntos recurrentes en la memoria de los socios aunque sin datos muy claros, y, dado que tampoco existía información documentada, desde la asociación vimos la urgencia de comenzar a investigarlo para documentarlo; los motivos por los que este baile empezó aquí, en El Hoyo”. Primer estudio académico patrimonial Fue entonces cuando, en la búsqueda de financiación, dieron con la subvención de la Reserva de la Biosfera y Patrimonio Mundial, enclave en el que se encuentra El Hoyo. “Solo tener las conclusiones del estudio patrimonial en las manos ya fue un triunfo. Nosotras, desde la Junta Directiva, intuíamos que teníamos algo grande entre las manos aunque no viniera de los antiguos canarios, pero es algo que se ha hecho anualmente desde 1959 en un lugar remoto como este, de una determinada manera". Con el estudio en la mano, se ha solicitado que el Baile de la Papa sea considerado Bien de Interés Cultural Inmaterial a nivel autonómico o insular y la asociación continúa con su proceso de difusión y visibilización en colegios y centros culturales. “El Baile de la Papa tiene una amenaza”, advierte Begoña. “La principal es que no podamos recoger todo lo que las personas mayores puedan decirnos antes de que se vayan y también necesitamos implicar a las generaciones nuevas y por eso es fundamental que se conozca y que se interesen por él desde todas partes”. Para Guadalupe Godoy, miembro de la Junta Directiva, es fundamental que se difunda “tal y como se bailó en 1959, que no se pervierta”. “Un renacer” En conversaciones con este periódico, usuarias de la Asociación cuentan lo que ha significado para ellas tener un punto de encuentro en el barrio. “Las mujeres en el barrio no teníamos nada, ahora tenemos un sitio donde coser, donde tomarnos el buchito de café y recuperar las cosas de antes”, confiesa Carmen Ramírez. “Después de toda una vida de trabajos en la agricultura, el almacén de tomates, trabajar en el sur, tener hijos... ahora es mi tiempo”. Nicolasa Ojeda explica la importancia de compartir en comunidad y salir del individualismo. “Los vecinos nos cuidamos y nos acompañamos porque eso es un paño que se pone en toda mesa, si no ayudamos a los demás, los demás no nos pueden ayudar cuando los necesitemos”. O Ana María Díaz Suárez, de 70 años, que explica cómo esto para ella ha sido “un renacer”. La profesora de costura Mercedes Hernández, jubilada de la docencia, aunque de eso una nunca se jubila, llegó a El Hoyo a dar clases de forma altruista y se enamoró de su gente y su paisaje. “Ya casi soy aldeana”, asegura. “Vienen muchas señoras que están jubiladas, hablamos, aprendemos y como todas se conocen es como una familia: ellas salen de casa y yo encantada”.