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El Mundo ·

Las elecciones del hartazgo

Resumen

Sánchez convoca a los españoles a pronunciarse el 29-N sobre un proyecto de poder. Estaba escrito que la legislatura desembocaría en un plebiscito existencial en torno al liderazgo carismático del presidente, articulado sobre el frente amplio. La predecible concentración electoral del PSOE con las izquierdas antimonárquicas que voluntariamente quedaron fuera del consenso del 78 culmina la representación física del referéndum: no es un Gobierno lo que se elige, ni estamos ante unas elecciones ordinarias sobre gestión y alternancia, sino ante una decisión binaria sobre la legitimidad de dos Españas políticas incompatibles. Cuando el presidente anuncia las elecciones con el argumento de que «los intereses de la mayoría social han sido pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos», está presentando un modelo de sociedad y una idea de España que giran alrededor de sí mismo.

Sánchez convoca a los españoles a pronunciarse el 29-N sobre un proyecto de poder. Estaba escrito que la legislatura desembocaría en un plebiscito existencial en torno al liderazgo carismático del presidente, articulado sobre el frente amplio. La predecible concentración electoral del PSOE con las izquierdas antimonárquicas que voluntariamente quedaron fuera del consenso del 78 culmina la representación física del referéndum: no es un Gobierno lo que se elige, ni estamos ante unas elecciones ordinarias sobre gestión y alternancia, sino ante una decisión binaria sobre la legitimidad de dos Españas políticas incompatibles. Cuando el presidente anuncia las elecciones con el argumento de que «los intereses de la mayoría social han sido pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos», está presentando un modelo de sociedad y una idea de España que giran alrededor de sí mismo. Sánchez declara ahí su abierta vocación de trasladar al conjunto del Estado el sistema de concentración unipersonal del poder que ya impuso en el PSOE, sin contrapesos ni control, ni autoridades equivalentes. Como buen populista, él decide quién forma la mayoría social, cuáles son sus intereses y quién es la élite que los pisotea. Sánchez pretende ser al mismo tiempo el poder y la protesta contra el poder: dirigir la insatisfacción social contra quienes ponen límites a su voluntad. Deshacerse de ellos es el programa para su plebiscito. Hay algo de desesperación en la última jugada del superviviente, quizá más precipitada de lo que sugiere la pirotecnia gubernamental. El artefacto con el que Sánchez confiaba en contentar a la calle y reincorporar a Junts a su mayoría acabó siendo inmanejable por las debilidades del partido de Puigdemont, exangüe ante Aliança Catalana tras permanecer atado a un Gobierno de extrema izquierda mientras su líder se consumía sin cumplir su expectativa de regreso. Durante tres años, la vida política española ha continuado orbitando alrededor del pacto infame de la amnistía. El presidente, retratada su legislatura estéril y sin Presupuestos, transformó esa fragilidad terminal en la escenificación de una falsa fortaleza: «Hay una ventana de oportunidad». Ahora toca enfrentarse a la realidad. España puede contestarle con un plebiscito de hartazgo. Hay un cambio social en marcha que cabalga sobre hartazgos superpuestos que están llamados a derramarse sobre el Gobierno que lleva ocho años en el poder. El más evidente es el material. Lo expresó así el catedrático Antón Costas: «El puente que existía entre crecimiento y bienestar se ha roto, principalmente por dos motivos: uno es la vivienda, que se come, viendo los datos de precios de alquiler y de compra, toda la mejora de los salarios reales y del empleo. El otro es el coste de la vida, especialmente de aquellos bienes y servicios que han quedado congelados arriba tras la etapa anterior de inflación, y que no bajan». Las encuestas ofrecen porcentajes raquíticos al PSOE en los grupos de edad que concentran la población activa. Los salarios netos han caído un 3% desde 2018 y los españoles se asfixian. Al mismo tiempo, y por encima de todo, hay un vívido fantasma antipolítico: nada inquieta más a los ciudadanos que una desconfianza profunda y estructural en la eficacia y la limpieza de las instituciones, incapaces de dar respuesta a sus problemas reales mientras se naturalizan la mentira desacomplejada, el desprecio por la responsabilidad política y los escándalos de corrupción más lacerantes. Sánchez convoca elecciones porque el fracaso de los decretazos hacía inevitable la conexión del sentimiento de precarización y desamparo de los españoles con la constatación de que hay un Gobierno que se empeña en ocupar el poder pero no gobierna porque no tiene mayoría viable para hacerlo. De que España vive encadenada a las necesidades personales del one. De que la cultura política del no es no impide dar salida a los problemas estructurales que arrastra el país: también la vivienda. De que de la Dana a Adamuz, del apagón a Ceuta, el Estado está ausente. La imputación del PSOE y los secretos de la financiación ilegal, muy próximos a conocerse, habrían evidenciado las motivaciones corruptas de la excepcionalidad permanente y el colapso institucional. Los indicadores subrayan un giro sociológico profundo hacia la derecha. Influyen las corrientes globales que están reorganizando las sociedades conforme a nuevos valores. También el rechazo al proceso de desvertebración nacional que ahora se visualiza en Ceuta y el cansancio hacia esa agotadora jerarquía moral que impone «una emoción pública obligatoria», como escribía el viernes David Mejía. Casi todos los malestares que alimentan el mar de fondo de la política española decantan en Vox. Sánchez acelerará la barricada electoral, esta vez con ayuda de los sindicatos, porque él medra en la polarización y el conflicto. No tiene mayor objetivo que mantener vivo el campo de batalla y anticipar el frentismo contra el Gobierno que viene. Necesita convertir la elección en una decisión histórica: lo es. A Feijóo le corresponde atender el deseo contrario: normalidad, límites, capacidad de gestión y un proyecto de libertad. La moderación no implica renuncia, exige arrojo, determinación y convicciones. Guste o no, las elecciones son constituyentes.