La verdad de Jerónimo Román de la Higuera, uno de los grandes mentirosos de la historia de España
ResumenTal vez sea verdad que «de todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España», como decía Gil de Biedma , porque desde luego tenemos buenas cartas para este dudoso honor. En parte también por las versiones de la ... cosa y sus autores, porque –se veía ayer y se ve hoy– cada uno cuenta la feria como le va en ella, con lo que hay también de intereses. De entre la familia de historiadores que han escrito de los sucesos españoles, el jesuita Jerónimo Román de la Higuera brilla con luz propia, aunque para mal: ya saben, es el autor de los famosos cronicones latinos de Toledo, que –dicho pronto y mal– eran falsos de toda falsedad.
Tal vez sea verdad que «de todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España», como decía Gil de Biedma , porque desde luego tenemos buenas cartas para este dudoso honor. En parte también por las versiones de la ... cosa y sus autores, porque –se veía ayer y se ve hoy– cada uno cuenta la feria como le va en ella, con lo que hay también de intereses. De entre la familia de historiadores que han escrito de los sucesos españoles, el jesuita Jerónimo Román de la Higuera brilla con luz propia, aunque para mal: ya saben, es el autor de los famosos cronicones latinos de Toledo, que –dicho pronto y mal– eran falsos de toda falsedad. Aunque el nombre pueda no decir mucho ahora, lo cierto es que Román de la Higuera (1537-1611) era una figura que realmente se las traía: genealogista, profesor, historiador, anticuario, falsario y escritor, amén de religioso rebelde y con malas pulgas que tuvo varios rifirrafes con colegas y superiores. Y, pese a dedicar su vida a todas estas tareas, su imagen ha quedado reducida a un episodio: la invención de unos supuestos textos históricos sobre la antigüedad religiosa de España en general y de Toledo en particular, con los que pretendía reivindicar su importancia y primacía dentro de la historia sagrada universal.Así parecía quedar para siempre jamás: exiliado en una suerte de purgatorio y con más de un sambenito encima, hasta que Miguel Betti ha rescatado su figura en toda su complejidad en un libro que traza un perfil completo del personaje, que pretende desvelar más, mucho más que un forjador de historias, según se anuncia ya desde el título: 'La otra cara del falsario: Jerónimo Román de la Higuera y la ilusión del origen' (Iberoamericana-Vervuert, 2026). Pero –lo digo ya– en realidad se trata de una mentira en toda regla: no presenta «la otra cara» de Román de la Higuera, sino que perfila todos los rostros de este singular erudito del Siglo de Oro y, con su caso como guía, descubre el amplio abanico de ingredientes en juego en la escritura de la historia.Por eso, era injusto que la imagen generalizada fuera tan parcial y se viera sólo una parte de su labor cuando se trata de «un escritor sumamente prolífico y un erudito infatigable» que escribió mucho más que los falsos cronicones: comentarios bíblicos, estudios filosóficos y teológicos, historias locales de ciudades, tratados genealógicos, vidas de santos y hasta un manojo de poemas y una comedia, textos que nadie o casi nadie conocía ni de oídas.Betti se basa en una cuidada revisión de fuentes rescatadas de aquí y allá para trazar un perfecto retrato-robot de todas las facetas de Román de la Higuera desde sus orígenes familiares y su 'curriculum vitae' hasta sus polémicas y un precioso repaso por sus escritos, para lo que ofrece el necesario marco contextual en cada momento y hasta recupera textos manuscritos que parece sacarse de la manga como por arte de magia, porque más de uno no se había estudiado nunca. Todo en un vaivén perfecto entre vida y obra.Biblioteca de FuldaEspecialmente interesante es la reconstrucción del interés por Toledo y los mozárabes, así como la explicación de su tarea como historiador, con las falsas crónicas de Dextro, Máximo, Luitprando y un tal Julián Pérez en el centro de la tormenta: como se sabe, estos textos supuestamente recobrados de la biblioteca de Fulda constituían una cantera riquísima de información sobre la historia primitiva de España (como la venida del apóstol Santiago) que permitían defender su importancia y primacía religiosas, por lo que causaron a la vez una onda de entusiasmo patriótico y una polémica de las gordas. Y es que muchos le siguieron la corriente, hasta su condena por parte del Vaticano: más que nada porque –como se comprobó bien pronto– eran una superchería, cuyos recovecos disecciona Betti con magisterio de detective filológico.Con todo, la conclusión es clara entre pros y contras: la introducción de creencias, fábulas y leyendas en los cronicones parece una barbaridad, pero entonces era el pan de cada día y, a la vez, Román de la Higuera también echaba mano de las «nuevas estrategias hermenéuticas del Renacimiento» para el estudio del pasado y, en este marco, sus mentirijillas piadosas no eran trampas con mala baba, pues respondían a intereses personales y políticos. Así, en realidad «podría sentarse a la par de la gran mayoría de los historiadores de su tiempo, con ciertos y evidentes matices», que derivan de sus intereses personales y colectivos, claro, pero igualmente de una reflexión sobre los límites de la historiografía.Fue un auténtico polígrafo de los buenos, capaz de causar una revolución de las gordas en su tiempoPor tanto, Román de la Higuera es un escritor marginal que fue mucho más que el mentiroso español por antonomasia: se trata de un auténtico polígrafo de los buenos, capaz de causar una revolución de las gordas en su tiempo y que demuestra –tanto ayer como hoy– los problemas que cifra la historia. Betti, por lo tanto, se presenta como un gran seguidor de Román de la Higuera, pero sólo por la parte positiva: un amante de la historia que trata de poner luz entre la oscuridad. Y a fe que lo hace, pues resuelve las paradojas de un falsario: pura verdad de las mentiras.