A Scariolo no le queda ningún escondite
Resumenque suele seguir a cada derrota traumática solo sería, esta vez, un eufemismo para esconder otra pregunta, incómoda pero pertinente y, desde luego, focalizada sin ambages: ¿ Tiene que destituir el Real Madrid a Sergio Scariolo ? Es perfectamente posible defender que no, incluso sobre los rescoldos del desastre del tercer partido de cuartos de final contra La Laguna Tenerife; una derrota de tanta magnitud, por forma y fondo, que es de las que puede impulsar, y justificar, la toma de decisiones atronadoras. ¿Se puede apretar el botón rojo por un partido? Pero si considera que sí puede ser pertinente hacerlo, el partido que daría el pie se parecería mucho al que cerró oficialmente una (finalmente) triste temporada 2025-06 para el Real Madrid .
El y ahora, ¿qué? que suele seguir a cada derrota traumática solo sería, esta vez, un eufemismo para esconder otra pregunta, incómoda pero pertinente y, desde luego, focalizada sin ambages: ¿Tiene que destituir el Real Madrid a Sergio Scariolo? Es perfectamente posible defender que no, incluso sobre los rescoldos del desastre del tercer partido de cuartos de final contra La Laguna Tenerife; una derrota de tanta magnitud, por forma y fondo, que es de las que puede impulsar, y justificar, la toma de decisiones atronadoras. ¿Se puede apretar el botón rojo por un partido? No: siempre hay más detrás. Pero si considera que sí puede ser pertinente hacerlo, el partido que daría el pie se parecería mucho al que cerró oficialmente una (finalmente) triste temporada 2025-06 para el Real Madrid. Muy triste.
Sí: se puede reclamar paciencia incluso en momento de opiniones en formato turba. Aunque hacerlo, tirar del currículum de Scariolo para avalar otra oportunidad, obliga paradójicamente a mirar al tan cuestionable trance que facilitó su aterrizaje: seguramente la mejor forma, y que cada uno reparta las cartas como quiera, de defender que Scariolo tendría que seguir en el banquillo del Real Madrid es recordar, y defender, que Chus Mateo tendría que haber seguido en el banquillo del Real Madrid.
En una realidad binaria, justiciera, Scariolo no puede seguir porque Mateo no siguió con resultados mejores: ganó la Liga con 30 victorias en los últimos 31 partidos y fue despedido días después. Pero un equipo no se debería regir por un patrón puramente numérico, una lógica ilógica: un tipo de resultados en verde, otro en rojo, y decisiones según esa cuenta. Hay contexto, así que sí, se puede defender que quizás, de forma ahora mismo no muy popular (quién lo habría dicho hace nueve meses), la mejor decisión es no tomar ninguna decisión. Porque si se reconoce que lo de Mateo fue un error por exceso, parece mejor aplicar lo aprendido que repetir el patrón, doblar la apuesta y acelerar todavía más a fondo. Se supone que un equipo se dirige con la proa hacia los éxitos, no las venganzas.
Hay un contexto, pero el problema es que solo deja, con la temporada completa ya en la mochila, en buen lugar a Scariolo si se compra el lote completo, el idealizado, de su plan. Del Excel. Y es legítimo, hasta humano, aferrarse a su historial: no es un entrenador cualquiera para el baloncesto español, obviamente, y esa memoria también juega esta partida. Para bien o para mal. Pero lo cierto es que este playoff de cuartos de la Liga Endesa arma un argumento que va más allá de la volatilidad de los que apuestan por la guillotina. Hay un análisis sereno y equilibrado que desemboca en la destitución. Sea o no la mejor solución, que eso siempre se juzga en el futuro y con una pizca, como mínimo, de ventajismo. Se evalúa mañana, pero se decide ahora.
La Laguna Tenerife, el equipo de un Txus Vidorreta que el pasado verano gustaba en algunos despachos del Real Madrid, ha transformado, enviado al último círculo del infierno, el balance de una temporada que hasta hace unos días era carne de debates enredosos: ¿cómo de buena o mala está siendo? Ahora que ya es cuestión de cómo ha sido y no de cómo está siendo, la respuesta tiene que materializarse, en un club de tanta magnitud (y exigencia), por consenso: mala, aunque con asterisco; triste, aunque con explicaciones que, para colmo, este trompazo en Liga, para la historia, ha debilitado de forma drástica.
Hacía quince años que el Real Madrid no se quedaba sin títulos y veinte, que se dice pronto, que no perdía 28 partidos oficiales. Era un proyecto que nacía, y en todo caso iba a ser juzgado a partir de esa primera piedra, de una apuesta muy arriesgada, la salida de un entrenador que acababa de amarrar la Liga y que había ganado todos los títulos en tres temporadas. En una encrucijada así, la baza (y lo fue: Sergio Scariolo) tenía que ser resonante. El problema es que ahora el planteamiento vuelve a ser el mismo, doble o nada, si se quiere vender otro cambio, uno que dejaría atrás la alargadísima sombra de un entrenador cuyas huellas recorren de arriba abajo los mejores años de la historia de la Selección, los más felices de nuestras vidas. ¿Cuál puede ser ese doble mortal, ya sin red, que apacigüe lo más posible los ánimos? El que decide tiene que encontrar un punto de apoyo ilusionante que, entre otras cosas, le ayude a digerir lo que sería, sobre todo, la admisión de un error. Si se apilan todas esas cuestiones, que la mayoría trascienden a lo puramente deportivo, no se avistan muchas soluciones. No sin mirar hacia un histórico que negocia en Grecia o hacia un tótem de los buenos tiempos que está ahora, todavía, en Turquía.
El Real Madrid no ha ganado ningún título pero, aunque no sea lo normal en el club (solo ha sido el camino en cinco de las quince temporadas anteriores en blanco), se puede defender el continuismo, creer (con argumentos válidos) que si todo va un poquito mejor en un par de momentos críticos, una temporada finalmente tan mala puede ser, con muchas cosas hechas casi exactamente igual, excelente. El deporte de elite acaba siendo una cuestión azarosa, por mucho que nos empeñemos en lo contrario. De segundos milímetros o guiños de una fortuna que en la alta competición acaba siendo como las meigas: haberla, hayla.
Se supone que detrás de la apuesta por un entrenador tiene que haber un proceso de selección profundo y exhaustivo y no un impulso caprichoso, así que tal vez no haya ido todo tan mal como para aplicar política de tierra quemada. Y, desde luego, en pleno cataclismo se suele juzgar sin plegar el folio y mirar al otro lado, al que apunta hacia adelante: ya no se puede cambiar esta temporada ni las decisiones del pasado verano, pero es el momento de decidir cómo se quiere que sea la próxima y qué hay que hacer para darle forma. No se trata tanto de despedir o no a Scariolo, y de resolver cuánto está garantizado o no de sus dos años pendientes de contrato porque circulan versiones contradictorias, como de tener claro qué se quiere. No solo qué no se quiere. De dibujar una alternativa; al menos el boceto, la idea.
Dicho todo esto, la acusación puede amasar argumentos que van más allá de no haber ganado títulos. Y a los que no se puede responder solo, aunque haya sido mucho, con las lesiones de los pívots en el momento crucial de la temporada y la ausencia gigantesca, muy por encima de las demás, de un Edy Tavares que durante la última década ha sido el sistema cuando fallaban todos los sistemas. Y es tan cierto que, en condiciones adversas, el Real Madrid firmó una Final Four brillante, emotiva, como que la forma de consolidar el crédito ganado en Atenas pasaba por un playoff de la Liga en el que, al contrario, se ha dilapidado esa pequeña (o no tanto) fortuna emocional que el Real Madrid se había traído en la maleta pese a no ganar al Olympiacos. Se puede argumentar, como punto de partida, que una temporada en la que el equipo llega con opciones de ser campeón al último minuto de la final de la Euroliga no puede ser una mala temporada. Pero también, después de lo que visto en las dos semanas siguientes, que sí lo ha sido. De hecho, es más esto que aquello.
Porque el Real Madrid ha jugado mal en muchos tramos del camino; la fase de aprendizaje y acople duró mucho, pendiente de esas cuentas científicas para conservar las piernas frescas que saltaron por los aires, las cábalas imposibles del deporte, con la lesión de Tavares (y las otras). Es tan innegable que el objetivo básico en Europa se cumplió (factor cancha-buen playoff-billete para la Final Four) como que durante el trayecto hubo muchas tardes de malas sensaciones y protestas, y un nivel a domicilio (6-13) tan pésimo que también tiene que se un factor en el análisis aunque no acabara siendo una hipoteca definitiva: el trayecto cuenta. Pero Scariolo lo comprometió, y de hecho lo expresó así durante meses, a la forma en la que se llegaría a la meta, a los resultados. De una manera u otra, que estos no hayan llegado ha ido contra esa visión, la filosofía a la que se aferró cuando llegaron las dudas, jornadas de runrún en el Palacio.
Perder la Supercopa, con un entrenador recién aterrizado y contra un rival que desde ahí ha sido uno de los mejores equipos de Europa, el Valencia Basket, no es un pecado, pero en el balance final cae en el saco de lo negativo aunque no sea un trago trascendente para un equipo como el Real Madrid. En esa cita de casi pretemporada, de hecho, eliminó de milagro a un Tenerife que, una buena medida si se abre el plano, ha ganado al equipo de Scariolo tres veces en seis enfrentamientos. Y dos de las tres derrotas llegaron básicamente sobre la bocina. La Copa fue otro trance incómodo en el que la heroica salvó una semifinal que estaba perdida, otra vez contra el Valencia, pero acabó pareciendo más milagro que proceso cuando, en la final, el Real Madrid dejó su gran borrón del año, hasta estos cuartos de final, en un despliegue fofo, muy decepcionante, contra un Baskonia mucho más limitado... pero mucho más preparado.
Con todo eso y la temporada europea en la batidora, era cuestión de quién probara la receta, con qué predisposición se metiera el dedo en la salsa para ver cómo iba cuajando la cosa. Pero el playoff contra el Tenerife ha obligado a, sin escapatorias ni escondites, tirar el plato a la basura y quedarse sin comer. El Real Madrid ha perdido en cuartos por primera vez en 18 años y no pudo ganar ninguno de sus dos partidos en casa, en los que recibió 98 y 107 puntos contra un rival excelente, que merece el máximo rendimiento, pero de un rango obviamente inferior por puro músculo financiero. O no tanto. Lo dicho: seis enfrentamientos, balance de 3-3. El algodón no engaña.
El Real Madrid tenía bajas, pero es que hasta ese argumento flojea porque el Tenerife, con menos fondo de armario, también. Su Tavares es, si se entiende el paralelismo, un Giorgi Shermadini que encabezaba su lista de ausencias. Hasta en eso se ha burlado la realidad de un Madrid penoso en el día D, que ha acabado la ACB con ocho derrotas en nueve partidos, incluido un trago de seis seguidas. Algo nunca visto para afear una temporada que, si se agrupan todos los números, deja un buen reguero de récords negativos que invitan a una reflexión profunda. Que no se pueden sortear, no todos, con justificaciones que son lógicas, más argumentos que excusas si se esgrimen con sentido común: ha habido lesiones, pero eso es parte del juego por mucho que hayan sido muy duras, drásticamente concentradas por posición y momento de la temporada.
El bochornoso, salvo que se mire de refilón (y había una obvia invitación a hacerlo) cierre de la fase regular en Liga llegó con el primer puesto asegurado, después de una recorrido hasta ahí impecable y cuando la mente estaba en la Final Four y la rotación interior, hecha unos zorros. Pero el Real Madrid ha jugado muchos partidos en su historia con los deberes hechos, y ha jugado antes y después de una Final Four (en su historia reciente, señal obvia de éxito, muchas veces); ha gestionado descansos y planificaciones pensando en otros objetivos, ha salido a la pista con la resaca feliz de haber sido campeón de Europa o el disgusto, en las piernas y el alma, de haberse quedado a un paso del gran objetivo. Las ha visto de todos los colores, pero lo que nunca había hecho era, con todos los asteriscos que se quieran añadir, perder tantos partidos seguidos. Esto tampoco cambió el camino, con el liderato en el bolsillo, pero sí lo afeó; y, de paso, aireó un agotamiento físico y emocional que se desbordó en los partidos de la eliminación, ya en el playoff.
El Real Madrid invirtió más que un año antes, hizo un esfuerzo mayor en los fichajes y reaccionó a las lesiones con dos nuevos pívots solo para los playoffs: parches, porque avanzada la primavera no había otra, pero también muestra de que no se dejó al equipo abandonado a su suerte, entregado a resolver las cosas cómo se pudiera. El que crea que eso no pasa, que pregunte a Xavi Pascual. Para Scariolo, porque quien movió esas piezas en el tablero quería (es humano) tener razón, se apretaron tuercas que no se habían apretado para planificar el curso anterior, el que acabó siendo último de Chus Mateo.
También hay que plantearse cuánto se acertó. Se ficharon jugadores de futuro (y si acaso) más que de presente (Procida, Almansa), que no casaron nunca con el plan del entrenador (Kramer) o que han estado, cada uno en su rango, por debajo de lo previsto: Okeke, un Trey Lyles con brochazos de estrellón pero muchos partidos también de perfil bajo y, sobre todo, un Maledon que fue uno de los grandes movimientos del verano pasado en Europa y que ha jugado una primera temporada en Madrid muy, muy decepcionante. El resultado acabó siendo un guion demasiado parecido al de años anteriores: un equipo con Campazzo y Tavares en pista, otro cuando o no estaban o no tenían el día. Tavares finalmente no estuvo y Campazzo no tuvo el día demasiadas veces en las últimas semanas de competición. Son dos jugadores, en realidad el cinturón de seguridad que ha mantenido al Madrid en la elite pasara lo que pasara a su alrededor, de 34 y 35 años. Otro asunto de trascendencia máxima que requiere su propio análisis.
Así que se puede defender la vía continuista. Pero, y más después de ese tercer partido del playoff que se puede utilizar como metáfora de todo lo demás, es innegable también, creo, que hay una manera sólida, pensada, de apoyar que el cambio en el banquillo es lo mejor más allá de calentones y espadas flameantes de justicia divina. Pero habría que decidir sin pensar en cómo se operó el pasado verano, a partir de qué principios y tras qué resultados, y eso es muy difícil. Y habría que dejar fuera de la ecuación la parte emocional, quién es Sergio Scariolo, y categorizar con esmero qué se ha visto de su libreto para bien y qué para mal, descifrar qué es más fácil de replicar, si su yin o su yang. Y eso es todavía más complicado, una tarea en las costuras del desastre, al filo del precipicio, para un equipo con, de pronto, mucha presión para el futuro a corto plazo.
Noticias relacionadas
Sobre todo, y con el (teórico) alivio de que eso no debería ser tan complejo, habría qué decidir qué tipo de equipo se quiere ser, cómo se quiere jugar y de qué forma conviene construir, con qué idea y a ser posible, y cuanto antes, con qué nombres propios. Eso, avanzar por ahí antes de sacar la guadaña, sí parece, al menos, un punto de partida lógico, una exigencia básica al otro lado de la imagen deformada que siempre arroja el espejo de la histeria. Podría ser, y no es poco, algo obvio en un momento en el que, de pronto, no hay casi nada obvio en el Real Madrid de baloncesto.
¡Lleva el deporte contigo! Descarga la App de AS para recibir alertas al instante y configura en MiZona qué quieres leer, sigue a tus equipos y consulta sus partidos. Descárgala aquí. ¿Además buscas licenciar contenido? Haz clic aquí

