← Volver
El Mundo ·

Calvario y confort de Óscar Puente

Resumen

Instalados en el Tercer Mundo, después de dos tragedias ferroviarias con más de cien muertos, asistir como ciudadano a otra rueda de prensa de Óscar Puente es un ejercicio que roza el masoquismo. El ministro ha salido hoy a hacer una comparecencia larga y abierta a todo tipo de preguntas, como tanto le aplauden sus últimos defensores, que son alrededor de cuatro. No ha aportado novedades, porque ese no es su cometido. Su cometido es distraer al personal con la idea de que el culpable es un currito: un soldador en Adamuz, un operario del centro de control en Urda.

Instalados en el Tercer Mundo, después de dos tragedias ferroviarias con más de cien muertos, asistir como ciudadano a otra rueda de prensa de Óscar Puente es un ejercicio que roza el masoquismo. El ministro ha salido hoy a hacer una comparecencia larga y abierta a todo tipo de preguntas, como tanto le aplauden sus últimos defensores, que son alrededor de cuatro. No ha aportado novedades, porque ese no es su cometido. Su cometido es distraer al personal con la idea de que el culpable es un currito: un soldador en Adamuz, un operario del centro de control en Urda. En este caso, de 48 años, con dos de experiencia y sirviendo en Atocha desde febrero. Sin duda, el público pedía a gritos una tonelada más de sensibilidad después de filtrar los audios del técnico y del maquinista muerto en la noche negra de Toledo. Siempre hay gente a la que le gusta que la insulten y Puente y su jefe lo saben. Hubo un momento perfecto en el que el ministro de los 115 muertos -116 si añadimos al maquinista fallecido en Gélida- se compadeció de sí mismo. ¿Por qué no dimite?, le preguntaron cien veces los periodistas. "Sé el calvario al que me van a someter, encima en campaña electoral", lamentó, altruista, valiente, heroico. El calvario. Como sabemos que su equipo se dedicó a recopilar las descalificaciones publicadas contra él, será mejor no detraer más recursos públicos al efecto. Pasada la una de la tarde, le preguntó Laura Ramos, de la Agencia Efe: "Y luego sobre la responsabilidad política: si su dimisión reconfortara algo a las víctimas, ¿usted dimitiría? Gracias". La respuesta debe llegar hasta la campaña electoral; iluminarla. "Pues, pues, mire, no lo sé, no lo sé. Es una pregunta muy delicada, eh, porque eso supone situar en... en una decisión mía reconfortar a gente que ha perdido, eh, a familiares, etcétera. No sé qué nivel de confort le puede proporcionar a... a una víctima, eh, que yo dimita. En qué medida, ¿no?, de cero a cien... ¿cuánto le reconforta? Si ha perdido un hijo, si ha perdido a su padre, si ha perdido a un hermano, si ha perdido una pierna, no lo sé. No sé si es relevante, sinceramente". Lo relevante, según ha explicado, son tres cuestiones: que dimitir no va con su carácter; que Sánchez -el rostro que emerge cuando Puente se quita la máscara al llegar a casa- le apoya; y que lo único importante pertenece al terreno de los cielos: "Soy una persona muy pequeña para el proyecto político del que formo parte, que es un proyecto de país. Si yo creyera que mi continuidad perjudica al proyecto de ese país en el que creo, no tenga ninguna duda de que habría dado un paso a un lado". Y con esto al menos dijo una verdad. Más que "el ser humano", "la última ratio" para que los españoles no sigan muriendo en un tren es un proyecto de poder llamado sanchismo.El Calvario, también llamado Gólgota ("lugar de la calavera"), es el lugar sagrado, a las afueras de las antiguas murallas de Jerusalén, donde Jesucristo fue crucificado. No sabemos si Sánchez crucificará a su más avanzado discípulo antes del 29-N. Lo que sí sabemos es que esa decisión no dependerá del respeto a las víctimas, de la seguridad de los pasajeros ni de la mínima decencia personal y política, sino de unos señores que en el centro de control de La Moncloa están, de cero a cien, contando escaños.