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La caridad loca del demagogo

Resumen

Entre las muchas bazofias demagógicas que el doctor Sánchez vomitó durante su reciente comparecencia parlamentaria acaso ninguna tan sensiblera como aquella en la que formuló el falso dilema que supuestamente se habrían planteado los agentes de policía encargados de vigilar las costas de Ceuta , ... ante la invasión bárbara que se venía encima: «Nuestros agentes tuvieron que tomar una decisión operativa en pocos minutos. Tuvieron que elegir entre garantizar momentáneamente la estanqueidad [sic] de la frontera o defender la vida humana. […] Afirmo que hicieron lo correcto, hicieron lo más inteligente y, diría, lo más valiente, porque ante la amenaza supieron responder con humanidad, que es lo que diferencia a las grandes democracias como la española respecto a otros países».

Entre las muchas bazofias demagógicas que el doctor Sánchez vomitó durante su reciente comparecencia parlamentaria acaso ninguna tan sensiblera como aquella en la que formuló el falso dilema que supuestamente se habrían planteado los agentes de policía encargados de vigilar las costas de Ceuta , ... ante la invasión bárbara que se venía encima: «Nuestros agentes tuvieron que tomar una decisión operativa en pocos minutos. Tuvieron que elegir entre garantizar momentáneamente la estanqueidad [sic] de la frontera o defender la vida humana. Y eligieron defender la vida humana. […] Afirmo que hicieron lo correcto, hicieron lo más inteligente y, diría, lo más valiente, porque ante la amenaza supieron responder con humanidad, que es lo que diferencia a las grandes democracias como la española respecto a otros países». A nadie se le escapa que, detrás de este falso dilema baboso (donde se pretende groseramente que garantizar la seguridad de las fronteras y defender la vida humana son proposiciones contrapuestas, cuando lo cierto es que son compatibles y hasta complementarias), se esconde una perversión del alma del cristianismo; o, dicho con mayor precisión, una perversión de la caridad, que es el alma de la doctrina teológica y moral y de la forma de organización social que el cristianismo propugna. En estas palabras abyectas vuelve a probarse que, como nos enseñaba Chesterton, el mundo moderno «está invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas»; que han sido despojadas de su meollo y convertidas en carcasas tan vistosas como putrefactas.El repugnante sofisma lanzado por el doctor Sánchez adultera la caridad cristiana, convirtiéndola en una parodia sensiblera que se opone a la ley. En el imaginario de este turbio demagogo, frente a una ley severa y coactiva que violenta la espontaneidad humana se alza una actitud «humanitaria» que la «comprende», que la «tolera», que acepta que infrinja la ley para lograr sus fines. «Ante la amenaza supieron responder con humanidad», afirmó el muy bellaco, defendiendo un «humanitarismo» convertido en aliciente para la transgresión de la ley. Así, esta parodia de la caridad cristiana se convierte en el más corrosivo elemento de destrucción del orden social.Pero esta aberración del pensamiento que lanzó el demagogo desde la tribuna o vomitorio parlamentario no se trata, en realidad, de ninguna novedad. Ya en los albores del cristianismo, floreció la venenosa herejía 'nicolaíta', que aprovechando el primado de la caridad sobre la ley establecía como principio moral absoluto la indulgencia, incluso ante las más abominables infracciones de la ley. En las sociedades cristianas, la caridad inspira las leyes, las vivifica y robustece, haciendo más sencillo su cumplimiento, no las priva de su carácter coactivo; no las anula ni se opone a ellas; no tiende trampas saduceas ni formula sofismas sensibleros que inviten a conculcar la ley, a declararla abolida o a ignorar su vigencia. La tergiversación perversa que propone el bellaco del doctor Sánchez pretende que esa perversión de la caridad que llama «humanidad» borre de un plumazo la vigencia de la ley; propone que la «lástima» que produce el sufrimiento del prójimo se convierta en motor de la acción política, haciendo decaer los instrumentos coactivos legítimos a disposición de la comunidad. Cualquier persona que no tenga la razón invadida de delicuescencias merengosas, advertirá el poder destructivo de esta sensiblería repugnante, que infiltrada en el ánimo genera un esterilizante complejo de culpa en el ejercicio del poder político y lo convierte en esa indolencia benévola y fatalista que se respira en el célebre poema de Kavafis: «Ya legislarán los bárbaros, cuando lleguen». Y vaya si legislarán, en cuanto puedan hacerlo.Por supuesto, la babosería proterva del doctor Sánchez no está lanzada a voleo o insensatamente, como mero desahogo o expansión bobalicona. Se trata de una alevosía muy calculada que destruye los cimientos mismos de un orden político inspirado en la caridad, que nada tiene que ver con ninguna «permisividad», «licencia» o «condescendencia» con el mal, sino con su identificación y erradicación de la sociedad, para garantizar la paz, la estabilidad y la justicia que favorecen el bien común. Para lo que se necesitan fronteras aseguradas por la ley que actúen disuasoriamente contra el invasor y permitan «responder con humanidad» al forastero que llega sin violarlas ni infringirlas. Sin fronteras protegidas, sólo funciona la caridad loca que postulan los demagogos como el doctor Sánchez: una caridad con sarna, garrapatas, violaciones y hambruna, con chabolas improvisadas en playas convertidas en letrinas y gentes reducidas a desechos, lo mismo las invadidas que las invasoras.Escribía Thomas Macaulay que «en todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos». En todos los ocasos civilizatorios, en efecto, han florecido –flor de cieno y podredumbre– los demagogos, cuyo rasgo humano principal, a juicio de Ortega, es la irresponsabilidad: «Hostigan a los hombres para que no reflexionen, denigran el servicio a la verdad y nos proponen en su lugar mitos». Es rasgo principal del demagogo –de ahí su constitutiva irresponsabilidad– no medir las consecuencias de sus actos: al demagogo no le importa provocar la avalancha; jugar con el destino del pueblo no le causa la menor zozobra o remordimiento; y la prudencia o la previsión no son, a su juicio, sino palabras rimbombantes. El instinto del demagogo le induce a actuar políticamente echándolo todo a rodar, salga lo que salga, que es la actitud característica de las épocas degeneradas. Pero, para poder actuar irresponsablemente, el demagogo necesita halagar las bajas pasiones de las masas cretinizadas. Y en esta época terminal que nos ha tocado vivir, las bajas pasiones no siempre se expresan como apetitos desatados, sino que a veces necesitan disfrazarse de sentimentalismo y sensiblería, necesitan rebozarse con una parodia de caridad para presentarse ante las masas cretinizadas como «humanitarias». Y es que es propio del demagogo explotar con desparpajo hipócrita –al servicio siempre de sus inconfesables ambiciones, sólo conocidas por el alado Pegaso – los más nobles ideales colectivos. En manos del demagogo, los supremos ideales, las causas más elevadas se desvirtúan y prostituyen, convertidas en instrumentos de su egoísmo y ambición mezquina.Pero son estas bajas pasiones rebozadas de caridad las que acarrean consecuencias más funestas y catastróficas, como nos enseña Buñuel en 'Viridiana', donde la caridad loca de la protagonista acaba convirtiendo su casa en un muladar y causando su desgracia.