No digas nada
ResumenHay cosas que se estropean en cuanto alguien abre la boca. Un anochecer o una buena canción en un concierto son dos buenos ejemplos. Siempre aparece uno que contempla cómo el sol se esconde en el mar y considera imprescindible decir: «Qué bonito». Nos cuesta quedarnos callados, porque hemos adquirido la costumbre de ponerle palabras a todo.
Hay cosas que se estropean en cuanto alguien abre la boca. Un anochecer o una buena canción en un concierto son dos buenos ejemplos. Siempre aparece uno que contempla cómo el sol se esconde en el mar y considera imprescindible decir: «Qué bonito». Como ... si el sol necesitara un comentarista. Nos cuesta quedarnos callados, porque hemos adquirido la costumbre de ponerle palabras a todo. Me interesan mucho esas cosas que paran en seco las conversaciones en una época especializada en lo contrario. Todo tiene comentario o nos exige una reacción u opinión. Nos mandan una fotografía y contestamos con un corazón. Alguien muere y escribimos un obituario. Nace un niño y ponemos una frase. Comemos, viajamos, queremos, nos despedimos y contemplamos el mundo con la obligación de ir dejando constancia. Por eso, callarse tiene algo de resistencia. Soy especialmente aficionado a los silencios pequeños, los de andar por casa. El de una cocina de madrugada cuando todos duermen. El de un salón cuando por fin se van los invitados y quedan las copas en la mesa. El de entrar en la habitación donde dormías de pequeño y descubrir que es mucho más pequeña de lo que recordabas. También del silencio de la amistad verdadera. Por eso me gusta ir de viaje en coche con Freddy mientras suena la radio, pasan los pueblos, alguno señala una cosa por la ventanilla y seguimos adelante sin etiquetar nuestra mirada de forma compulsiva. Poder quedarse callado sin que nadie pregunte qué te pasa es un lujo de amigos de viejo. Ahora, sin embargo, dos personas permanecen veinte segundos sin hablar y una acaba sacando el teléfono para recomendarte dos o tres series, una película, una cuenta a seguir, dos restaurantes, un podcast y un destino vacacional, mientras escribe a otra persona para decirle que estás un poco demodé. Y por eso sigo buscando eso que nos permite estar callados, porque necesitamos que algo nos obligue a parar la narración permanente de nosotros mismos. Es un momento mágico en el que las palabras se apartan, como en las despedidas, o durante el cigarro después de una cena. Nos ocurre algo parecido delante de muchos recuerdos. Encontramos una fotografía vieja en un cajón y nos quedamos mirándola más tiempo del que esperábamos. Allí aparecen personas que ya no están, casas que ya no existen y una versión de nosotros mismos que tampoco ha sobrevivido. No comentamos nada porque no hay nadie a quien explicárselo. El silencio , en esos casos, no es la ausencia de conversación sino la conversación entera. El mundo llevaba funcionando demasiado tiempo antes de que llegáramos nosotros con nuestras opiniones. Nuestros mejores recuerdos están construidos sobre algunos silencios a los que no hemos puesto palabras, precisamente para no estropearlos con una simple frase como esta.