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El Mundo ·

La CDU del canciller Merz se queda fuera de un Parlamento regional por primera vez en su historia

Resumen

La profecía de Alice Weidel empieza a cumplirse. Tras la victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, la dirigente ultraderechista vaticinó que la Unión Cristianodemócrata (CDU) no volvería a ganar unas elecciones federales. Dos semanas después, el presagio ha encontrado su primer eco regional: la CDU ha perdido Berlín, ha desaparecido del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y encadena tres derrotas que convierten cada cita con las urnas en un plebiscito sobre el canciller. Las elecciones de este domingo revelan algo más profundo que el desgaste de Merz: la descomposición del sistema de los antiguos grandes partidos.

La profecía de Alice Weidel empieza a cumplirse. Tras la victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, la dirigente ultraderechista vaticinó que la Unión Cristianodemócrata (CDU) no volvería a ganar unas elecciones federales. Dos semanas después, el presagio ha encontrado su primer eco regional: la CDU ha perdido Berlín, ha desaparecido del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y encadena tres derrotas que convierten cada cita con las urnas en un plebiscito sobre el canciller. Las elecciones de este domingo revelan algo más profundo que el desgaste de Merz: la descomposición del sistema de los antiguos grandes partidos. La CDU retrocede 8,2 puntos en Berlín y cerca de ocho en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde queda reducida al 4,9% y obtiene el peor resultado regional de su historia. Al no superar el umbral electoral, será además la primera vez desde la fundación de la República Federal que queda fuera de un Parlamento regional. El Partido Socialdemócrata (SPD), su socio en el Gobierno federal, obtiene en Berlín el 12,1%, su peor resultado histórico en la capital, y pierde cuatro puntos y la primera posición en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Los Verdes, por su parte, logran un 14,3% de los votos. Los dos partidos de la coalición encontraron atenuantes en sus candidatos berlineses, dos segundos espadas obligados a librar campañas especialmente difíciles. El democristiano Stefan Evers asumió la candidatura apenas dos meses antes de las elecciones, tras la retirada forzosa del alcalde-gobernador Kai Wegner, desacreditado por sus falsas explicaciones sobre el partido de tenis que disputó durante el gran apagón de Berlín. El socialdemócrata Steffen Krach, todavía un desconocido para muchos votantes tras cinco años al frente de la región de Hannover, llegó además a las urnas salpicado por una investigación judicial conocida 11 días antes de las elecciones. AfD se impone en Mecklemburgo con el 38,3%, después de haber rozado la mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt. Pero ganar no significa gobernar: ningún partido está dispuesto a pactar con la formación ultraderechista y lo más probable es que Manuela Schwesig continúe al frente del estado si consigue articular una mayoría alternativa. Die Linke, en cambio, gana en Berlín con el 25,6% y Elif Eralp sí podría encabezar una coalición con Verdes y socialdemócratas. Las urnas no modifican la composición del Bundestag, pero reflejan una realidad: la creciente fragmentación política del país y la dificultad cada vez mayor para formar mayorías. La CDU excluye cualquier cooperación tanto con AfD como con Die Linke, pero los dos partidos situados al otro lado de su cordón sanitario han ganado las elecciones. Apropiación Alice Weidel se apresuró a apropiarse del resultado. «Los electores quieren un cambio político», afirmó la copresidenta de AfD, que proclamó a su formación como «el nuevo partido popular» de Alemania y aseguró que ha llegado «al centro de la sociedad». Desde el extremo opuesto, Eralp prometió «cambiar juntos nuestro Berlín y convertirlo en un lugar mejor», celebró que «el amor y la justicia han vencido al odio» y defendió «un Berlín mejor y asequible, donde todas las personas puedan vivir con dignidad». El SPD tampoco podía declararse vencedor, aunque su secretario general, Tim Klüssendorf, lo intentó. Calificó de «gran éxito» el resultado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde Schwesig aspiraba a derrotar a AfD y terminó dos puntos por detrás pese al poderoso bonus de la Cancillería regional y a una popularidad personal muy superior a la de su partido. La expresión servía sobre todo para tapar el desastre de Berlín. La ciudad que Willy Brandt convirtió en el gran bastión de la socialdemocracia —el SPD llegó al 61,9% en 1963— y que el partido gobernó durante 23 de los 36 años transcurridos desde la caída del Muro lo ha reducido ahora al 12%. Klüssendorf admitió que el golpe era «extremadamente decepcionante». Los copresidentes del partido, Lars Klingbeil y Bärbel Bas, defendieron la necesidad de continuar las reformas, pero reclamaron un cambio de rumbo en su contenido y en el reparto de las cargas. Merz compareció cinco minutos después de que las televisiones difundieran sus primeras proyecciones. Reconoció que los resultados de su partido eran «un desastre», pero despersonalizó inmediatamente el debate electoral. No compareció como presidente de una formación derrotada, sino como canciller de todos los alemanes: su intervención fue un mensaje a la nación de un hombre de Estado ante un país que atraviesa una crisis política, económica y social. Al situar el resultado dentro de ese marco, zanjó cualquier especulación sobre su futuro, acotó de antemano las reacciones de su partido y tomó el control de la narrativa que vendría después. Fue un golpe de comunicación política. Habló de un Estado que se ha vuelto demasiado complicado, de una economía inmersa en una profunda transformación, de una sociedad cada vez más áspera e irreconciliable y de unas instituciones cuya credibilidad está siendo socavada por los partidos radicales de izquierda y derecha. Frente a ese deterioro descartó tanto el regreso a una supuesta edad dorada como la tentación de presentar todo lo construido en Alemania como un fracaso. Merz tampoco dio señal alguna de rendición. «Quiero que nuestro país vuelva a ser un país en marcha, que vuelva a confiar en su propia fuerza», afirmó. Las reformas no son para él un fin, sino el instrumento para recuperar la promesa de progreso y bienestar. Admitió que exigirán sacrificios, provocarán incertidumbre y tardarán en producir resultados, pero precisamente por eso «no podemos seguir aplazando estas decisiones. Las reformas tienen que llegar». No dio señal alguna de que contemple dimitir, ser sustituido o abandonar la presidencia de la CDU, como se había especulado insistentemente durante la campaña. Todo lo contrario. Cerró cualquier debate sobre su futuro para trasladarlo a las reformas que, a su juicio, necesita Alemania. «Estoy convencido de que el éxito de nuestras reformas mejorará no sólo nuestra convivencia, sino también la imagen que tenemos de nosotros mismos y la imagen de Alemania en el mundo», afirmó. Las presentó como «el remedio contra el veneno autoritario» y terminó sin dejar espacio a las dudas: «Lo que ahora hay que hacer exige firmeza. La demostraré como presidente de la CDU y, sobre todo, como canciller de nuestro país». Tanto las declaraciones de Merz como las de los líderes socialdemócratas coinciden en una lectura: los dos socios han entendido el mensaje de las urnas y que Alemania necesita reformas. El problema para el canciller es que todavía no han acordado cuáles ni cómo llevarlas a cabo. En ese bloqueo mutuo cobra fuerza la profecía de Alice Weidel.