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Las diez cuevas con arte rupestre de Cantabria declaradas Patrimonio Mundial

Resumen

El pasado prehistórico de Cantabria no se conoce solo a través de los objetos recuperados en las excavaciones. En distintos puntos de la región, las paredes de cuevas conservan imágenes realizadas por grupos humanos que vivieron allí hace miles de años. Sobre la roca quedaron dibujos, grabados y otros motivos que hoy permiten acercarse a algunas de las primeras formas de expresión. Estos restos no aparecen concentrados en un único lugar: algunos se agrupan en un mismo monte y otros están repartidos por valles y municipios.

El pasado prehistórico de Cantabria no se conoce solo a través de los objetos recuperados en las excavaciones. En distintos puntos de la región, las paredes de cuevas conservan imágenes realizadas por grupos humanos que vivieron allí hace miles de años. Sobre la roca quedaron dibujos, grabados y otros motivos que hoy permiten acercarse a algunas de las primeras formas de expresión. Estos restos no aparecen concentrados en un único lugar: algunos se agrupan en un mismo monte y otros están repartidos por valles y municipios. Esa distribución obliga a mirar más allá de los nombres más conocidos. En Cantabria se han identificado más de sesenta cuevas con arte rupestre paleolítico, aunque solo diez forman parte de la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Altamira fue la primera, reconocida en 1985. En 2008 se añadieron otras nueve, repartidas por municipios como Puente Viesgo, Camargo, Ramales de la Victoria o Rionansa. Tampoco todas conservan el mismo tipo de representaciones: en unas predominan las pinturas y en otras destacan los grabados realizados directamente sobre la piedra. Compartir este reconocimiento internacional no significa, además, que todas puedan visitarse de la misma manera. Altamira, el punto de partida En Santillana del Mar se encuentra la cueva que cambió la forma de interpretar las imágenes prehistóricas conservadas en Europa. Altamira fue el primer yacimiento en el que un conjunto de figuras y signos se identificó y describió como arte del Paleolítico. A partir de ese reconocimiento, las representaciones localizadas en otras cuevas comenzaron a estudiarse también como creaciones realizadas por las comunidades de aquella época. Su descubrimiento marcó así un antes y un después en la forma de entender este tipo de manifestaciones. Los bisontes de varios colores son sus figuras más conocidas, aunque no son los únicos animales representados. En las paredes también aparecen caballos y ciervos, realizados a lo largo de un periodo que va aproximadamente desde hace 35.000 hasta hace 13.000 años. Las imágenes muestran además que sus autores no se limitaron a trazar siluetas, sino que aprovecharon el color y las formas naturales de la roca para dar volumen a algunas figuras. Puente Viesgo concentra cuatro de las diez cavidades El Monte Castillo reúne en un mismo entorno El Castillo, Las Monedas, La Pasiega y Las Chimeneas. Aunque están muy próximas entre sí, son cuevas distintas. El Castillo, descubierto en 1903, conserva figuras de bisontes, caballos y ciervos, además de signos que no representan animales reconocibles. Entre sus elementos más característicos están las manos en negativo, realizadas apoyando la mano sobre la pared y aplicando pigmento alrededor para que quedara marcado el contorno. Las imágenes no pertenecen todas a la misma época ni fueron realizadas de una única manera. Esa superposición es una de las particularidades de El Castillo, donde las paredes conservan muestras correspondientes a diferentes momentos del Paleolítico. Las Monedas es otra de las cuevas del Monte Castillo incluidas en la lista de la UNESCO, junto con La Pasiega y Las Chimeneas. No son partes de una única cavidad, sino yacimientos independientes situados en la misma zona. Esa concentración hace que Puente Viesgo reúna por sí solo cuatro de los diez enclaves cántabros reconocidos como Patrimonio Mundial. Dos ejemplos distintos en Camargo y el valle de Buelna En Escobedo de Camargo, El Pendo conserva una de las composiciones de pintura roja más conocidas de Cantabria. El friso que le dio mayor proyección se descubrió en 1997, aunque la cueva llevaba mucho tiempo documentada. En la pared aparecen principalmente ciervas. Quienes realizaron las figuras aprovecharon las formas naturales de la roca para darles volumen, en lugar de tratar la superficie como si fuera completamente plana. Las distintas excavaciones permitieron recuperar materiales relacionados con la presencia humana, entre ellos herramientas de piedra. Estos hallazgos aportan información sobre el uso de la cueva y ayudan a situar las pinturas dentro de un contexto más amplio de ocupación prehistórica. Hornos de la Peña, en el valle de Buelna, conserva otro tipo de representaciones. En este caso, destacan los grabados atribuidos al Magdaleniense. Las figuras fueron realizadas mediante incisiones sobre la piedra y muestran desde los perfiles generales de los animales hasta detalles más pequeños. Los materiales encontrados en su interior también apuntan a una presencia humana prolongada durante más de 30.000 años. Covalanas, La Garma y Chufín, fuera de los principales núcleos En Ramales de la Victoria se encuentra Covalanas, una de las cuevas que amplían el mapa del arte rupestre hacia el este de Cantabria. En su interior se conservan pinturas prehistóricas incluidas en el mismo reconocimiento internacional que los yacimientos situados en el centro de la región. Su presencia incorpora también el valle del Asón a esta red de enclaves paleolíticos. La Garma está en Ribamontán al Monte. Su importancia arqueológica se debe tanto a los restos conservados en el interior como a las manifestaciones de arte paleolítico que alberga. Su incorporación a la ampliación de 2008 reconoció este patrimonio junto al de las otras cuevas cántabras incluidas aquel año. En Rionansa se encuentra Chufín, también conocida como la cueva del Moro Chufín. Allí aparecen pinturas rojas y grabados con bisontes, caballos, bóvidos y una figura de aspecto humano, además de puntos, líneas y otros signos. No todos esos motivos están en el mismo lugar ni tienen por qué pertenecer a un único momento. Se han agrupado en dos, o posiblemente tres, conjuntos según su ubicación dentro de la cueva y la técnica empleada. Entre las marcas también se reconocen trazos hechos con los dedos y pequeñas líneas colocadas en hileras.