Tratado de buenas maneras para una catástrofe
ResumenIr con mocasines y una manguera de jardín a hacerse la foto en un incendio es sin duda una de las peores faltas de cortesía. Hay que estar, claro, y parte de la función del político es proyectar una cierta imagen de control de la situación, pero aún más importante que estar es saber estar. Lo contrario, ir al incendio con un bidón de gasolina y la fantasía de que el fuego puede resultar purificador, es una opción aún peor. Lo de que no conviene afrontar los debates en caliente es un tópico bastante cobarde, pero en este caso, justo en este caso en el que el fuego está arrasando vida y hacienda, lo de en caliente suena a sarcasmo y conviene no añadirle una burla al sufrimiento de las personas.
Ir con mocasines y una manguera de jardín a hacerse la foto en un incendio es sin duda una de las peores faltas de cortesía. Hay que estar, claro, y parte de la función del político es proyectar una cierta imagen de control de la situación, pero aún más importante que estar es saber estar. Lo contrario, ir al incendio con un bidón de gasolina y la fantasía de que el fuego puede resultar purificador, es una opción aún peor. Lo de que no conviene afrontar los debates en caliente es un tópico bastante cobarde, pero en este caso, justo en este caso en el que el fuego está arrasando vida y hacienda, lo de en caliente suena a sarcasmo y conviene no añadirle una burla al sufrimiento de las personas. La mera idea, como sugiere Óscar Puente, de ponerse aquí y ahora a levantar juicios sumarios es tan obscena como ponerse a proyectar urbanizaciones, pues sugiere, no tan en el fondo, que algo se puede construir sobre tanta destrucción. Es verdad que la izquierda ha invertido en una maquinaria de procesado y tratamiento del dolor con la que la derecha no puede ni soñar, pero hasta las máquinas mejor cuidadas se pueden gripar con un uso excesivo. Luego está esa propuesta fabulosa del delegado del Gobierno en Madrid, que le sitúa a la altura de quien asiste a una violación y pide que antes de actuar se redacte un atestado. Lo anómalo no es declarar como emergencia nacional la mayor evacuación de españoles de la historia reciente; lo que sí requiere un minucioso informe es la razón por la que, tras la dana, los gobiernos autonómicos afectados, en particular el de la Comunidad Valenciana, no solicitaron la activación de este mecanismo y el Gobierno central no lo hizo por propia iniciativa. Seguro que sería un informe muy literario, atravesado por la culpa, la mala conciencia y la ambición. Si hay alguna duda de que una tragedia que deja muertos y arrasa poblaciones en tres comunidades distintas es una emergencia nacional, es que sencillamente la nación ya no existe. Porque la emergencia es evidente. El fuego comparte con el agua y el resto de los elementos el no entender de límites administrativos ni de competencias. En realidad no entiende de nada, por eso es también bastante ridículo hablar de él con atributos humanos. Peor aún, ahora que nos referimos al lenguaje, es la gradación sonora, ese rango dinámico feroz del discurso que va del pianissimo al fortissimo en función del ámbito territorial donde se produce la catástrofe.