Los atrincherados ante el fuego que desobedecen la orden de desalojo: "Me quemo con mis cabras"
ResumenLucía es una persona de avanzada edad que reside en el madrileño municipio de Cadalso de los Vidrios. Una localidad que fue desalojada el sábado por la tarde. No hay nadie en las calles, apenas circulan coches y el silencio lo invade todo. Quedan ventanas entreabiertas, trabajos a medio hacer y el rastro de los cerca de 3.000 vecinos que tuvieron que marcharse casi con lo puesto al recibir la orden de evacuación.
«No me he enterado. No sabía que se habían ido». Lucía es una persona de avanzada edad que reside en el madrileño municipio de Cadalso de los Vidrios. Una localidad que fue desalojada el sábado por la tarde. Lucía está en su casa. Dice que no se enteró. Parece un pueblo fantasma. No hay nadie en las calles, apenas circulan coches y el silencio lo invade todo. Quedan ventanas entreabiertas, trabajos a medio hacer y el rastro de los cerca de 3.000 vecinos que tuvieron que marcharse casi con lo puesto al recibir la orden de evacuación. Todo prisas. Carreras. Pero ese aviso de desalojar nunca llegó a Lucía, una octogenaria sin familia que es, prácticamente, la única persona que permanece en la localidad. Dice que no sabía que tenía que irse, pese a que todos sus vecinos se marcharon. También reconoce que a ella no la «hubieran sacado ni a palos». El avance y la fuerza de las llamas han obligado en la Comunidad de Madrid, al cierre de esta edición, a evacuar a alrededor de 30.000 personas de más de una decena de localidades. Algunos vecinos, sin embargo, han decidido quedarse, asumiendo el riesgo y desatendiendo los mensajes de las autoridades y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, con el argumento de defender sus casas, sus explotaciones y, sobre todo, dicen, a sus animales. «A los bomberos y a los agentes se les quema el traje, pero es que a nosotros se nos quema la vida», resume un vecino de Cadalso de los Vidrios. Son muchos, sobre todo ganaderos, los que aseguran que no se moverán «ni locos», pese a que la orden sea abandonar el lugar. En los últimos días, las autoridades han recalcado que los mensajes y aviso de evacuación no son recomendaciones, sino órdenes que hay que cumplir. Pedro Moreno tiene cerca de 500 cabras a las afueras del municipio y lo tiene claro: «Si llega el fuego y se queman las cabras, me quemo con ellas». Cuando el sábado se ordenó el desalojo, su familia se marchó a Madrid. Él, no. «Vino la Guardia Civil y me dijo que, por las buenas o por las malas, me tenía que ir. ¿Mi respuesta? Por las malas me quedo», sostiene. Para Pedro, las cabras son mucho más que un rebaño: representan el trabajo de toda una vida y el sustento económico de su familia. La escena se repite en Cenicientos, otro de los municipios madrileños desalojados. Apenas quedan vecinos y en el pueblo solo se escucha el canto de los pájaros, roto de vez en cuando por las sirenas de los agentes. De repente, un matrimonio cruza corriendo la calle para volver a su casa. «Nos escondemos de los agentes porque no queremos que nos echen», explica un ganadero con un rebaño de 1.000 ovejas, que asegura que se ha quedado «por ellas». Desde una ventana, otra vecina cuenta que también ha decidido permanecer para proteger a sus animales. «¿Cómo muevo yo todos estos animales? Si los dejo aquí, ¿alguien se va a preocupar por ellos?», se pregunta. Lo mismo ocurre en Sotillo de la Adrada, en Ávila. Allí, el incendio que asola la provincia ya se ha convertido en el mayor fuego de la historia de España tras quemar cerca de 50.000 hectáreas. Alrededor de 25.000 vecinos han sido desalojados, pero no todos se han ido. «Ayer empezó a arder encima del pueblo y gracias a los vecinos que nos quedamos no se ha quemado todo», relata uno de ellos. Kevin, ganadero de la zona, tiene cerca de 1.000 cabras. Con la ropa de faena, la cara marcada por el cansancio y los ojos vidriosos, sigue luchando contra un fuego que se acerca cada vez más. «Nadie va a salvar lo mío por mí», dice mientras observa cómo las llamas avanzan hacia su explotación. Compró su primera cabra con 10 años y ahora, con 31, tiene un millar. «Esto es el trabajo de muchos años, que, como yo me vaya, se va todo a la mierda», lamenta. Junto a él, su pareja, Anita, vecinos y amigos intentan apagar los focos que divisan con los pocos medios de los que disponen. «Las cabras están todas a salvo, las hemos metido como hemos podido en la nave», explica ella. Mientras Kevin busca más ayuda, quienes colaboran regresan de sofocar los focos más cercanos y aprovechan para comer un plato de macarrones que les ha preparado otra vecina. Apenas descansan. Comen deprisa, recuperan fuerzas y vuelven a salir porque ya les han avisado de que «la cosa se va a poner chunga». Sin luz, sin cobertura y con un humo que dificulta la respiración, muchos habitantes de Sotillo se han quedado como voluntarios para combatir unos focos que «no paran de reavivarse». José es de aquí «de toda la vida». Lleva tres días «casi sin comer, sin dormir y de un lado para otro». Tiene una empresa de reformas y varias obras pendientes, pero ahora solo piensa en una cosa: «Hoy, mañana, pasado... los días que haga falta no pienso trabajar. Lo primero es el pueblo». A través de un grupo de WhatsApp se avisan de cada reactivación del incendio. «Está empezando el fuego otra vez al lado de Casillas», alerta uno de los audios. En cuestión de minutos, varios vecinos cargan el material, se suben a los coches y vuelven monte arriba para intentar sofocar las llamas junto a las brigadas forestales, que trabajan sin descanso. Entre Madrid, Ávila y Toledo, el incendio ha arrasado ya más de 77.000 hectáreas. Miles de personas cumplen la orden de evacuación, otros no, con el argumento de proteger lo suyo.