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Rusia: fútbol al otro lado de la guerra

Resumen

Éste es un reportaje sobre fútbol, pero conviene tener paciencia. Ya han pasado cuatro años y tres meses, lamentablemente. El Gobierno de España anunciaba entonces que cerraba su espacio aéreo a las aerolíneas de la Federación Rusa, “en aplicación del Reglamento 2002/334, aprobado esta madrugada por el Consejo de la Unión Europea”. La medida, que en realidad se aplicaría en toda esa Unión, formaba parte del paquete de sanciones económicas aprobadas por Bruselas “como respuesta a la decisión del presidente ruso, Vladimir Putin, de invadir militarmente Ucrania”.

Éste es un reportaje sobre fútbol, pero conviene tener paciencia. Febrero, 2022. Ya han pasado cuatro años y tres meses, lamentablemente. El Gobierno de España anunciaba entonces que cerraba su espacio aéreo a las aerolíneas de la Federación Rusa, “en aplicación del Reglamento 2002/334, aprobado esta madrugada por el Consejo de la Unión Europea”. La medida, que en realidad se aplicaría en toda esa Unión, formaba parte del paquete de sanciones económicas aprobadas por Bruselas “como respuesta a la decisión del presidente ruso, Vladimir Putin, de invadir militarmente Ucrania”. La reacción, por supuesto, no tardó en llegar. “De conformidad con las normas del Derecho Internacional, como respuesta a la prohibición de los estados europeos de vuelos de aeronaves civiles operadas por compañías aéreas rusas o registradas en Rusia, se han introducido restricciones a los vuelos de compañías aéreas de 36 estados”, apuntaba desde Moscú un comunicado de la Agencia Federal de Transporte Aéreo. Lógicamente, España estaba entre esos 36 estados. No puede afirmarse que nuestro país y Rusia estén en guerra, al menos entendida de un modo convencional, pero sí que, por el firme apoyo español a Ucrania y por su aplicación de las sanciones en cuestión, están en lados distintos de una guerra. O de una agresión. O de una operación militar especial, según la terminología que utiliza el Kremlin. Porque se batalla con las armas, pero también con las palabras. El caso es que la relación bilateral se ha congelado, lo que, sin ser por supuesto lo más importante, se traduce para empezar en que desde hace tiempo no se puede viajar directamente a Moscú (o a Madrid desde Moscú, claro). De hecho no hay vuelos a Rusia desde ninguno de los países occidentales en cuestión, aunque sí se puede llegar desde ciudades de Oriente Medio, Asia Central e incluso África. La conexión más popular ahora mismo se establece a través de Estambul con la compañía Turkish Airlines. Sorprendentemente, obtener un visado para Rusia puede ser incluso más fácil que hace años, porque las autoridades han introducido la posibilidad de hacerlo vía electrónica en caso de visitas que no superen los 16 días. O sea, lo que se entendería como turísticas. Es cierto que el formulario contiene todo un interrogatorio, pero cuatro días son suficientes para recibir aprobación. Una vez en Moscú, por completar contexto, hay que tener en cuenta los problemas de conexión con internet (en el caso de móviles extranjeros, suelen sortearse con la instalación de una vpn) y la necesidad de cambiar moneda... toda vez que las tarjetas de crédito y débito internacionales no se pueden utilizar. Éste es un reportaje sobre fútbol, aunque hasta ahora no lo haya parecido, pero es que tampoco hay forma de acercarse al estado actual del balompié ruso, excluidas selecciones y excluidos clubes de cualquier competición oficial internacional, por ejemplo del Mundial que está a punto de empezar, sin entender primero esa coyuntura política de un estado al que hace casi un lustro también llegaron sanciones desde el ámbito de la redonda: FIFA y UEFA se sumaron casi de inmediato a la expulsión general. Así que el combinado nacional dirigido por Valery Karpin, viejo conocido del fútbol español (Real Sociedad, Valencia y Celta de corto, Mallorca de largo), ya fue inhabilitado para disputar la repesca rumbo al anterior Campeonato del Mundo, disputado en Qatar. La final de la Champions de aquel 2022, que iba a disputarse en San Petersburgo, se trasladó además a París. Fue aquella en la que el Real Madrid se impuso al Liverpool, pero en la que buena parte de los hinchas blancos que viajaron a la capital francesa vivieron un auténtico caos organizativo en los aledaños de Saint-Denis. Al staff de Karpin (y de Viktor Onopko, otro que pasó por nuestro fútbol) pertenecen, por cierto, hasta tres españoles: Jonathan Alba, David Delgado... y Luis Casais. “El primero está permanente allí, porque además entrena al Rostov desde que salió el propio Karpin; el segundo hace análisis desde Madrid y se desplaza en las ventanas internacionales; yo voy y vengo desde que en noviembre dejamos el Dinamo”, explica en conversación con MARCA el gallego. Cuyo currículo apabulla, por cierto: doctor en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, profesor de Alto Rendimiento en Fútbol y Metodología del Entrenamiento en la Facultad de Ciencias del Deporte de Pontevedra, autor de diversos libros y artículos en revistas internacionales, director de tesis, entrenador (Boiro, Pontevedra, Noia o Portonovo) y, por supuesto, preparador físico. Esa última faceta lo ha llevado a Rusia en tres etapas distintas, pero también a China con el Wuhan, en el que llegó a coincidir de forma breve con Manuel Pellegrini, y el Hebei Fortune, o a México con el Atlas Guadalajara. “La vida en Moscú es normal, tranquila. Resulta cara, eso sí, pero por la metrópoli que es. Otras ciudades son más asequibles, pero la capital es fantástica y tiene muchos sitios por descubrir”, explica Casais. “El único problema quizás es que internet va más lento y en ocasiones se bloquea. Hay algo parecido a una cúpula electromagnética para evitar los ataques de drones y eso termina afectando al usuario”, añade, refiriéndose al Sistema Krona. Se trata, efectivamente, de una compleja red diseñada para ser altamente eficaz y formada por varias capas de defensa antiaérea y antimisiles. Como ciudadano de a pie, “cuesta entender que un conflicto termine afectando al arte, a la ciencia o al deporte, ámbitos que nada tienen que ver con las decisiones políticas”, insiste el español, que en todo caso prefiere referirse a lo futbolístico, más allá de que también por ahí se viva una coyuntura absolutamente atípica. “Estamos condicionados por la situación política y tenemos limitaciones importantes, porque muchos países no están dispuestos a jugar contra nosotros. Nos tenemos que romper la cabeza en cada ventana y no es fácil, porque además el calendario está sobrecargado y eso deja pocas posibilidades. Hay que hacer un tetris”. Ese tetris en la ventana de marzo pasó por derrotar 3-1 a Nicaragua en Krasnodar y por empatar sin goles, cuatro días después, frente a Mali en San Petersburgo. Ese tetris en la presente ventana pasa por el duelo de ayer mismo ante Egipto (derrota por la mínima) y por medirse a Burkina Faso el día 5 en Volgogrado y a Trinidad y Tobago el 9 en Kaliningrado. Excepción hecha de la selección de Mohamed Salah (“es una de las mejores de Africa, en el top 15 o 20 del mundo, y se trata de una buena piedra de toque para nosotros”, certifica Casais), y quizás, echando la vista atrás, de Serbia, la sucesión de rivales resulta desoladora a nivel competitivo: Brunéi (11-0 acabó aquel duelo), Vietman, Cuba, la propia Bielorrusia como aliada también en lo político... Y eso ha provocado alguna discrepancia interna... sofocada de inmediato. “¿Son motivadores estos partidos? No. Para mí es mejor entrenar con mis compañeros en el Zenit. Dios me proteja de viajes innecesarios”, espetaba en su día Maksim Glushenkov, declaraciones que provocaron una catarata de reproches. “No sé qué le impulsó a decir eso. Todo futbolista, desde niño, sueña con jugar en la selección”, arrancó el exinternacional Igor Kolyvanov. “Su frase es incorrecta. Sólo pido que los jugadores vayan a la selección con gusto”, continuó Alexander Alaev, presidente de la Premier rusa. “Esas provocativas palabras no pertenecen a un ciudadano ruso. Debe entender en qué época vive, dónde juega y que en este país decenas de millones de ciudadanos apoyan a la selección”, completó desde el ámbito político Dmitri Svishchev, diputado de la Duma Estatal. Todo un aviso... No alimenta hasta ahora la polémica Karpin, que tiene contrato hasta 2028 y que ya no compagina cargos desde que dimitió del Dinamo en noviembre de 2025: “Espero que las sanciones se levanten lo antes posible y que el fútbol ruso regrese a la escena internacional”. Casais, mientras, se proyecta a futuro abundando en el deseo del seleccionador: “Estábamos a una semana de jugar la repesca para el Mundial de Qatar, contra Polonia, y desde entonces llevamos cuatro años peregrinando, pero la idea siempre ha pasado por mantener la dinámica y por seguir estando presentes. Tenemos un proyecto a medio y largo plazo, centrado en jugadores jóvenes, para ser competitivos a dos, tres o cuatro años. Esperemos que sin sanciones ya...” Ese ‘exilio’ que vive la selección contrasta con la realidad de la Premier rusa. Los clubes no pueden jugar en Europa, pero cuentan con flamantes estadios, diseñados en su mayoría para el Mundial 2018, y siguen presumiendo de jugadores de nivel, también extranjeros, más allá de las limitaciones existentes para fichar, que obligan a fijarse en América mucho más que en Europa. El brasileño ya era un mercado tradicionalmente utilizado por el Zenit, pero en las alineaciones de la final de Copa que disputaron Spartak y Krasnodar el pasado domingo había dos argentinos (Pablo Solari y Esequiel Barco), dos uruguayos (Lucas Olaza y Gio González), un colombiano (Jhon Córdoba), un costarricense (Manfred Ugalde)... De la dimensión social del fútbol también pueden dar idea los más de 70.000 espectadores que acudieron al mítico Luzhniki esa jornada, en la que se coronaron con el Spartak dos españoles, Francis Cagigao como director deportivo, Juan Carlos Carcedo como entrenador, que en charla con este diario también dejaron su opinión sobre el día a día. “Vivir en Moscú es como vivir en Londres, París, Roma, Madrid... diría que con más seguridad todavía. La percepción que hay desde el extranjero es errónea”, afirmaba el primero. El segundo, que ya vivió una primera etapa rusa hace años, regresaba apenas en enero: “Me informé a través de gente que estaba también viviendo y que me dio tranquilidad. Evidentemente hay ciertas noticias que son un poco más alarmistas, pero en el día a día nosotros no notamos nada y podría decir que en muchos otros países donde he vivido se siente hasta más inseguridad”. Y es que el conflicto con Ucrania se limita principalmente a las zonas fronterizas y la vida en el resto de Rusia, un país de un tamaño impresionante, es prácticamente normal, sobre todo en una capital tan defendida como Moscú, con varios anillos de baterías antiaéreas entre Podolsk, a unos 40 kilómetros al sur, y Sérguiyev Posad, a unos 70 kilómetros al noreste. En ocasiones los drones enviados desde Ucrania superan las barreras, impactando incluso en edificios residenciales y provocando pérdidas civiles, pero en realidad se trata de casos contados respecto al global. Por eso, y por el control informativo, buena parte de la población vive completamente ajena a esa situación. César Montes juega en el Lokomotiv igual que en su día jugó en Espanyol o Almería. Finalizada una temporada en la que ni siquiera perderse las últimas jornadas por lesión ha evitado que aparezca en el once ideal del campeonato o que destaque en varias estadísticas defensivas, el mexicano también atiende a MARCA para repasar la decisión que tomó en su día: “Mi familia y yo estamos muy tranquilos en Moscú. Antes de firmar hablé con amigos que ya jugaban en el campeonato ruso y eso me ayudó. Cuando tomamos la decisión de ir a Rusia nos habíamos informado bien de cómo sería vivir allí y dimos el paso conscientes de que, a priori, nuestra estancia iba a ser totalmente normal. Así está siendo”. Montes introduce también la cuestión geográfica: “El día a día es el mismo que en cualquier otro club, si acaso lo único que notamos diferente es que algunos desplazamientos cerca de la frontera tenemos que hacerlos en tren porque no nos permiten, por seguridad, tomar el avión. Es cierto que viajar a esos partidos es un poco diferente, porque te pasas un día entero de ida y otro de vuelta en el tren, pero ya nos estamos acostumbrando”. El fútbol, en cualquier caso, vive a la espera. Y lo cierto es que se suceden mensajes contradictorios, porque fue el propio Gianni Infantino, presidente de FIFA, quien deslizó la posibilidad de levantar el veto. “Tenemos que hacerlo, porque esta prohibición no ha servido de nada y además ha creado más frustración y odio. Deberíamos asegurarnos de que ningún país deje de jugar al fútbol por los actos de sus líderes políticos”, insistió en una entrevista con Sky News, pero casi de inmediato topó con la respuesta política, personificada en Glenn Micallef, comisario europeo de Juventud, Cultura y Deporte: “Permitir que los agresores regresen al fútbol mundial como si nada hubiera pasado ignora tanto riesgos reales para la seguridad como el profundo dolor causado por la guerra. Banderas, uniformes e himnos representan a los Estados. La normalización no es aceptable”. Se han producido movimientos y de hecho hay quien, desde una visión optimista, esperaba noticias para esta misma semana. La Unión Rusa de Fútbol, por si acaso, ha concedido licencias para la temporada 26-27, con las que los clubes reciben permiso para participar en unas competiciones, las continentales, que de momento mantienen el rechazo. Al efecto, más allá de ese título del K.O. para el Spartak, quede constancia de que el Zenit ganó la Liga y de que el Krasnodar y el Lokomotiv completaron podio. Una cuestión que se echa de menos, aunque suene frívola, es la de hacer las pretemporadas en España. Sobre todo, por las condiciones de la propia Rusia, aquéllas que se realizan tras el parón invernal. Emiratos, en ese sentido, se ha visto beneficiado. Fútbol al otro lado. Y en este lado, Ucrania. En el de los países occidentales. Donde también se abre paso la pelota como cosa más importante de las cosas menos importantes y donde el Shakhtar Donetsk de Arda Turan se ha llevado un campeonato disputado, no hay más remedio, huyendo de las zonas calientes.