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El País ·

Jessie Buckley, la nueva novia de Hollywood que acaricia el Oscar casi desde el anonimato

Resumen

La de Jessie Buckley es una de esas historias tan normales que, precisamente por eso, resultan fascinantes. La mayor sorpresa que podría suceder en los próximos Oscar, el 15 de marzo, no es que alguien ganara una estatuilla inesperada, sino que ella la perdiera. Porque en apenas unos meses la irlandesa, de 36 años, ha pasado de ser prácticamente una desconocida a arrasar en la temporada de premios. Se lo ha llevado todo: el Globo de Oro, el Critic’s Choice, el Gotham, los de montones de asociaciones y, estos últimos días, el Bafta británico y el de los actores.

La de Jessie Buckley es una de esas historias tan normales que, precisamente por eso, resultan fascinantes. La mayor sorpresa que podría suceder en los próximos Oscar, el 15 de marzo, no es que alguien ganara una estatuilla inesperada, sino que ella la perdiera. Porque en apenas unos meses la irlandesa, de 36 años, ha pasado de ser prácticamente una desconocida a arrasar en la temporada de premios. Se lo ha llevado todo: el Globo de Oro, el Critic’s Choice, el Gotham, los de montones de asociaciones y, estos últimos días, el Bafta británico y el de los actores. Y, si nada se interpone en su camino, el domingo que viene se alzará, sonriente, nerviosa y auténtica como siempre, con el primer Oscar de su carrera. Aunque ahora sea la mimada de Hollywood, Buckley no lo ha tenido fácil para llegar ahí. En realidad, no parece otorgarle demasiada importancia. Vive en una destartalada casa de campo del siglo XV en plena campiña británica. Su marido es un total desconocido. No le preocupa demasiado la moda ni —por ahora— hace campañas publicitarias. Ha pasado por periodos de invisibilidad y depresión, como ella misma ha contado. Su capacidad de transformación —su pelo, siempre distinto; sus acentos, camaleónicos— ha conseguido ponerla donde está hoy, pero su carrera se alarga y ensancha desde hace más de una década, en el teatro, la televisión y hasta la música. De hecho, muchos no lo recuerdan, pero esta es su segunda nominación al Oscar. En la primera, por La hija oscura hace cuatro años, parecía claro que no ganaría. En esta segunda, lo extraño sería lo contrario. Su Agnes Shakespeare, la esposa de William Shakespeare en Hamnet, le ha dado todo. Desde que se hizo con los derechos de la novela escrita por Maggie O’Farrell, la directora de la película, Chloé Zhao, siempre tuvo claro que era Buckley quien tenía que interpretar a esa mujer sabia, introspectiva, medio hechicera, madre amante y doliente. La actriz estaba en el festival de Telluride, en Colorado, promocionando su película Ellas hablan (2022), con la que Sarah Polley ganó el Oscar al mejor guion adaptado (y fue nominada a mejor película). Haciéndose una foto de grupo con compañeras de reparto como Claire Foy y Rooney Mara vio que Zhao la saludaba. No tenía claro que fuera a ella. Pero sí. Quedaron en desayunar juntas. Para entonces, Buckley no había leído la novela. Pero cuando Zhao acudió a hablar con ella más en profundidad en su casa de Norfolk ya lo había hecho; se la bebió en una noche. Cuando la cineasta la vio cocinar, echando especias al guiso, no pudo más que decirle, medio en broma, medio en serio: “¡Sí, la bruja está viva!“. Se sentaron ante el fuego, hablaron del amor, la vida, la muerte, el duelo, el arte y la pérdida, y vieron que su conexión estaba fraguada. Quizá no de Agnes, pero Buckley era una buena conocedora de Shakespeare y su obra. Hija de un padre poeta (y encargado de un bar) y de una madre cantante de ópera y entrenadora vocal, creció en el sur de Irlanda como la mayor de cinco hermanos. En los estudios no destacaba. Lo que le gustaba era tocar el arpa, el clarinete y el piano, ensayando hasta la madrugada en las aulas escolares. No encajaba, ha contado ella en más de una ocasión, y empezó a ser destructiva consigo misma y a caer en la depresión. Así, decidió marcharse a Londres y tratar de entrar en una escuela de actuación; no lo logró. Pero al salir de la audición, vio carteles para un reality show donde buscaban a los protagonistas de una nueva versión de Oliver! Ahí quedó segunda, y ya en las retinas de la industria. Empezó a hacer teatro musical en pequeños antros y a cantar jazz de noche en el sibarita club Annabel’s. Ganaba tan poco que tenía que volver a su casa, a más de dos horas de distancia, caminando. Pero su talento no pasó desapercibido y un mecenas, un rico abogado, la fichó. Decidió pagarle el alquiler, los gastos y la matrícula para la Real Academia de Arte Dramático, la mejor escuela de interpretación británica. No sin un puñado de ataques de pánico y de intentonas de marcharse, logró graduarse en 2013. Y ahí, despacito, empezaron a abrirse puertas. Teatrales, como es lógico, con clásicos como Romeo y Julieta (junto a Josh O’Connor) o Cabaret, en el West End; pero también en cine y televisión. Primero fueron proyectos más independientes. Después, llegaron la versión de Guerra y Paz de la BBC de 2016 con Lily James, Paul Dano y Callum Turner; o Chernobyl y Fargo. En cine, Rompiendo las normas (2020) con Keira Knightley, Ellas hablan y, sobre todo, La hija oscura, en 2021, le trajeron reconocimiento. Fue en esa última, dirigida por Maggie Gyllenhaal, donde conoció a algunos de sus hoy más queridos colegas. Como a la actriz Olivia Colman, que en una entrevista en Vogue afirmaba que Buckley es “una amiga total” y “jodidamente divertida, hasta los huesos”. En el rodaje, Buckley también forjó amistad con Paul Mescal. Aunque no compartían ninguna escena, los dos se juntaban a reír y a fumar en el balcón de Colman. No sabían que, un lustro después, la vida les juntaría como pareja de ficción en Hamnet. Ahora son uña y carne. Su confianza es total. “¡Te bebería como agua!“, le gritó, cariñosa, Buckley a Mescal en los Globos de Oro, recogiendo su galardón. “Espero que nos encontremos muchas veces y hagamos muchos viajes transformadores, porque así ha sido esta experiencia”, comentaba ella en Deadline. “Es el más extraordinario de los hombres, y un actor increíble”, lo describió. Él, en Vogue, alababa “su confianza como artista y su escaso interés en las cosas que brillan y que esta industria puede ofrecer. Es un ser humano inmenso”. Si con 22 años, cuando su agente la tanteó para irse a Hollywood y ella tuvo la capacidad de decir que no al que sería el sueño de tantas otras, le hubieran contado dónde estaría ahora, probablemente se hubiera reído. Entonces, lo veía “intimidante”, “exótico y lejano”, ha dicho. Hoy es casi una más, pero se siente como una espectadora, como alguien lejano. Sus compañeros, en cambio, la ven como pieza clave del puzle. Apenas un par de semanas antes de entrar de lleno en Hamnet terminó de rodar ¡La novia!, de nuevo de la mano de Maggie Gyllenhall y, de nuevo, de forma poco habitual. Ha contado que el estudio no la quería como protagonista para ser la oscura y desatada novia de Frankenstein. Que no era tan popular ni tenía unas redes sociales tan poderosas como para ponerse al lado de Christian Bale, Penélope Cruz y Annette Bening. Pero Gyllenhall afirmó que no la haría sin ella. Días después del “¡Corten!“ estaba rodando Hamnet, y el resto es historia. No fue fácil, porque Buckley decidió aislarse durante la filmación, permaneciendo en una cabaña en vez de regresar a la ciudad y a los suyos. En 2023, la actriz se casó con su marido, Freddie, trabajador de salud mental al que conoció en una cita a ciegas y del que apenas da pistas. Prefieren mantener su relación con discreción, aunque es habitual verle junto a ella en presentaciones y charlas, cargando a su bebé en una mochila. Porque en septiembre de 2024, pocos días después de acabar su papel en Hamnet, Buckley supo que estaba embarazada. La trama de la película, donde la muerte de los hijos es central, lejos de frenarla a la hora de tener descendencia le creó una ”profunda necesidad de ser madre, contaba en Vogue. Ahora, lleva a su pequeña por el mundo, atendiéndola entre entrevistas. Sonriendo, como una persona normal, algo tan poco normal.