Israel tiene un problema con su principal aeropuerto
ResumenEl 27 de agosto, una fotografía de decenas de maletas al sol en el principal aeropuerto de Israel, Ben Gurión, circuló con indignación por las redes sociales. Seguían en tierra una semana después de la huelga que convirtió el aeropuerto en un caos de anulaciones y retrasos. Ben Gurión, puerta de entrada y salida a un país que adora presentarse —a menudo para desviar la atención de todo lo otro que hace— como una start-up nation tecnológica e innovadora, se convirtió aquel día en el aeropuerto de todo el mundo con más alteraciones de tráfico, según la famosa página de seguimiento de vuelos en tiempo real Flightradar24. La huelga atrajo toda la atención, pero el aeropuerto llevaba semanas con dificultades para acomodar la demanda, con retrasos, colas y esperas de hasta tres horas para recibir el equipaje.
El 27 de agosto, una fotografía de decenas de maletas al sol en el principal aeropuerto de Israel, Ben Gurión, circuló con indignación por las redes sociales. Seguían en tierra una semana después de la huelga que convirtió el aeropuerto en un caos de anulaciones y retrasos. Ben Gurión, puerta de entrada y salida a un país que adora presentarse —a menudo para desviar la atención de todo lo otro que hace— como una start-up nation tecnológica e innovadora, se convirtió aquel día en el aeropuerto de todo el mundo con más alteraciones de tráfico, según la famosa página de seguimiento de vuelos en tiempo real Flightradar24. La huelga atrajo toda la atención, pero el aeropuerto llevaba semanas con dificultades para acomodar la demanda, con retrasos, colas y esperas de hasta tres horas para recibir el equipaje. En parte porque, pese a ser civil, sigue alojando a plena vista aviones militares estadounidenses de repostaje y carga, que llegaron antes de que EE UU e Israel atacasen a Irán y siguen ahí por si acaso seis meses después, aunque ahora menos y más distribuidos. Estalló en verano porque es cuando sus empleados añaden tres horas extra pagadas a su turno, de nueve horas, bajo el agobiante y húmedo calor de la zona, a fin de que los vuelos puedan salir. Tras meses advirtiendo de la situación, aquel 20 de agosto (en el que más de 106.000 pasajeros tenía previsto tomar 620 vuelos y justo tras una visita del primer ministro Benjamín Netanyahu y de la ministra de Transportes, Miri Regev) los empleados dijeron basta. Simplemente, se marcharon al terminar su jornada. El resultado: durante dos horas y media nadie cargó maletas, alimentando un cuello de botella. Algunos aviones que volaban hacia Israel dieron media vuelta. El caos ha vuelto a poner el foco en la disonancia entre la imagen de país occidental (“la vanguardia de la civilización en medio de la barbarie”, como decía el fundador el sionismo, Theodor Herzl) que gusta proyectar Israel y el estado de sus infestadas infraestructuras de transporte clave. Más aún en los últimos tres años de incendio de Oriente Próximo, en los que la imprevisibilidad se ha vuelto la norma. Los que vivimos aquí hemos normalizado situaciones que afectan mucho a la vida y al bolsillo. Iberia acaba de prorrogar hasta el 30 de septiembre su suspensión de la ruta Madrid-Tel Aviv, con Air Europa yendo y viniendo, según el grado de peligrosidad. Ryanair ha dejado de operar rutas a Israel; e Easyjet, American Airlines o British Airways siguen sin retomarlas, tras cuatro rondas de misiles y drones iraníes contra el país, y uno lanzado en 2025 por los hutíes de Yemen que cayó en el aparcamiento del aeropuerto. En algunos meses enteros desde 2023, la única forma de entrar o salir de Israel ha sido consiguiendo una plaza cara en una aerolínea nacional (que primaban traer a los israelíes atrapados en el extranjero o que querían volver a alistarse), volar en Business o hacerlo a través de la vecina Jordania, cruzando por tierra. En el diagnóstico, todos están de acuerdo: al aeropuerto de Ben Gurión le aprietan las costuras. En el tratamiento, ya divergen porque entran en juego las ideologías. El sindicato, por ejemplo, cifra entre 400 y 500 las contrataciones que necesita y recuerda que 100 de sus operarios están de uniforme militar, sirviendo como reservistas. La Autoridad Aeroportuaria responde que el número de empleados este agosto (con 2,67 millones de pasajeros) es el mismo que el de 2019, el mes récord para la aviación israelí, con 2,8 millones de viajeros, justo antes de la pandemia. El problema reside, según la Autoridad, en que hoy son fijos un 10% más, y cobran mejor, son más reacios a hacer horas extra y presentan mayores índices de absentismo que los temporales. Algunos analistas describen el sindicato, que dirige Pinchas Idan ―miembro del partido de Netanyahu, Likud, hasta que el primer ministro lo expulsó por la huelga— más como un grupo de interés preocupado por proteger sueldos muy por encima de la media del sector (25.000 séquels, 7.230 euros u 8.400 dólares brutos mensuales) que como un sindicato de clase. El Ministerio de Finanzas (que dirige el ultranacionalista Bezalel Smotrich) quiere, de hecho, otorgar la gestión de los terrenos de expansión del aeropuerto a una concesionaria privada. La situación es insostenible para Israel, un país pequeño, de 10 millones de habitantes y un turismo formado por judíos de otras partes del mundo, peregrinos musulmanes o cristianos y empresarios. Se prevé que Ben Gurión, su único aeropuerto de peso, alcance su tope ya en 2034: 40 millones de viajes al año. Tras una década de debates y planes, el Gobierno ha aprobado construir otros dos internacionales: en el sur (Ziklag, en el desierto del Neguev) y en el norte, Ramat David, pero aún no está claro quién los levantará ni operará. Mientras, el aeropuerto que más crece, en la ciudad de Haifa, data del protectorado británico de Palestina, antes de la creación de Israel en 1948. Solo vuela a Grecia, Chipre y Bulgaria y acaba de presentar como un éxito sus 250.000 viajeros en lo que va de año. Es el equivalente a los que reciben en España ciudades como Melilla o San Sebastián. Puede consultar aquí las últimas cartas de esta sección.