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ABC ·

El reloj de mi hermano

Resumen

De paso por ciudad de Panamá, visité a mi hermano Manuel, a quien no veía hacía más de diez años. Vive en una fortaleza amurallada, rodeado de custodios que darían la vida por él. Es más fácil ver al Papa en el Vaticano que entrar ... El reencuentro, propiciado por él, fue también una reconciliación.

De paso por ciudad de Panamá, visité a mi hermano Manuel, a quien no veía hacía más de diez años. Vive en una fortaleza amurallada, rodeado de custodios que darían la vida por él. Es más fácil ver al Papa en el Vaticano que entrar ... en la ciudadela de mi hermano. El reencuentro, propiciado por él, fue también una reconciliación. Nos habíamos distanciado porque le aconsejé torpemente que no se casara con la mujer que es ahora su esposa. Le dije: acabas de conocerla hace pocos meses, comprendo que estés enamorado, pero no te apures en casarte. También le dije: y si vas a casarte sin conocer bien a tu novia, debes firmar una separación de bienes. Ya entonces Manuel era rico. Tuvo la fortuna de que su padrino fuese el hermano mayor de nuestra madre, Bobby, empresario minero, quien siempre expresó un afecto particular por su ahijado Manuel, y que, al morir, le dejó bastante dinero. Por eso le aconsejé que no se atropellara en casarse, que no tomase una decisión precipitada, que se diese un tiempo para conocer mejor a la novia y que, en cualquier caso, firmase un acuerdo prenupcial de separación de bienes.Pero Manuel, que tenía fama de playboy y salía con las modelos más lindas, que compraba los coches más costosos y los relojes más lujosos, que paseaba su reputación de soltero codiciado por las discotecas de moda, se enamoró hasta los huesos y, por supuesto, desoyó mis consejos. Se casó con Julieta, no firmó separación de bienes y no me invitó a su boda en Lima, la ciudad del polvo y la niebla. Me hizo un favor. No me gustan las fiestas. Me ahorré el viaje y, de paso, el regalo. Pensé regalarle un reloj que él mismo me había obsequiado cuando cumplí cincuenta años, pero mi esposa me refrenó, alegando que reciclar ese regalo, devolviéndoselo cuatro años más tarde de haberlo recibido, sería de mal gusto, y entonces me deshice del reloj usado, rematándolo a buen precio. Cuando eres dueño de un reloj tan lujoso, el reloj se adueña de ti.Poco después de casarse, y tal vez por usar relojes tan caros que costaban lo que valía un coche de alta gama, una pandilla de secuestradores emboscó a Manuel en la puerta de su residencia, con la intención de secuestrarlo. No contaban con la fiera determinación de mi hermano, quien, lejos de entregarse, sacó una pistola y disparó a los criminales. Segundos después, llegaron sus guardaespaldas, quienes abrieron fuego contra los delincuentes. En medio del tiroteo, Manuel, sin perder el aplomo, hirió a los hampones y salvó la vida. Malheridos, los secuestradores se batieron en retirada, mientras mi hermano y sus custodios recuperaban el aliento al ver que solo tenían heridas leves tras la balacera. Entonces Manuel se quitó el reloj de oro y se lo regaló a uno de sus guardaespaldas, quien, en medio del fuego cruzado, lo había protegido con su propio cuerpo, a riesgo de morir. Esa misma noche mi hermano decidió mudarse a Panamá.Manuel fue siempre un hombre recio y valiente, un peleador feroz, un pistolero sin miedo. De todos mis hermanos, solo él se enfrentó a golpes con nuestro padre, dándole una memorable paliza. Nunca más nuestro padre se atrevió a pegarle ni a insultarlo. Desde entonces admiré a Manuel por poseer un coraje que a mí me era esquivo. En otra ocasión, se lio a golpes con nuestro hermano, el querido ingeniero, y le asestó tal golpiza que lo mandó a una clínica con el rostro ensangrentado. No conviene tener a Manuel como enemigo. Es tranquilo, habla poco y parece un santurrón. Pero si le buscas pelea, llevas las de perder. Al recibirme en su fortaleza amurallada, tras pasar varios controles de seguridad, Manuel me contó que su esposa Julieta, diseñadora de modas, bella y refinada, se encontraba de viaje. De inmediato me presentó a sus hijos, ambos tan estimables: una niña de siete años y un niño de tres. Ella, una artista, tocó el piano, me enseñó sus pinturas y, con mucha gracia, me dijo que estaba enamorada. Me impresionó su carácter, su confianza en sí misma. El niño, bien parecido a su padre, listo e inquieto, me mostró su colección de coches, buses, camiones y grúas. Sin duda su gran pasión eran los coches, pues, a tan precoz edad, ya había coleccionado centenares, de todos los colores y tamaños. Me recordó a Manuel, de niño, cuando su padrino Bobby llegaba desde Londres con unos regalos espléndidos para él, por ejemplo, unos trenes inmensos, eléctricos, para armar, cuyos rieles Manuel desplegaba en las salas de la casa, mientras sus hermanos lo envidiábamos, maravillados.A pesar de que la residencia panameña de Manuel era muy grande, con muchas salas de estar, con pinturas y esculturas de gran valor, y a pesar de que había varias señoras hacendosas del servicio doméstico en la cocina, solo se me ofreció un vaso de agua, y no de botella, sino del grifo de la cocina. Yo no bebo alcohol, ni siquiera una copa, porque soy bipolar y el trago me pone necio. Pero hubiera apreciado una coca cola con hielo, una limonada al tiempo, un agua de membrillo, un jugo de papaya. Eran las seis de la tarde, apenas había tomado un modesto desayuno en el hotel y por eso me moría de hambre, pero mi hermano no me invitó un plátano, una manzana, una gelatina, un pan con huevo, un dulce de guayaba, nada. Manuel hablaba de las ventajas fiscales de vivir en Panamá y yo salivaba de hambre, hasta que escuchó los ruidos cavernosos de mi estómago y me regaló un chocolate que, según dijo, había comprado en Sao Paulo. Al saborear el chocolate, pensé: esta delicia me ha salvado de desmayarme. Luego pensé: qué suerte tuvo Manuel de que Bobby fuese su padrino.A las siete en punto de la tarde, dije que debía salir rumbo al aeropuerto. Manuel se ofreció a llevarme. Le dije que un chofer me esperaba abajo, con mis maletas en su camioneta. El aeropuerto está muy cerca, dijo Manuel. Le pregunté cómo marchaban sus negocios. Muy bien, dijo, sin entrar en detalles. Antes de despedirse de mí, me llevó a su vestidor y me mostró su colección de relojes. Quedé asombrado, pues eran muchos, todos muy elegantes. Me dijo: elige el que más te guste. No, qué ocurrencia, estás loco, le dije. Manuel eligió uno por mí, me dio el reloj y dijo: es un Daytona, vale setenta mil dólares, es tuyo. Nos dimos un abrazo. De nuevo éramos amigos. Yo pensé: llegando a Miami, se lo venderé a mi relojero de confianza. Manuel me recomendó un hotel de playa en la isla Barú, cerca de Cartagena de Indias, y un hotel en Sao Paulo, una de sus ciudades favoritas. Enterados de que yo viajaría esa noche a Miami, sus hijos, eufóricos, anunciaron que viajarían conmigo, y hasta se subieron a la camioneta que había contratado. Nos reímos y quedamos en vernos pronto en la isla donde vivo.Rumbo al aeropuerto, yo seguía con hambre. Manuel me había regalado una caja de chocolates para mi hija adolescente. Me vi obligado a abrirla y comer un chocolate. Luego miré el Rolex Cosmograph Daytona de oro amarillo y pensé que visitar a mi hermano en su fortaleza amurallada era el mejor negocio que había hecho ese año, un año de gastos exorbitantes para mí, pues se casó una de mis hijas (y no invitamos a Manuel a la boda), y se jugó el mundial de fútbol (y acudimos a los estadios para ver cinco partidos, incluyendo la final), y le regalé una camioneta a mi esposa. Así como en su día revendí a buen precio el reloj que Manuel me regaló por mis cincuenta años, ahora, once años después, me hacía ilusión vender también el reloj que acababa de obsequiarme en ciudad de Panamá, un domingo por la tarde, en su hermosa residencia con vistas al campo de golf.Ya en salón ejecutivo de la aerolínea panameña, a la espera del vuelo de regreso a casa, aplaqué mi severo estado famélico comiendo diez sánguches, pero sin engullir el pan, solo tragando el relleno de pollo con pesto, o de jamón con queso, mientras pensaba que Manuel hizo bien en casarse con Julieta, hizo bien en desoír mis consejos de ganar tiempo para conocerla mejor, hizo bien en compartir todo con ella, el amor de su vida, pues ahora parecía un hombre tranquilo y feliz, sin la pulsión de ser aún más rico, sin la urgencia de manejar coches a toda prisa, sin ganas de liarse a golpes en una discoteca, siendo fiel, por fin, a una mujer.