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Mourinho no sabe parar

Resumen

A sus 63 años, José Mourinho se prepara para regresar a un lugar donde fue feliz. Y él mismo, inevitablemente, ha cambiado con el paso del tiempo. Pero hay algo que permanece intacto: la intensidad con la que vive cada día... porque Mourinho no sabe vivir el fútbol a medias.

A sus 63 años, José Mourinho se prepara para regresar a un lugar donde fue feliz. El fútbol ha cambiado. El mundo también. Y él mismo, inevitablemente, ha cambiado con el paso del tiempo. Pero hay algo que permanece intacto: la intensidad con la que vive cada día... porque Mourinho no sabe vivir el fútbol a medias. Su rutina empieza antes que la de todos los demás. Muy temprano. Siempre el primero en llegar al centro de entrenamiento. No es solo una cuestión de disciplina; es una manera de controlar el pulso del equipo desde el primer minuto del día. Le gusta observar quién llega antes, quién llega tarde, quién entra concentrado y quién arrastra señales de cansancio o desconexión. Antes incluso de que empiece el entrenamiento, Mourinho busca controlar esos pequeños detalles que se suelen escapar.  “Siempre sabe cuándo un jugador va a estar mejor o peor”, aseguran desde su entorno. “Y muchas veces lo anticipa antes que nadie”. Las mañanas de Mourinho transcurren entre desayunos rápidos, periódicos, análisis, ajustes tácticos y los últimos detalles de la sesión. Después llega el campo. Y ahí aparece el Mourinho más reconocible: obsesivo con cada ejercicio, atento a cada gesto, incapaz de dejar pasar un detalle sin corregir. Nada queda librado al azar. Tras el entrenamiento, el trabajo continúa. Revisión de vídeos, análisis de la sesión, reuniones individuales y colectivas, planificación del día siguiente. Quizás Arbeloa lo aprendió de él... y de ahí su famoso sofá gris de Valdebebas. En su cuerpo técnico existe una norma silenciosa. Nadie abandona la ciudad deportiva hasta que todo esté preparado al milímetro para la jornada siguiente. “El nivel de detalle con el que trabaja es difícil de explicar”, comentan quienes conviven con él. “Exige muchísimo, pero porque él mismo vive al límite de la exigencia”. Y quizá ahí siga estando la clave de Mourinho después de haberlo ganado casi todo. Continúa comportándose como alguien que todavía siente que tiene algo que demostrar. Lejos de encerrarse únicamente en el primer equipo, Mourinho mantiene una relación constante con los jóvenes futbolistas del club. En Seixal fue habitual verlo observando partidos del filial, acercándose a entrenamientos de cantera o compartiendo almuerzos con jugadores que apenas empiezan su camino. “Quería que los chicos sintieran que él estaba pendiente de todos. Hablaba con ellos, les daba consejos y les hacía sentir importantes”, explican. Por eso muchas veces termina quedándose hasta la noche en la propia ciudad deportiva. Viendo partidos de otras ligas, preparando rivales futuros o revisando detalles. Trabajando cuando la mayoría ya se ha ido. En momentos decisivos de la temporada, especialmente cuando la familia está fuera, incluso duerme allí. “Es difícil seguirle el ritmo, incluso para los más jóvenes”, reconocen quienes trabajan a su lado. Y sin embargo, después de tantos títulos, de tantas guerras y de tantos años en la élite, la sensación alrededor de Mourinho sigue igual. Como si el tiempo hubiera pasado para todos menos para él.