El eclipse en Monforte de Lemos: 41 segundos de oscuridad total, una fiesta con bebidas y un visitante de Houston
Resumen¡No falta nada, se va a ver completo!", grita Teo mientras corre por el camino de piedra que bordea el castillo de Monforte de Lemos, enfundado en un traje de astronauta naranja, con el parche de la NASA cosido al pecho. Tiene ocho años y apenas alcanza a sus primos, Marco y Roi, cuando la luz empieza a retirarse de golpe sobre la explanada del Parador, abarrotada después de horas de espera. La multitud se agita nerviosa, unos rebuscan el móvil, otros ajustan deprisa la cámara y, en la zona de chill out, donde llevan toda la tarde sirviendo bebidas, la música baja de repente y hasta una camarera deja lo que está haciendo para mirar arriba. A las 20.29 llega la totalidad: durante 41 segundos, la tarde de agosto se convierte en noche.
«¡No falta nada, mamá! ¡No falta nada, se va a ver completo!", grita Teo mientras corre por el camino de piedra que bordea el castillo de Monforte de Lemos, enfundado en un traje de astronauta naranja, con el parche de la NASA cosido al pecho. Tiene ocho años y apenas alcanza a sus primos, Marco y Roi, cuando la luz empieza a retirarse de golpe sobre la explanada del Parador, abarrotada después de horas de espera. La multitud se agita nerviosa, unos rebuscan el móvil, otros ajustan deprisa la cámara y, en la zona de chill out, donde llevan toda la tarde sirviendo bebidas, la música baja de repente y hasta una camarera deja lo que está haciendo para mirar arriba. A las 20.29 llega la totalidad: durante 41 segundos, la tarde de agosto se convierte en noche. Cuando reaparece el primer filo de Sol, el castillo entero estalla en aplausos. Para entonces, los alrededores de la fortaleza llevaban horas convertidos en un pequeño campamento astronómico: sillas plegables, trípodes, teleobjetivos y gafas oscuras de todas las formas posibles. A algunos niños sus padres se las habían pegado incluso a platos de cartón para que no acabaran en el suelo en el peor momento. Monforte estaba dentro de la estrecha franja desde la que la Luna ocultaría por completo el Sol, uno de los puntos privilegiados del primer eclipse total visible desde la Península Ibérica en más de un siglo. Durante unas horas, la colina pareció pertenecer solo al cielo. Para saber másCiencia. El eclipse sobrecoge a media EspañaRedacción: TERESA GUERRERO Yebes (Guadalajara)Redacción: CARLOS GARCÍA POZO ((Fotografía))El eclipse sobrecoge a media EspañaCiencia. El eclipse solar desde un avión de Iberia repleto de astrónomos: "Ni el gol de Ferran Torres, tú!"Redacción: GONZALO SUÁREZ El eclipse solar desde un avión de Iberia repleto de astrónomos: "Ni el gol de Ferran Torres, tú!" La fiebre había empezado meses antes. «En noviembre ya habíamos cerrado prácticamente todo y desde entonces hemos tenido que decir a muchísima gente que no había sitio», explica Sara Espinosa, jefa de recepción del Parador. Ni siquiera el completo frenó a los últimos optimistas. «Esta mañana vino una familia de Vigo con los niños para preguntar si había quedado algún hueco y tuvimos que decirles que no. También ha venido gente con la reserva caducada, a ver si colaba». Entre la multitud se escucha gallego y castellano, pero también italiano, danés e inglés. Han llegado viajeros españoles, europeos y un buen puñado de estadounidenses. Algunos han encajado el fenómeno en sus vacaciones. Otros han construido las vacaciones alrededor de esos segundos de oscuridad. Marlon Sandler pertenece al segundo grupo. Jubilado y llegado desde Houston lleva horas apostado en primera línea con un gran teleobjetivo orientado al horizonte y una sonrisa que le resta de golpe unos cuantos años. «Llevo un año planeando este viaje sólo por el eclipse», explica. La ruta estaba medida para hacer el Camino de Santiago y cuadrar las etapas de forma que este 12 de agosto los encontrara aquí. «Lo organizamos para que nos cogiera en un lugar privilegiado y elegimos este». No es astrónomo, es un aficionado, aunque procede de la ciudad que alberga el Centro Espacial Johnson de la NASA y habla de estos fenómenos con familiaridad. «Ya había intentado ver dos eclipses y no pude en ninguno. Ésta ha sido la primera vez». Después de dos intentos fallidos, un año de preparativos y miles de kilómetros, sus 41 segundos por fin han salido bien. A pocos metros, espera Fernando Martínez, físico llegado de Murcia después de estudiar qué lugares ofrecían mejores condiciones. Junto a él descansa un telescopio equipado con una CCD, un sensor que recoge y acumula la luz durante la exposición. «Es como una cámara que capta la luz y la va acumulando», resume. Y no se lo guarda para sí: lo ha colocado en primera línea para que cualquiera pueda asomarse, mientras adultos y niños van pasando como una pequeña cola de museo. Para los más pequeños, además, el cielo no era del todo un desconocido. Entre quienes acudieron este agosto a contemplar el eclipse había alumnos y profesores del IES A Pinguela, un instituto especialmente ligado a la astronomía gracias al planetario Matías Vázquez, impulsado por el profesor de Física. El primer montaje nació en 1990 y seis años después se inauguró la instalación actual, la única exterior de un centro educativo en Galicia, cuando aquella experiencia inicial se quedó pequeña. Desde entonces, varias generaciones han aprendido allí a reconocer constelaciones, a orientarse en el firmamento y a mirar arriba sabiendo qué ven. Vázquez recuerda que todo empezó, precisamente, por no saber hacerlo. Cuando salió de joven con otros compañeros a intentar observar el cometa Halley, descubrió que tenían el cielo entero delante pero ninguna herramienta para leerlo. «Nos decían que había que mirar hacia la constelación de Tauro y nosotros tampoco sabíamos dónde estaba», recuerda. Años después, ya como profesor, decidió que sus alumnos no pasaran por la misma experiencia y construyó con ellos una primera cúpula de cartón junto a un rudimentario proyector de estrellas. «Conseguimos que los chicos lo entendieran, que se aficionaran, y llegó un momento en que ya no cabía la gente». De aquel artefacto casi artesanal se pasó a una cúpula mayor, de unos seis metros, levantada entre no pocas dificultades y convertida con el tiempo en una pequeña rareza educativa de Monforte. Por eso tampoco sorprende que este agosto profesores y alumnos hayan vuelto a reunirse alrededor del cielo, después de semanas de actividades y preparativos en el centro. «Al final se trata de enseñar a la gente a mirar, a entender lo que tiene delante y a poder disfrutar de verdad de un momento histórico».