Salir de la cárcel y liquidar el estigma del convicto: “Sé que no soy mala persona”
Resumenmetió todas sus cosas en dos mochilas y le dijo hasta nunca a la prisión de Quatre Camins, a 28 kilómetros al norte de Barcelona. Los días previos estaba ansioso por que llegara el momento. Sentía la necesidad de arreglar su vida y dejar atrás la carpeta con los errores que han acabado marcando sus últimos cinco años de encierro. “Allí dentro tienes mucho tiempo para autoanalizarte y sé que no soy mala persona”, se reivindica este hombre de habla tranquila nacido un 29 de febrero de hace 62 años.
El 20 de noviembre, J. E. metió todas sus cosas en dos mochilas y le dijo hasta nunca a la prisión de Quatre Camins, a 28 kilómetros al norte de Barcelona. Los días previos estaba ansioso por que llegara el momento. Sentía la necesidad de arreglar su vida y dejar atrás la carpeta con los errores que han acabado marcando sus últimos cinco años de encierro. “Allí dentro tienes mucho tiempo para autoanalizarte y sé que no soy mala persona”, se reivindica este hombre de habla tranquila nacido un 29 de febrero de hace 62 años. Asegura ser fuerte y cierto optimismo impregna su discurso. Pero también es realista, sobre todo ante algunas expectativas incumplidas en sus primeras semanas de libertad, como cuando se vio obligado a dormir un par de días en la calle porque se había quedado sin dinero para pagarse una habitación: “¿Eso no se puede preparar antes? En algunas cuestiones he perdido la fe en el sistema”. La impotencia de aquellas noches al raso fueron otro golpe de realidad en su vida. “Si cuando entras en prisión se te cae el mundo encima, cuando sales ves que cuesta mucho abrir las puertas”. Las suyas empezaron a cerrarse hace nueve años, justo antes de que naciera la primera y única hija de su segundo matrimonio. Una compleja situación familiar en casa, según explica, le provocó una “depresión” que intentó sobrellevar como pudo y con el consumo de cocaína. Trabajaba en una empresa de mensajería y, tras acumular diferentes faltas, acabó conduciendo sin puntos, lo que acabó convertido en una condena de nueve meses de prisión. Pero los problemas en el hogar familiar acabaron también con una pena por maltrato psicológico a su mujer —“ahora tenemos una buena relación”, asegura— y su drogodependencia a un delito de apropiación indebida continuada por el dinero que se quedaba de su empresa para poder consumir sin dejar rastro en la economía familiar. “No sé cuánto tiempo de condena tenía cada delito, pero sí sé que al final me he pasado cinco años allí dentro”, apunta, incapaz o reacio a tirar de la memoria. La salida de la cárcel ha constatado su falta de recursos económicos y de una red familiar o de antiguas amistades que lo puedan ayudar. De hecho, hoy, aquella niña, Michelle, ya de nueve años, se ha convertido en un pilar básico de la motivación que conduce su reinserción. Muestra una fotografía de ella en el móvil que le pasó su expareja y recuerda que para su último cumpleaños le envió un reloj como regalo. “¿Le ha gustado?”, preguntó a su exmujer. Lleva cinco años sin verla y está a la espera de que los servicios sociales fijen fecha para un reencuentro que no deja de imaginar: “Cada día rezo para verla”. Tiene otro hijo de un matrimonio anterior, con quien no tiene relación “porque está enfadado conmigo”. Mientras tanto, arrastra su día a día, la rutina, “una lucha personal”. En Quatre Camins dejó de consumir droga y se obligó a ponerse a trabajar en el centro para no estar todo el día en el patio, porque en el presidio “lo peor que puedes hacer es no hacer nada”. Ahora su rutina es levantarse a las seis de la mañana en la habitación a la que fue recomendado por un excompañero de prisión tras pasar varias noches al raso, asearse, ir a un comedor social a desayunar y recoger un táper con la comida del día. “Él ha tenido mucha iniciativa y constancia en todo el proceso y esa es una cuestión fundamental ante las dificultades de la salida en libertad. Se ha espabilado mucho, pero es porque es una cosa que lleva dentro”, sostiene sobre él Miguel Virto, coordinador del servicio postpenitenciario de Intress, la entidad social que colabora con la Generalitat y se encarga del seguimiento de su caso. Virto subraya que no hay un perfil estándar de presidiario y que las dificultades en la salida son múltiples en función de cada persona y acompañamiento. Uno de los grandes obstáculos de la nueva vida son los diferentes trámites administrativos, para los que tiene la ayuda de una trabajadora social que le acompaña en todo el proceso de reinserción, que empezó tres meses antes de su salida. Está en trámite, por ejemplo, el empadronamiento. O la consecución del subsidio para mayores de 52 años. Y el resto del tiempo lo dedica a caminar y caminar. Habla mucho con una nueva pareja que conoció en una iglesia —“estamos los dos muy ilusionados”— y a la que llegó a través de las redes sociales y asegura que intenta relacionarse con gente no tóxica. Cree que ya no volverá a trabajar, porque está esperando una operación de prótesis de rodilla, por lo que difícilmente podrá volver al mercado laboral. Ahora, el reto es alejarse definitivamente de prisión. Las últimas estadísticas de la Central Penitenciaria de Observación, de 2022, mostraban que ocho de cada diez personas que eran excarceladas no volvían a ingresar en los diez años siguientes. El perfil de J. E. entra incluso en guarismos mucho más positivos, puesto que ya disfrutó de salidas de fin de semana antes de concluir toda la condena. “Cuando los presos se han beneficiado de medidas de libertad previas, su tasa de reincidencia cae hasta 12 puntos”, explica Rosa Maria Martínez Casado, responsable del Servicio de Medio Abierto y Servicios Sociales. La alto cargo de la Generalitat de Cataluña defiende una concienciación social para contribuir a la reinserción de los presos: “La situación es muy crítica, evidentemente, y nos esforzamos para que la ciudadanía entienda que los exreclusos son ciudadanos como cualesquiera otros. Es un tema que trabajamos mucho para acabar con el estigma”. Virto destaca la necesidad de acabar con la dicotomía social entre quién es bueno y quién malo que siempre sitúa a los presidiarios, como a otros colectivos sociales desfavorecidos, en el plato más débil de la balanza. J. E. también es tan consciente de cómo pesa ese estigma que prefiere no explicar su pasado. “Para muchos, solo el hecho de haber estado en prisión supone ser mala persona. Sé que lo que hice no estuvo bien, pero no eran delitos graves”, dice, con un comentario que deja clara su convicción de que el propio sistema no cree tampoco en la reinserción: “En prisión no se prepara la salida”.