La maldita sonrisa nerviosa de Sánchez
ResumenEn un momento tan crítico, España necesitaría un Parlamento que conservara algo de su sentido institucional, que no es otro que producir el interés nacional que sólo él puede producir de modo legítimo. No es en absoluto pueril o ingenuo exigir a nuestros representantes que ... hablen responsablemente sobre la seguridad del estado, sobre cuáles deben ser nuestras relaciones con países que supongan amenazas para nuestra integridad o sobre qué sentido tiene contar en el Estrecho con bases extranjeras que no solo no parecen garantizar nuestra seguridad, sino que quizá actúen en contra de ella. En su lugar, el Congreso se ha convertido en una cámara de eco para las redes sociales y unos gabinetes de comunicación más orientados a que los diputados produzcan TikToks que intereses nacionales.
En un momento tan crítico, España necesitaría un Parlamento que conservara algo de su sentido institucional, que no es otro que producir el interés nacional que sólo él puede producir de modo legítimo. No es en absoluto pueril o ingenuo exigir a nuestros representantes que ... hablen responsablemente sobre la seguridad del estado, sobre cuáles deben ser nuestras relaciones con países que supongan amenazas para nuestra integridad o sobre qué sentido tiene contar en el Estrecho con bases extranjeras que no solo no parecen garantizar nuestra seguridad, sino que quizá actúen en contra de ella. En su lugar, el Congreso se ha convertido en una cámara de eco para las redes sociales y unos gabinetes de comunicación más orientados a que los diputados produzcan TikToks que intereses nacionales. Sirva esta advertencia liminar como música de fondo para entender una sesión de control en la que Ceuta volvió a ser el centro de todo. Pero, en esta ocasión, con cambios. En primer lugar, un Feijóo mucho más acertado y efectivo que, en lugar de dispersar sus mensajes como en otras ocasiones, se centró en preguntar a Sánchez cuántas veces ha hablado con las autoridades marroquíes, cuándo fue la última vez que lo hizo, sobre qué temas y cuáles fueron sus respuestas. Exactamente para eso existen estas sesiones, para que el Gobierno se someta al control del legislativo. Pero Sánchez, con su total ausencia de principios democráticos, no acaba de comprender que ante quien comparece es ante los representantes del pueblo –es decir, ante el pueblo mismo– y no ante la oposición. No es capaz de asimilar que responder a Feijóo no es un signo de debilidad ante un rival sino una obligación ante la nación, que es quien le pregunta. Pero no respondió y prefirió traer a colación, de modo desesperado, una ley de memoria histórica que ya aparece sin disfraz como el comodín al que agarrarse para desviar la atención sobre la realidad de Ceuta. Pero Feijóo insistió, exigiendo que respondiera a la pregunta –ventajas de hacer una y no catorce–: «Si Marruecos está, como asegura, dispuesto a recibir a todos sus ciudadanos y la ley europea lo habilita, ¿por qué siguen allí? O usted es un incompetente o alguien miente». Sánchez miró entonces fijamente a Feijóo y comenzó un preocupante espectáculo de gestos, provocaciones, risas nerviosas y golpecitos en la cara, como un boxeador marginal retando a otro en la báscula. Quizá para él todo esto sea solamente una especie de partida de rol o un juego de estrategia en el que los españoles somos las fichas. Y puede que por ese motivo decidiera mantener su sonrisa cínica, desquiciada y retadora durante toda la sesión, provocando momentos desagradables, como cuando Juan Bravo le preguntó si le parecía normal que los estudiantes ceutíes llevaran en la mochila «un estuche, un cuaderno y un bote de gas pimienta» mientras la realización mostraba a Sánchez riéndose, feliz y relajado, entrecerrando los ojos miopes como Marylin Monroe pasadita de Nembutal. El bochorno insultante de un clown crepuscular y triste.El resto de intervenciones del PP también acertaron al optar por poner de manifiesto la incompetencia y la mala gestión del Gobierno, olvidándose por un momento de los ataques personales y los juicios de intenciones. Y, sobre todo, esparciendo y ampliando responsabilidades más allá de Sánchez. Algo inteligente porque si, como sugirió Ester Muñoz –y yo secundo– Sánchez tuviera pensado no presentarse a las elecciones –no soportaría perderlas– y en su lugar lo hiciera Carlos Cuerpo, el antisanchismo sería una estrategia inútil como lanzar puñetazos al aire. Así que más que correctas las intervenciones de Juan Bravo, Carmen Fúnez, Guillermo Mariscal y Cuca Gamarra, todos ellos perfiles técnicos, con argumentos sólidos y en el tono adecuado, ante los cuales Cuerpo, Aagesen, Bolaño, Marlaska y Albares –al que solo le falta el clériman para parecer el obispo auxiliar de la diócesis de Jaca–, no pudieron dar respuesta, dejando entrever a un Gobierno tocado, roto, incapaz y envuelto en la demagogia más frentista.Cuando Sánchez salió del hemiciclo fue preguntado acerca de los mil menores que, mes y medio después, siguen permaneciendo en las calles de Ceuta. Su respuesta: «Pregúntenle a Vivas». Y se fue con la misma sonrisa fingida y nerviosa de toda la mañana, que es parecida a la sonrisa desquiciada de los que se sienten acorralados y se encierran a solas en su despacho para tirar un taco de papeles al suelo, despedir a su jefe de gabinete y nombrar en su lugar a un caballo llamado Incitatus. Quizá Invatitus.