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El Mundo ·

Se queman esos veranos de Madrid

Resumen

Cada vez que íbamos al Safari Park, los monos le arrancaban la antena al coche de mi madre. Un día de mucho sol, el público esperaba mirando la lejana silueta de un águila, casi diminuta: tenía que volar desde lo alto de una colina hasta el brazo de su cuidador. El ave cayó a plomo y los trabajadores del Safari se pusieron a llorar. Su amor por el águila era tal que fue como si aquel cazador alelado les hubiera matado a un pariente.

Cada vez que íbamos al Safari Park, los monos le arrancaban la antena al coche de mi madre. Los leones daban miedo, ahí tan cerca. Un día de mucho sol, el público esperaba mirando la lejana silueta de un águila, casi diminuta: tenía que volar desde lo alto de una colina hasta el brazo de su cuidador. Sonó un disparo. El ave cayó a plomo y los trabajadores del Safari se pusieron a llorar. Su amor por el águila era tal que fue como si aquel cazador alelado les hubiera matado a un pariente. Eran los primeros 80, pero hoy ese mismo amor no ha cambiado: los empleados del Safari Park se han jugado la vida por sus animales. Hay pastores que prefieren morir con su ganado antes que abandonarlo a las llamas. Había un rebaño inmóvil, diminuto, dócil; se dejaba tocar por los niños. Estos días está cercado por incendios, pero vivirá mucho más que todos nosotros porque sus lomos son de piedra, y su tiempo es eterno al lado del nuestro. Encajados desde hace más de 2.000 años entre todo lo que se está quemando, los Toros de Guisando contemplan cómo arde su vieja Vetonia, pero también la verán reverdecer. La vida es lo más importante y lo primero que hay que proteger, claro. Pero la vida se edifica sobre recuerdos, objetos, casas, y cuando eso se convierte en cenizas parece que se muere un poco. Eso le está pasando a miles de personas. Es difícil pedir paciencia. Muchas familias de Ávila, Toledo, Guadalajara -La Mierla- o los municipios de esa esquina suroeste de Madrid emigraron hace décadas a la capital para buscar las oportunidades de la gran ciudad. Construyeron su futuro y los fines de semana, los veranos, regresaban con sus hijos para no perder la memoria. A ratos parece que es más fácil encontrar madrileños que conozcan Tailandia o Nueva York que a los que pasan temporadas por los alrededores serranos. Pero cuando nos conformábamos con hacer cosas menos exóticas, lo que hoy se quema eran las vacaciones de cientos de miles: aquellas tardes de la infancia en el pantano de San Juan, con el picnic y el bañador. El castillo de San Martín de Valdeiglesias. Las noches interminables con los amigos. La playa del Alberche, en Aldea del Fresno, con un par de niños más y un padre que vigilaba de aquella manera, con el botellín y el cigarro. Los paseos por el río, acechando con la caña de pescar. El sonido de las cigarras entre los troncos, que da calor solo de oírlo. Las acampadas con los geógrafos en Piedralaves. Andar descalzo y clavarte las agujas de los pinos cada metro. Pasar julio en la sierra y olvidarte de la playa. Encontrar en el chalé de tus tíos ese libro que te gustaba. Pocos veranean ya de esa manera porque ahora la sierra es su casa. Huyeron del precio madrileño y si ahorran es para ir a Japón. En la capital hoy se vive ahumado y en la montaña, donde íbamos a por aire limpio, no se puede respirar. Al lado están El Escorial, Peñalara, el Parque Nacional. Qué pena. Y qué miedo.