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El País ·

Las mil caras del expresidente

Resumen

Ha sido diputado casi anónimo, candidato a liderar el PSOE elegido por sorpresa; presidente también un poco por sorpresa, gran impulsor de medidas sociales, apestado tras verse arrollado por la crisis que no supo o pudo ver, paria político tras dejar La Moncloa y un país arruinado; rehabilitado tras una travesía del desierto en la que se mantuvo en silencio, referente, también un poco por sorpresa, para la izquierda a la izquierda del PSOE, reanimador del PSOE; baluarte electoral en los últimos años para su propio partido, rey de los mítines, mediador privilegiado en Venezuela y, de nuevo, y por sorpresa también, paria político tras ser protagonista de la imputación con más relevancia social en la historia de la democracia: por primera vez, un juez imputa a un presidente del Gobierno de España. El ex secretario general del PSOE está investigado como supuesto “líder” de una “estructura organizada y estable” de tráfico de influencias que actuó, al menos, entre 2020 y 2025 y que se sirvió de su familia y su entorno para canalizar supuestas comisiones ilegales. El juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama ha decidido llamarlo a declarar el próximo 2 de junio, una sesión judicial que seguramente paralizará el país. Las varias vidas y los varios rostros de José Luis Rodríguez Zapatero son la causa de los muchos golpes de guion que han jalonado su trayectoria política.

Ha sido diputado casi anónimo, candidato a liderar el PSOE elegido por sorpresa; presidente también un poco por sorpresa, gran impulsor de medidas sociales, apestado tras verse arrollado por la crisis que no supo o pudo ver, paria político tras dejar La Moncloa y un país arruinado; rehabilitado tras una travesía del desierto en la que se mantuvo en silencio, referente, también un poco por sorpresa, para la izquierda a la izquierda del PSOE, reanimador del PSOE; baluarte electoral en los últimos años para su propio partido, rey de los mítines, mediador privilegiado en Venezuela y, de nuevo, y por sorpresa también, paria político tras ser protagonista de la imputación con más relevancia social en la historia de la democracia: por primera vez, un juez imputa a un presidente del Gobierno de España. El ex secretario general del PSOE está investigado como supuesto “líder” de una “estructura organizada y estable” de tráfico de influencias que actuó, al menos, entre 2020 y 2025 y que se sirvió de su familia y su entorno para canalizar supuestas comisiones ilegales. El juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama ha decidido llamarlo a declarar el próximo 2 de junio, una sesión judicial que seguramente paralizará el país. Las varias vidas y los varios rostros de José Luis Rodríguez Zapatero son la causa de los muchos golpes de guion que han jalonado su trayectoria política. Quienes le quieren y le aprecian esperan que ese decisivo 2 de junio el ex presidente del Gobierno comparezca ante el juez y aclare los puntos en los que se sustenta la imputación; quienes se distanciaron de él hace años no se muestran del todo extrañados al considerar que se ha movido en terrenos resbaladizos, tanto política como profesionalmente. Quienes le han conocido mucho le definen como alguien amable, campechano, educado y agradable. Tan cordial y suave en las formas como inamovible en sus planteamientos, recuerdan sus colaboradores. Nada proclive a que le lleven la contraria. Quizá porque la seguridad en sí mismo, sin merma de duda, es otra de las características que le atribuyen, para bien y para mal. También cierto optimismo “antropológico”, como él lo definía, lo que le llevaba a minusvalorar los problemas, a no verlos venir. La publicación del auto el martes dejó a muchos de los que le conocieron y trabajaron con él en estado de shock. Elena Valenciano, presidenta de la Fundación Mujeres, ex vicesecretaria general del PSOE asegura: “La figura que yo he conocido no me encaja con lo que se lee en el auto judicial”. Algo parecido le ocurre a Jordi Sevilla, exministro y compañero de primera hora: “No es el Zapatero con el que ganamos el congreso del partido del 2000”. Lo mismo ocurre con Eduardo Madina: “La persona que conocí es incompatible con ese auto; para mí Zapatero no cabe ahí dentro; creo plenamente en su inocencia.” ¿Quién es en verdad José Luis Rodríguez Zapatero? En 1996, Zapatero era un ambicioso diputado de a pie de 36 años de un Partido Socialista hundido y desmoralizado por la derrota electoral y la sombra de la corrupción. Supo sacarle jugo a la comisión de la que era portavoz, la de Administraciones Públicas, a priori no una de las más excitantes. Con eso adquirió relieve. Y dio moral a un partido intimidado. Vio pasar su oportunidad y la aprovechó. Otra oportunidad, en 2000: Almunia había dimitido tras una incontestable derrota electoral frente a Aznar. El PSOE seguía hundido. Y en el congreso extraordinario que sucedió a la dimisión, Zapatero, al que seguía un pequeño grupo de diputados jóvenes, se alzó sorpresivamente con la victoria —y con la Secretaría General del partido— batiendo a Bono. Su triunfo se debió a una carambola: supo insuflar optimismo a una formación en horas bajísimas (su lema era “no estamos tan mal”) y a que la facción guerrista, para que no venciera Bono, apoyó a Zapatero como mal menor. El apoyo resultó decisivo. Una victoria inesperada. Se convirtió de un día para otro en el líder de la oposición y, decidido a ganar peso y a que se le viera con maneras de hombre de Estado, articuló un nuevo estilo de hacer política: el denominado cambio tranquilo, el talante. Trató de llevar a cabo una oposición útil y llegó a varios pactos de Estado con el Gobierno del PP, algo impensable en nuestros días: uno sobre la lucha antiterrorista y otro sobre justicia. El propio Felipe González le acusó de blando. Y en 2004 llegó a las elecciones, en principio sin muchas opciones: Mariano Rajoy, el candidato del PP, sucesor de Aznar, era el favorito. Pero el atentado del 11-M, cometido tres días antes del domingo electoral y, sobre todo, las mentiras y la renuencia a admitir que los culpables no pertenecían a ETA sino a Al Qaeda, empujó a Zapatero a la victoria. De nuevo una victoria inesperada. Él sostiene, sin embargo, que hubiera ganado de todas maneras porque durante la campaña fue ganando posiciones. Convencido de que Felipe González —a quien Zapatero admiró siempre— había llevado a cabo la primera gran transformación económica de España, se impuso la tarea de la transformación social. Él siempre se ha visto como un reformador social. De ahí —y porque le obligaba su pacto con la izquierda— que primara la política social, como la ley para el matrimonio igualitario, o contra la violencia contra la mujer, o la ley de memoria, entre otras. En la última sesión de control del Congreso, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recordó, cuando defendió a Zapatero, que el expresidente socialista había acabado con ETA. La caída de ETA fue una obra colectiva: desde la sociedad vasca a las fuerzas de seguridad. Pero durante el mandato de Zapatero, ETA abandonó la violencia. La principal contribución del expresidente fue permitir unas conversaciones entre Batasuna y el PSOE que ayudaron a que ETA tomara esa medida: el diálogo enfrentó a la banda terrorista con la izquierda abertzale, que obligó a ETA a dejar las armas. A cambio, Batasuna fue legalizada. Jesús Eguiguren, presidente en su tiempo del PSE-PSOE y uno de los partícipes en esas conversaciones, recuerda: “Tuvo la voluntad y la tenacidad frente a todo tipo de obstáculos, incluida la hostilidad de la derecha, de terminar con el terrorismo y conseguir la paz”. Esto ocurrió en 2011. Tres años antes, asomaba la crisis económica que iba a arrollarle. La gran tormenta económica mundial llegaría a España en medio de un debate léxico entre crisis o desaceleración, para hacerse carne y hueso poco después y con suma violencia. El Gobierno de Zapatero había logrado los dos primeros superávit públicos de toda la democracia (en 2005 y en 2006) y a punto estuvo de celebrar el sorpasso a Italia como potencia, pero vio desbocarse el endeudamiento en el lapso de dos años, con una tasa de paro también desbocada, que acabaría llegando al 27%. Zapatero admitiría muchas veces la equivocación de no reconocer a tiempo la gravedad de la crisis, incluso la propia existencia de esta. Le costó, por una parte, porque los datos que tenía del presente eran tozudamente positivos y, por otra, por su rechazo a transmitir mensajes que agravasen la desconfianza. La primera señal de alarma mundial, el estallido de las hipotecas basura (las subprime) en Estados Unidos, se produjo en el verano de 2007, cuando España celebraba un nivel de desempleo inferior al 8%, el más bajo desde los setenta, y el PIB avanzaba a un alegre 3,7%. Pero había señales. Lo recuerda Santiago Carbó, catedrático de Economía de CUNEF Universidad que en 2008 residía en Chicago: “La banca española nunca tuvo problemas con las hipotecas, pero tenía una exposición al suelo y las promociones inmobiliarias de 400.000 millones de euros, mientras que sus recursos propios eran de 180.000. Con una simple depreciación del 30% ya estábamos hablando de bancarrota”. Se multiplicaron las voces que llamaban a la acción y a la prudencia con el gasto público, procedentes de su propio ministro de Economía y vicepresidente segundo, Pedro Solbes, que acabó dejando el Gobierno en 2009. “Zapatero tenía su propia visión de la crisis y su hoja de ruta no coincidía con la mía, su respuesta fue que mis respuestas no eran aceptables, pues nos llevarían a una huelga general”, escribió Solbes, fallecido en 2023. Ya antes había sido escéptico con medidas como el “cheque bebé”, el diseño de la ley de Dependencia, o el plan E para favorecer las inversiones municipales y dinamizar la economía. Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas entre 2004 y 2007, defiende ese programa como “una buena idea mal ejecutada”, pero sí es muy crítico en otros aspectos: “Fue un error apuntarse de voz y coz en el régimen de austeridad y ningún socialista podría apoyar la reforma de la Constitución [para la estabilidad presupuestaria], que es algo que tampoco le habían pedido en Bruselas”, señala. Aquella reforma constitucional, la primera en 30 años, se votó de forma exprés en agosto de 2011 mediante un acuerdo entre Zapatero y Rajoy para imponer un tope al déficit público que se iba a traducir, inevitablemente, en recortes y mermas que iba a sufrir la población durante años. La relación de contacto estrecho, complicidad, respaldo y halagos mutuos entre el exlíder de Podemos Pablo Iglesias y Zapatero ha atravesado toda una década de vértigo político. Hay algo paradójico en ella: el dirigente que mejor supo capitalizar el 15-M reivindicó como modelo, una vez llegado a la vicepresidencia, a quien era inquilino de La Moncloa aquel 15 de mayo de 2011. Pero sobre todo hay algo sintomático de un fenómeno mayor: el elevado reconocimiento en el variopinto enjambre de la izquierda alternativa, donde fue perdiendo peso el reproche por los recortes durante la Gran Recesión. ¿Por qué? En parte, por leyes como las de violencia de género, igualdad y matrimonio igualitario, presentadas como antecedentes de la agenda social del Ejecutivo de coalición. Pero sobre todo por su labor como expresidente, implicado en el diálogo en Venezuela y especialmente en el respaldo a las nuevas alianzas del PSOE con formaciones a su izquierda y partidos nacionalistas, posiciones que lo convertían en una especie de antítesis de Felipe González. El sociólogo Imanol Zubero (Bilbao, 64 años), que fue senador socialista durante la segunda legislatura de Zapatero y luego acabó implicado en Podemos y en la búsqueda de unidad entre Podemos y Sumar, lo analiza así: “Yo diría que ha habido como dos zapateros. El primero fue el de los avances sociales y la salida de Irak; el segundo, el del austericidio. Creo que, a la izquierda del PSOE, ha terminado prevaleciendo la idea de que el primero fue el estructural. Y que el segundo fue coyuntural y actuó así por una idea, quizás errada, de responsabilidad”. “En cambio —añade—, en Felipe González la chaqueta de pana fue coyuntural, y lo estructural, codearse con los poderosos”. Con un punto de amargura, Zubero —que habla de Zapatero con distancia política, pero también con cariño— se pregunta si el caso Plus Ultra desvelará que hubo un “tercer Zapatero” que puso su capital político al servicio del beneficio personal. El exdirigente de Izquierda Unida Alberto Garzón (Logroño, 40 años) acepta que buena parte de la izquierda alternativa ha “reconocido” en positivo un deslizamiento a la izquierda de Zapatero que lo aleja de Felipe González. “Yo participé con él y con Pablo Iglesias en un evento a favor de Evo Morales, cuando Zapatero adoptó un tipo de compromiso con las izquierdas latinoamericanas inusual en un expresidente”, explica. Ahora bien, rechaza que la sintonía con Zapatero sea unánime o acrítica. “Los que hemos sido parte del 15-M no hemos olvidado el papel que jugó en la crisis como representante del capital, ni tenemos de él una imagen idealizada”, concluye. Tras salir de La Moncloa, Zapatero sufrió una suerte de travesía del desierto convertido en un paria político. Su reaparición y su intento de rehabilitación ante el PSOE, a finales de 2013 coincidió con la presentación de su libro El dilema| 600 días de vértigo fue —o quiso ser— la justificación de su gestión económica durante esos años. Su rehabilitación con Pedro Sánchez también fue lenta. Uno de los mensajes de calado del actual presidente tras ser elegido en verano de 2014 nuevo secretario general del PSOE fue “reconocer como uno de los principales errores del PSOE en el pasado reciente” esa modificación constitucional. Un disparo al corazón. La relación se tensionó todavía más por el acercamiento de Podemos a la figura de Zapatero: hubo un encuentro entre Pablo Iglesias, Errejón y el expresidente auspiciado por José Bono que disparó las alarmas. El expresidente no informó a su debido tiempo a Sánchez porque se trataba de un “encuentro personal”. La reconciliación no llegó hasta la campaña de las generales de 2015. Zapatero salió en Asturias del purgatorio político en que se encontraba dando su primer mitin con Sánchez, que reivindicó los avances en derechos sociales en su etapa y los puso al mismo nivel que el Estado del Bienestar al que Felipe González dio forma. “Gracias por tu legado José Luis, has sido el presidente de la igualdad y todos los socialistas nos sentimos orgullosos”, le obsequió Sánchez. Sin embargo, las primarias de 2017 les volvió a colocar en las antípodas. Zapatero fue uno de los valores más entusiastas del establishment socialista con Susana Díaz. “Tiene todas las condiciones para el liderazgo político (…). Tiene todo mi apoyo y todo mi cariño”, fueron algunas de sus frases, de las que Sánchez tomó nota. Paradójicamente, las tiranteces con González terminaron propiciando un acercamiento progresivo entre Zapatero y Sánchez. “El vínculo con ZP se estrechó conforme se alejaba con Felipe”, resume un alto cargo del Gobierno. El momento culminante llegó en el momento más bajo de Sánchez, cuando todas las encuestas lo daban por amortizado tras el desastre de la izquierda en las municipales y autonómicas de 2023. El expresidente acudió al rescate y en una memorable entrevista en la COPE inició una defensa desencadenada de Sánchez y de su propio legado que revivió a los socialistas. “Bajo mi Gobierno se rindió ETA”, proclamó con orgullo. Desde entonces se erigió en uno de los grandes activos del PSOE, se convirtió en un elemento fijo en todas las campañas electorales… Hasta que volvió a desaparecer de los mítines. Ocurrió en la precampaña de las extremeñas. Su amigo, el empresario alicantino Julio Martínez, fue detenido en diciembre en el marco del caso Plus Ultra, acusado de blanqueo de dinero. El mismo amigo a quien ahora el juez describe como intermediario de Zapatero para canalizar los pagos de empresas que buscaban los favores del expresidente. Zapatero aún tuvo oportunidad de regresar a hacer de dinamizador en las campañas electorales: fue en la de Castilla y León. En las andaluzas se multiplicó. Pero dos días después de que se celebraran estas elecciones, se hacía público el auto y el aura de Zapatero volvía a deshacerse conforme en la televisión los policías especializados en delitos económicos registraban su despacho en la calle de Ferraz en búsqueda de pruebas. Ese piso, situado justo enfrente de la sede del PSOE es propiedad del partido y está a disposición del “uso privativo” de los expresidentes socialistas del Gobierno, explican fuentes de la formación. Zapatero, que no percibe ninguna remuneración del partido, ya empleó antes un inmueble cercano, en Ferraz 55, hasta que el PSOE lo vendió. Zapatero disponía de dos secretarias, María Gertrudis Alcázar, considerada “pieza operativa esencial” de la supuesta trama según el auto del juez y Judith Laure Wells. Zapatero ha sido una figura central en la política venezolana de los últimos 10 años, los de más inestabilidad institucional en la historia de ese país. Sustituyó en las labores de mediación a Felipe González sin intuir que esta misión iba a ocuparle casi todo su tiempo. “Para él era un asunto personal, llegó un momento en el que ya no tenía la distancia de un extranjero”, cuenta por teléfono un amigo íntimo. En su entorno algunos le mostraron su preocupación por una inmersión tan profunda en un asunto tan delicado que podía desgastar mucho su imagen, con un régimen autoritario de por medio. Entre los que expresaron esos reparos se encontraba su esposa, Sonsoles Espinosa. Zapatero comenzó a jugar un papel fundamental a partir de 2015 cuando la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), una coalición opositora, lo invitó a ser observador internacional en las elecciones parlamentarias que se celebraron el 6 de diciembre. La oposición obtuvo una contundente victoria frente al chavismo, que perdió el control de la Asamblea por primera vez en 16 años, desde la aparición fulgurante de Hugo Chávez. Esa noche en Caracas fue larga y de mucha incertidumbre. Durante horas el oficialismo no se pronunció. Según tres fuentes al tanto de lo ocurrido, Zapatero habló con Tibisay Lucena, en ese momento presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), y con las figuras claves del chavismo para convencerlos de que reconociesen la derrota, como al final hicieron. De esos días hay una fotografía del expresidente español estrechándole la mano a Nicolás Maduro. Sin embargo, no fue con él con quien intimó más, sino con Delcy y Jorge Rodríguez, los hermanos que ahora gobiernan el país con la tutela de Estados Unidos, con la figura de Delcy como presidenta. Su relación es de amistad, como ninguno de ellos ha escondido. La oposición, sobre todo la que confiaba menos en el diálogo con el chavismo por considerarlo estéril, desconfió de Zapatero desde muy pronto, como es el caso de María Corina Machado. En su círculo lo retratan como un falso mediador. Ese desapego se pronunció desde 2018, cuando saltó por los aires una mesa de negociación entre oposición y chavismo que se celebraba en República Dominicana. Los antichavistas se negaron a firmar un documento en el que el Gobierno no les ofrecía muchas garantías. Zapatero, en cambio, pensaba que era lo mejor que se podía acordar y luchó por la firma. El divorcio total con esa parte de los opositores, que con el tiempo fue mayoritaria, se convirtió en un hecho. En el debate público, la sola mención de su nombre era un motivo de enorme disputa. Eso no lo distanció de la política venezolana. En estos años, el expresidente afirma haber realizado más de 50 viajes al país. En los periodos electorales se ha dejado ver, como en las últimas elecciones regionales. Una parte importante de su labor también ha sido humanitaria, al negociar con el oficialismo la liberación de presos políticos, sobre todo los que contaban con nacionalidad española. Son decenas los que han salido de la cárcel con su mediación de por medio, algunos muy cercanos a Machado, pero que le guardan agradecimiento. Estos días, los opositores que desconfiaban de él sienten que el tiempo les ha dado la razón al sacar a la luz que, supuestamente, el presidente aprovechaba su cercanía al chavismo para hacer negocios. En estos años, sus enemigos y algunos medios con información no verificada esparcieron que era dueño de una mina de otro y otros muchos bienes que permanecían ocultos. Los que le han rodeado y se han mantenido junto a él, pese a todas las críticas, no terminan de creerse su papel de capo de una red criminal. Esta información ha sido elaborada por Anabel Díez, Luis R. Aizpeolea, Amanda Mars, Ángel Munárriz, José Marcos y Juan Diego Quesada.