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«Habían posteado que España no nos devuelve»: el cruce de la frontera «sin problemas»

Resumen

Lo hacen con distintas prendas, algunos descalzos, otro con los hombros desnudos cubiertos por mantas de la Cruz Roja. Los zapatos yacen olvidados en el mar a la espera de que algunos entren a recuperarlos, a buscar uno de ... Cientos de ellos sustituyen el lugar de las gaviotas. Quienes se alejan de la playa caminan hacia un futuro incierto que no parece estar en ellas porque les tiene deambulando en busca de no saben qué.

Vagan por las calles sin rumbo. Lo hacen con distintas prendas, algunos descalzos, otro con los hombros desnudos cubiertos por mantas de la Cruz Roja. Los zapatos yacen olvidados en el mar a la espera de que algunos entren a recuperarlos, a buscar uno de ... su talla. Cientos de ellos sustituyen el lugar de las gaviotas. Quienes se alejan de la playa caminan hacia un futuro incierto que no parece estar en ellas porque les tiene deambulando en busca de no saben qué. Quieren llegar a la Península, el cómo es para ellos la gran incógnita porque saben que no será tan sencillo como lo fue cruzar el espigón a Ceuta . Están desesperados y así lo demuestran sus continuas súplicas. Ruegan por unas gotas de agua, por restos de comida mientras señalan sus estómagos vacíos, o tal vez unos euros porque quienes pueden costearse una compra solo tienen dirhams y se topan con una sucesión de comercios de persiana bajada. Algunos de sus móviles han sobrevivido a la travesía por agua pero otros, ya secos, han sufrido los estragos de la mar, aquella que unos dicen haber cruzado en quince minutos y otros hasta en seis horas. Un teléfono es por lo primero que suplican incluso antes de salir del mar, mientras trepan por las rocas.Las versiones sobre cómo vencieron la frontera se contradicen. La mayoría coindicen en que fue sencillo el cruce a nado, que lo peor ha sido una noche que se tornó gélida por sus ropas empapadas, porque salen del agua dando gracias a España, a la vida, pero sin un resquicio de sequedad. No ayudó la brisa que caracteriza la noche. De las horas previas cuentan que ni la policía marroquí ni la española les pusieron problemas al cruzar y que ellos preveían que aquello pasaría, que era una certeza, porque unos y otros se lo contaban a través de redes sociales. Así que partieron de sus pueblos, muchos de ellos pasando días en camino con la esperanza de una frontera en la que la policía no castiga. «No problemas al pasar», arguye un joven. «Nos han puesto problemas, nos pegan en Marruecos y en España», dice otro. «Habían posteado que la policía de España se encuentra a los marroquís en el mar y no los devuelve. Ha empezado así y luego ya han empezado a venir», cuenta un joven itinerante entre Marruecos y Ceuta que ahora reúne a los que eran sus amigos del barrio en el país vecino. «Hay mucha, mucha gente, de todo tipo», dice, aunque de un solo vistazo ya se aprecia una mayoría masculina, especialmente de jóvenes. Las escasas mujeres son, sobre todo, adolescentes, más pudorosas ellas en posar frente a una cámara frente a hombres que la buscan. Y cerca de las playas rondan niños cuya infancia se quedó en el espigón. Emocionados, chocan la mano a algunos periodistas, les hablan lo poco que saben y pasean entre ellos a pesar de los avisos de la Guardia Civil. De la Benemérita hablan tan bien como de la Policía Nacional. No reciben los mismos cumplidos las autoridades marroquís, sobre quienes dicen que les pegan, que abusan de ellos sin reparo. Por eso vienen, y también por el trabajo con el que sueñan aunque sin planes definidos. «Mi sueño es venir a España», cuenta un joven, tirado frente a un supermercado y al que siguen filas y filas del mismo perfil. Pero ya han llegado a esa supuesta tierra prometida que ha resultado ser un desierto y no saben qué hacer, así que caminan errantes por una ciudad que se ha convertido en refugio una desesperación que se entremezcla con esperanza. Quienes la han perdido vuelven, en fila, al lugar del que vinieron, porque aquí se ven perdidos, porque dicen que España es racista y porque la noche ha sido tan cruenta que nada ha merecido la pena. MÁS INFORMACIÓN noticia Si Sánchez habla de un «ataque a la integridad territorial» y urge a Marruecos a dar una «respuesta contundente» noticia Si Los tenderos de Ceuta que resisten ante una muchedumbre hambrienta noticia Si Ceuta cifra en 60.000 los llegados mientras Interior asegura que 37.500 ya han regresado noticia Si El Ejército bloquea con blindados el paso de entrada noticia Si «Pásalo»: el mensaje viral que reunió a miles de jóvenes para reventar la frontera con Ceuta noticia Si La UE avisa: trasladar magrebíes de Ceuta a la península sería motivo para suspender Schengen«Hemos llegado nadando, he cruzado a las cinco de la mañana. No nos dan de comer, les dicen que no nos vendan nada», cuenta otro hombre, rodeado de otros tantos. Otro se acerca pidiendo ayuda, buscando a la Cruz Roja, mientras muestra la palma de una mano marcada por un corte profundo. Y un pequeño de unos siete años, con las piernas todavía mojadas, canta el universal «six seven» mientras muestra un persistente interés por estas líneas. Y no cesa de posar su mirada sobre ellas porque no tiene más entretenimiento que una página medio en blanco que ni siquiera entiende. Se ríe diciendo «señorita» sin aparente interés en adentrarse en la ciudad, de alejarse de la roca en la que se ha aposentado. Al término de estas líneas son ya seis los marroquíes que se congregan, atentos, en torno a la crónica que cuenta sus historias.