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En este laboratorio viven los patógenos más letales

Resumen

¿Cómo te encuentras hoy?», le pregunta Verónica a su compañero Rubén. No están en una cafetería ni es una charla de cortesía. Están trabajando y se encuentran en una sala blanca, completamente desinfectada y aislada, tres niveles bajo tierra. hasta allí tras un ritual estricto: han dejado fuera todas sus pertenencias —joyas, reloj e incluso la ropa interior—, han pasado por una ducha y se han vestido con pijamas médicos esterilizados y equipos de protección individual (las famosas EPIs popularizadas durante la pandemia).

«¿Has dormido bien? ¿Cómo te encuentras hoy?», le pregunta Verónica a su compañero Rubén. No están en una cafetería ni es una charla de cortesía. Están trabajando y se encuentran en una sala blanca, completamente desinfectada y aislada, tres niveles bajo tierra. Han llegado ... hasta allí tras un ritual estricto: han dejado fuera todas sus pertenencias —joyas, reloj e incluso la ropa interior—, han pasado por una ducha y se han vestido con pijamas médicos esterilizados y equipos de protección individual (las famosas EPIs popularizadas durante la pandemia). Así, enfundados en trajes que recuerdan a los de un astronauta, se preparan para entrar. «Certifico que Rubén está en condiciones de entrar en el laboratorio», dice Verónica desde dentro del equipo. Su compañero responde con la misma fórmula. Ambos se observan, revisan que todo esté correctamente colocado, que no haya fallos. No es un protocolo simbólico, porque de ese intercambio depende su seguridad. Un error, por mínimo que sea, puede tener consecuencias graves.Verónica y Rubén no tienen un empleo al uso. Trabajan en los laboratorios de alta seguridad de Tres Cantos de la multinacional biofarmacéutica GSK. Allí, junto a un centenar de personas más, estudian patógenos que causan enfermedades como la malaria o la tuberculosis con el objetivo de desarrollar nuevos tratamientos y vacunas . «Ambas provocan cerca de dos millones de muertes al año en todo el mundo, sobre todo en África subsahariana, el sudeste asiático y partes de América Latina», explica David Barros, responsable de I+D en Salud Global de la compañía, que tiene como objetivo la ambiciosa idea de «impactar positivamente en la salud de 2.500 millones de personas antes de que termine la década». Noticia relacionada No No Imanes para luchar contra el cáncer Patricia BioscaLa magnitud del problema lo justifica: la tuberculosis afecta cada año a más de 10 millones de personas, según la Organización Mundial de la Salud. Aunque la mortalidad por malaria es menor, su alcance —con alrededor de 250 millones de casos anuales— sigue siendo enorme. A ello se suma que los tratamientos disponibles suelen ser largos y costosos, un contexto que favorece la aparición de patógenos resistentes para los que todavía no existe una cura definitiva. En este escenario, GSK ha inaugurado dos nuevos laboratorios de nivel de bioseguridad BSL-4 (el máximo existente a nivel mundial) donde se investigará en busca de terapias más eficaces.30 años de experienciaEl centro de Tres Cantos no es nuevo en esta lucha. Inaugurado en 1992, lleva más de treinta años investigando estas enfermedades y cuenta con 16 laboratorios de nivel 3 de bioseguridad (BSL-3), diseñados para trabajar con patógenos peligrosos que, en este caso, sí tienen tratamiento. «Aquí investigamos principalmente malaria no complicada y tuberculosis multirresistente», explica Javier Gamo, director de Global Health R&D Medicines de GSK. «También enfermedades transmitidas por vectores, como la leishmaniosis o la enfermedad de Chagas, y estrategias frente a la resistencia a los antibióticos».De estos laboratorios han salido avances relevantes, como la tafenoquina, un tratamiento de dosis única contra la malaria por Plasmodium vivax , un parásito que puede permanecer latente en el hígado. En tuberculosis, la compañía participa en consorcios internacionales que han identificado nuevas moléculas y desarrollado candidatos que ya se están probando en pacientes en zonas endémicas, sobre todo países con pocos recursos en los que los contagios se descontrolan fácilmente por los problemas de acceso a los fármacos. «Los nuevos laboratorios nivel 4 de bioseguridad nos permitirán ahora, además, estudiar nuevos virus y patógenos con gran poder de contagio para los que ahora mismo no existe tratamiento», apostilla Gamo. El faraón Tutankamon (en la imagen, en su sarcófago) murió de malaria Archivo Malaria y tuberculosis: enfermedades milenarias que siguen desafiando a la humanidad La malaria y la tuberculosis son dos de las enfermedades infecciosas más antiguas de la humanidad. La malaria, transmitida por mosquitos del género Anopheles, ya se describe en textos médicos de civilizaciones antiguas. La tuberculosis, causada por Mycobacterium tuberculosis, fue identificada en 1882 por Robert Koch y casi se erradicó en el siglo XX gracias a antibióticos y campañas de salud pública. Sin embargo, con la llegada del VIH y la proliferación de personas inmunodeprimidas, reapareció y volvió a convertirse en un grave problema global. A lo largo de la historia, ambas enfermedades afectaron a personajes célebres. La tuberculosis mató a poetas como Emily Brontë y John Keats, al compositor Frédéric Chopin y al escritor Franz Kafka, mientras que la malaria se llevó la vida de exploradores como David Livingstone y afectó a gobernantes como Tutankamón. Incluso en tiempos modernos, figuras como George Clooney y Cheryl Cole han contraído malaria durante viajes a zonas endémicas. Hoy, la malaria sigue causando millones de infecciones en África subsahariana y aparece en rebrotes en Europa, como en Grecia. En España, la tuberculosis experimenta un aumento de casos y brotes localizados, recordando que ambas enfermedades siguen siendo una prioridad sanitaria global.«No es para todo el mundo»Una de las diferencias de este centro respecto a universidades o instituciones públicas es que cubre todo el proceso: desde la identificación de una diana terapéutica hasta la validación de un candidato en ensayos clínicos tempranos. «Aquí hacemos 'screening', analizando entre 100.000 y 200.000 compuestos químicos para ver cuáles tienen potencial», explica Gamo. Cuando alguno muestra resultados prometedores, comienzan los experimentos en laboratorio. El nivel de seguridad depende del patógeno. A medida que aumenta el nivel de riesgo, también lo hacen las medidas de control: tarjetas, sistemas biométricos e incluso códigos secretos. Sobre la puerta, pantallas que retransmiten lo que ocurre en el laboratorio. «Siempre tiene que haber contacto visual». Dentro, todo está diseñado para evitar el contacto directo. Las muestras se conservan primero a -70 ºC, después pasan a incubadoras y, en el momento del experimento, se trasladan en contenedores sellados hasta los aisladores, unas cabinas cerradas que actúan como una barrera física. Los investigadores no tocan nunca el material: introducen las manos a través de unos guantes integrados en la pared del equipo y trabajan desde fuera, como si manipularan algo dentro de una urna. En los casos de mayor nivel, pueden incluso acceder a través de trajes o sistemas especiales que les permiten entrar sin que su cuerpo llegue a estar expuesto.Los investigadores no pueden estar más de cuatro horas en el laboratorio, y durante ese tiempo no pueden comer, beber u orinarTodo ocurre en un circuito controlado, casi coreografiado, donde cada gesto está medido para que el virus o la bacteria nunca salgan de ese espacio seguro. Además, los investigadores no pueden estar más de cuatro horas expuestos, en las que no pueden ni beber ni comer, tampoco ir al baño. «No es un empleo para todo el mundo; porque aparte de tener que conseguir una cualificación muy alta, deben pasar una serie de requisitos psicológicos y físicos», cuenta Barros.¿Un Wuhan en Tres Cantos?En los laboratorios superiores se llevan a cabo experimentos 'in vitro' (sin infectar a ningún ser vivo con el patógeno). En las plantas inferiores se encuentra el animalario, donde se realizan experimentos con seres vivos, en este caso, roedores. «Llevamos 30 años haciéndolo así, con buenos resultados», apunta Gamo. Un esquema en la entrada del piso bajo tierra muestra la estructura de la planta, que alberga ya dos laboratorios de nivel 4 (BSL-4). En abril, cuando acaben las últimas validaciones, se empezará a investigar con patógenos letales como variantes de tuberculosis multirresistentes o virus como el de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo. «Este último se ha elegido por su potencial pandémico y porque España es un país vulnerable», explica Barros.En la foto superior, una imagen del interior del aislador mientras trabajan los investigadores; Abajo a la izquierda, un trabajador introduciéndose dentro del aislador (pero sin contacto directo con el interior); a la derecha, una investigadora saca el patógeno de las neveras antes del experimento GSKEste tipo de instalaciones, de las que tan solo hay en torno a un centenar en todo el mundo (incluido el tristemente conocido laboratorio de Wuhan, en China), están preparadas para trabajar con patógenos extremadamente peligrosos y sin tratamiento conocido. «El riesgo nunca es cero», reconoce Gamo. «Pero aquí nada se deja al azar». El equipo recalca que en más de tres décadas no ha habido incidentes relevantes, salvo una alarma nocturna que alertó del fallo de un congelador. No obstante, la situación se resolvió gracias a los sistemas redundantes: otro equipo asumió la carga sin consecuencias.Tampoco el día del gran apagón supuso un problema grave. Cada laboratorio cuenta con baterías de respaldo que garantizan varias horas de suministro en caso de corte eléctrico. «Y, si eso tampoco funciona o se agota, existe un generador eléctrico diésel que abastecería durante más de un día», apunta.Apenas existe un centenar de instalaciones de este tipo en todo el mundo y España tendrá dos en los próximos añosEstos laboratorios BSL-4 son los primeros en España, una situación que en teoría cambiará en los próximos años con otra instalación de este tipo en Majadahonda, dependiente del Instituto de Salud Carlos III para los que se han invertido 30 millones de euros, en palabras del presidente Pedro Sánchez, cuando hace unas semanas visitó las instalaciones de GSK . «En el caso de Tres Cantos, como ya se contempló una posible ampliación durante la construcción del edificio, la inversión ha sido de 5,2 millones de euros», puntualiza Barros. «Además contamos con algo que es más importante: capital humano», apostilla. De momento, siete personas (dos hombres y cinco mujeres) que ya trabajaban desde hacía más de una década en los laboratorios de nivel BSL-3 han sido capacitados en Madrid y Reino Unido para comenzar a operar en los BSL-4, y la idea es ampliar hasta los 15 en los próximos años.MÁS INFORMACIÓN noticia No Una investigación de un millar de esqueletos desmiente el cliché de los Monty Python sobre la lepra noticia Si El ChatGPT de la genética escribe el código de la vida desde ceroCuando termina la jornada, el proceso se invierte. Verónica y Rubén repiten, paso a paso, el ritual de salida: revisiones, descontaminación, ducha. Mañana volverán a preguntarse lo mismo antes de entrar: si han dormido bien, si se encuentran en condiciones. Y volverán a hacerlo porque, en ese trabajo, la prioridad es siempre la misma: salir como han entrado, sanos, mientras al otro lado del mundo millones de personas siguen esperando una cura.