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El Mundo ·

El cumpleaños de los 'gaviotos' de Alhucemas, el peñón que lleva siglos defendiendo España frente a los clubs de playa marroquíes

Resumen

A las cinco de la mañana todavía suena la música en la playa de Sfiha (Alhucemas). El Ossiano Beach cierra a esa hora; el Havana y el Golden Beach, en agosto, no cierran nunca. A tan solo 700 metros de hamacas de alquiler, altavoces a todo volumen, motos de agua y extranjeros de muchas nacionalidades bebiendo mojitos se encuentra un puesto militar español. Se trata del Peñón de Alhucemas, un islote de 480 metros de perímetro donde, antaño, los soldados que han sido destinados allí, conocidos como gaviotos, hacían largas colas ante el catalejo del puesto de mando para ver las fiestas y los chiringuitos de enfrente.

A las cinco de la mañana todavía suena la música en la playa de Sfiha (Alhucemas). El Ossiano Beach cierra a esa hora; el Havana y el Golden Beach, en agosto, no cierran nunca. A tan solo 700 metros de hamacas de alquiler, altavoces a todo volumen, motos de agua y extranjeros de muchas nacionalidades bebiendo mojitos se encuentra un puesto militar español. Se trata del Peñón de Alhucemas, un islote de 480 metros de perímetro donde, antaño, los soldados que han sido destinados allí, conocidos como gaviotos, hacían largas colas ante el catalejo del puesto de mando para ver las fiestas y los chiringuitos de enfrente. Pese a las décadas de diferencia, las historias de los ex militares veteranos de más de 70 años y los jóvenes soldados que pasan hoy por allí guardan un nexo común: la vivencia en un islote de espacio reducido considerado la última frontera de Europa. A este enclave se suma otro peñón, el de Vélez de la Gomera, situado frente a Badis, un pequeño pueblo costero marroquí de 103 habitantes completamente ajeno a la música y los chiringuitos de Alhucemas. Además del islote de Perejil, sin presencia habitual, y las Islas Chafarinas. PUNTO DE MIRA El foco vuelve a estas rocas por lo ocurrido este verano en esa misma costa, la irrupción en Ceuta de cerca de 80.000 personas y la convocatoria en redes sociales marroquíes de un segundo intento para el 15 de agosto, jornada en la que la ciudad amaneció blindada. Días antes de ese segundo asalto, el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, había declarado en la televisión saudí Asharq News que su país sigue reclamando Ceuta y Melilla y que mantiene esa reivindicación "a largo plazo". Alhucemas, Vélez de la Gomera, las Islas Chafarinas y Perejil son las piezas más olvidadas, pero también codiciadas, de un tablero que Marruecos reivindica para su Gran Marruecos, la expansión territorial deseada por Mohamed VI. Y fue justo por estas fechas, hace siglos, cuando el ejército español tomó el mando de ambas plazas. La guarnición del Peñón de Vélez de la Gomera lleva allí ininterrumpidamente 462 años, desde el 6 de septiembre de 1564, cuando fue tomada por Felipe II. Era entonces un islote, que quedó unido a Marruecos por una lengua de tierra tras un terremoto en el siglo XX. La frontera es una cuerda y es la posesión española continuada más antigua del norte de África después de Melilla, tomada en 1497. Alhucemas es español desde el 28 de agosto de 1673, cuando se tomó siendo rey Carlos II. Donde ahora hay beach clubs con música afro house y "ambiente ibicenco", como celebran las reseñas de turistas extranjeros, antiguamente estaba emplazado el Mediterranée, un club de vacaciones francés frente a la playa nudista muy citado entre distintos foros de ex militares destinados en Alhucemas. Y un recuerdo aún muy vivo en la mente de Juan José, represaliado político que estuvo allí en el 73, y en la de todas las quintas que han pasado por allí durante el siglo XX. Ramón, ex militar destinado allí en 1972, recuerda cómo las francesas del club "eran más pequeñas que hormigas, pero alguno disfrutaba más de la imaginación que de lo que se veía por el catalejo del jefe de máquinas". FÚTBOL Y WHISKY En el peñón la semana no la marcaba el calendario, sino el barco. Los viernes por la mañana la tropa bajaba al muelle a descargar lo que llegaba de Melilla —víveres, correo, el paquete de embutido que después se repartía por mesas, las cartas de las esposas e hijos de los militares— y, en cuanto la última caja tocaba tierra, el islote entero se declaraba en tiempo libre hasta el lunes. Empezaba entonces la otra cara de la guarnición, un cuartel que se convertía en un recreo: partidos de fútbol, cartas, un paquete de cigarrillos por mesa después de la comida, whisky de la marca 100 Pipers, cerveza África y combates de boxeo improvisados en el comedor con la tropa haciendo corro. Rafael, militar sevillano destinado entre finales de 1982 y principios de 1983 con la tarea de planificar los menús diarios junto al sargento, recuerda con nostalgia a un vecino marroquí de la zona conocido entre las tropas como El Talet. Se acercaba en una pequeña barca para intercambiarles verduras frescas por botellas de whisky. La disciplina, no obstante, era una regla inquebrantable que no había que romper bajo ningún concepto. Josep Lluís, marinero de la Compañía de Mar que estuvo allí en 1972, recuerda la borrachera que se agarró toda la tropa para celebrar que la mujer de un teniente había dado a luz a mellizos, una invitación del propio oficial que acabó con consecuencias: "¿Quién decía que la borrachera de whisky no tiene resaca? Al día siguiente nos arrestaron y nos hicieron correr con el CETME [mítico fusil de asalto español]. Creía que toda la isla retumbaba igual que lo hacía mi cabeza". Ambos peñones fueron cuartel y cárcel a la vez. Eran las llamadas "plazas menores", a donde se enviaban históricamente desde la Península represaliados políticos, desterrados y presos comunes. Según relatos históricos, eran el destino preferido del Gobierno para los criminales más incómodos y, sobre todo, para los presos políticos con condena de exilio. Allí trabajaban forzadamente en la obra y ejercían otros oficios: enfermeros, escribientes, maestros de escuela e incluso criados de los oficiales. Señalización en el Peñón de Vélez de la GomeraE.M Llegó a haber más presos que civiles y militares juntos. Este contexto hizo que el 15 de noviembre de 1838, el teniente carlista Pedro María Quintana, catalogado como un gran conspirador y al que habían trasladado al peñón por eso mismo, sublevara a la tropa y a la mayoría de los confinados y se hiciera con el puesto militar de Alhucemas. Lo que falló fue la huida: querían llegar por mar hasta Castellón para unirse a Cabrera y acabaron detenidos por las autoridades francesas en la costa argelina. El 6 de mayo de 1907 ambos peñones dejaron de ser cárceles y los presos fueron enviados a la península. De aquello queda un rastro escaso. En Alhucemas a día de hoy, entre el faro, la antigua ermita que albergó en su día a la Virgen de la Peña, la casa del gobernador con su torre del reloj y los callejones que se esconden entre las piedras, siguen estando los antiguos calabozos y las galerías subterráneas que todavía se recorren, así como el cementerio del islote adyacente conocido como la Pulpera y que está prácticamente al borde del abismo. Mientras tanto, a 700 metros de los altavoces marroquíes de Sfiha, la guarnición del peñón de Alhucemas sigue montando guardia bajo la bandera de España, al igual que lo hacen el de Vélez de la Gomera y las Islas Chafarinas.