Felipe, el único niño al que el etarra Henri Parot no pudo matar: "Si está arrepentido, que sea valiente, asuma la culpa y se quede en la cárcel"
ResumenA Felipe Delgado Villalonga sus tías, las hermanas de su madre, le llamaban el niño del milagro. Le llamaban así con las ganas fervientes de aferrarse a lo único bueno que salió de un episodio tristísimo y brutal que destrozó a su familia el 22 de noviembre de 1988, a las 23.58 horas, y les dejó marcados de por vida a todos sin remisión. Pero lo cierto es que Felipe (ahora con 37 años) fue el único niño al que el asesino múltiple, el etarra Henri Parot, no logró matar, aunque lo intentara. Un año antes, este terrorista a quien los gobiernos vasco y central quieren conceder estos días el tercer grado, la libertad casi definitiva, había colocado un coche con 250 kilos de amonal bajo las ventanas del cuartel de la guardia civil de Zaragoza de las que pendía la ropita tendida de las gemelas Esther y Miriam, de tres años, y las había asesinado a ellas, a Silvia Pino y a Silvia Ballarín, de siete y seis años, a Rocío de 12, a Ángel de 17 años y a cinco adultos.
A Felipe Delgado Villalonga sus tías, las hermanas de su madre, le llamaban el niño del milagro. Le llamaban así con las ganas fervientes de aferrarse a lo único bueno que salió de un episodio tristísimo y brutal que destrozó a su familia el 22 de noviembre de 1988, a las 23.58 horas, y les dejó marcados de por vida a todos sin remisión. Pero lo cierto es que Felipe (ahora con 37 años) fue el único niño al que el asesino múltiple, el etarra Henri Parot, no logró matar, aunque lo intentara. Un año antes, este terrorista a quien los gobiernos vasco y central quieren conceder estos días el tercer grado, la libertad casi definitiva, había colocado un coche con 250 kilos de amonal bajo las ventanas del cuartel de la guardia civil de Zaragoza de las que pendía la ropita tendida de las gemelas Esther y Miriam, de tres años, y las había asesinado a ellas, a Silvia Pino y a Silvia Ballarín, de siete y seis años, a Rocío de 12, a Ángel de 17 años y a cinco adultos. Esa noche en la que Felipe se salvó, protegido por el líquido amniótico que lo acunaba en la tripa de su madre, Henri Parot reventó con otra bomba, colocada en los aledaños de la dirección general de la Guardia Civil, a su hermano Luis, de apenas dos años y medio, cuya ausencia dejó un pozo negro imposible de llenar. Parot dice ahora que lo siente. Felipe (es la primera vez que habla con un medio de comunicación), le responde: «Si yo hubiese hecho eso, mi conciencia no me permitiría seguir viviendo. Si fue tan valiente entonces para hacer lo que hizo y ahora se arrepiente, que no salga de donde está, que sea valiente para asumir la culpa y que, aunque le ofrezcan la libertad, la semilibertad o el tercer grado, que lo rechace». «Y les pido a los políticos que lo han puesto en libertad, que cambien de actividad porque han demostrado no estar a la altura. Que dejen de humillarse y de humillarnos a los vivos y a los muertos y a la memoria de los asesinados». Felipe Delgado y su padre, Luis Delgado.CARLOS GARCÍA POZO Su padre, Luis, recuerda para Crónica lo que ocurrió aquella noche en la que Felipe se convirtió en un milagro. Su mujer Mercedes, enfermera, y él, médico, solían trabajar juntos dos días a la semana en el Hospital La Luz. Dejaban a Luis con los abuelos y, al acabar, en lugar de irse a su casa a toda prisa, cenaban en familia y charlaban un rato. Esa noche, cuando terminaron, Mercedes puso al bebé Luis dormido en la sillita de la parte trasera del coche y marcharon por la ruta de siempre. Reina Victoria, General Ibáñez, San Francisco de Sales... ME PUSIERON A LUIS EN LOS BRAZOS «Cuando estaba a la altura de la dirección de la Guardia Civil, vi una furgoneta blanca, con los intermitentes encendidos y pensé: qué raro, porque no hay guardias civiles. Y no me dio tiempo a pensar más. El coche se estremeció y todo se volvió negro. No recuerdo haber oído ruido de explosión alguna. Recuerdo haber pensado que quizás era un accidente y también que no podía serlo porque el semáforo estaba en verde y yo no me lo había saltado. La explosión nos lanzó contra la pared del convento frente a la dirección general y después la onda expansiva nos hizo volver hacia las instalaciones de la Guardia Civil. Yo no lo sabía porque estaba desorientado, pero el coche estaba volcado con las cuatro ruedas hacia arriba». «Intenté salir por lo que era mi izquierda cuando era mi derecha. Llamé a mi mujer y a mi hijo, pero no respondían. El joven pasajero de un taxi que pasaba me ayudó a salir. Después sacó a mi hijo del coche y me lo puso en los brazos. No pude verle. Yo por el ojo derecho ya no veía, veía todo negro y del izquierdo, la lentilla había salido disparada y yo tenía una miopía importante. No veía a Luis. El taxista me llevó al Clínico (nunca puede darle las gracias, ni a él ni al pasajero) y antes de marcharme grité a la gente que se había arremolinado allí: "Mi mujer está embarazada de tres meses". La dejé sin saber si estaba viva o muerta. Al llegar, me cogieron a Luis de los brazos, lo pusieron en una camilla y a mí me metieron en el quirófano. Nunca más le volví a ver. Esa fue la última vez... A mi me duele su ausencia más en lo cotidiano, más en lo que hago y veo todos los días, que cuando voy al cementerio porque ni yo ni mi mujer le pudimos enterrar ni pudimos ir al funeral. Unos amigos se quedaron con nosotros, que estábamos ingresados en hospitales diferentes, para que los abuelos lo pudiesen enterrar. Sé que está allí, porque me lo han dicho, pero...» Felipe sobrevivió a esa noche y a la anestesia de las operaciones a las que tuvo que someterse su madre a partir de ese momento. Ella sufrió fracturas vertebrales, fracturas en el esternón, una rotura en el pie que la hacía cojear de vez en cuando, perdió gran parte de la vista y fue víctima de un traumatismo craneoencefálico muy severo. Perdió masa cerebral. Cuando la enterraron, hace siete años, todavía tenía restos de metralla en la cabeza. La enfermera sobresaliente, la mujer independiente y activa dejó aquella noche de existir. «Mi matrimonio feliz sólo duró tres años y medio. Después hubo que luchar por salir adelante y por reconstruir la familia», recuerda el padre de Felipe. CARLOS GARCÍA POZO Mercedes tuvo que aprender de nuevo a escribir y a leer, a distinguir la derecha y la izquierda, se desorientaba, ni siquiera podía dar el biberón a Felipe cuando este nació porque no podía distinguir su boquita de su ojo, se equivocaba, el bebé se ponía a llorar y ella se ponía nerviosa; se quedaba mirando el cepillo de dientes de repente y se preguntaba para qué quería ella semejante artefacto. Tenía crisis convulsivas y, además de una gran frustración, arrastraba una enorme pena. «Cada día que pasa lo echo más de menos», decía sobre Luis cuando algún amigo le preguntaba. Felipe, a pesar de las operaciones y las anestesias de su madre, pesó 3 kilos 600 gramos al nacer y siguió adelante sin secuela alguna. De sus lesiones físicas, Mercedes fue mejorando con el tiempo. Por eso Felipe cuenta que su infancia fue «normal», que al principio sólo escuchaba algunos comentarios sin entenderlos y veía las fotos de Luis sin identificar al principio exactamente quién podía ser. Hasta que sus padres, cuando él tenía entre siete y 10 años, cogieron el álbum de periódicos y fotos que había ido recopilando el abuelo y le explicaron lo ocurrido. El abuelo, que, al ser asesinado Luis, su primer nieto, su nene de dos años, se había quedado veinticuatro horas sentado en un sofá «sin comer, sin moverse, sin dormir, casi sin respirar», a sus setenta y seis años. MI PADRE HIZO ASÍ Y NO TENÍA OJO «Hacíamos vida normal», explica Felipe. «Mis padres se esforzaron en que nuestra vida no se desarrollase alrededor del atentado ni de los terroristas, aunque yo nunca he tenido reparo en contar a la gente que lo ha podido preguntar, que habíamos sufrido un atentado de ETA. Pienso que ninguna relación, ni familiar ni de amistad, puede funcionar con silencios forzados. Hasta años después de que me contasen lo que había pasado, no vi las secuelas de mi padre. Recuerdo que, en su baño, delante del espejo hizo así, y no tenía ojo». «Luego quedaban fechas marcadas, como el cumpleaños de Luis, o el 22 de noviembre, el día del atentado, en el que hacíamos una misa por mi hermano y por nosotros. Y estaban las visitas al cementerio y las navidades y las fechas señaladas. No hacía falta que nadie mencionara nada. Ya sabíamos quién estaba allí y quién no. Y mi madre, que era emocionalmente más expresiva, estaba taciturna. Se veía que había algo que le faltaba. De vez en cuando, mis padres dejaban caer algunas pinceladas. "Pues a tu hermano Luis, le encantaba meter la manita en la boca del perro del abuelo", contaban. Yo de pequeño no tenía la paciencia que desarrollé después y era un poco más travieso y recuerdo pelearme con mi madre e incluso reñirla porque se despistaba con algo. "¿Cómo puede habérsele olvidado?", me preguntaba. Ella se ponía triste pero no decía nada. Con el tiempo, que vas siendo más consciente emocionalmente de las cosas, reflexionas». Luis, el padre de Felipe, explica que a su hijo le costó racionalizar lo que ocurría con Mercedes. «Hasta que él entendió que su madre era como era en ese instante, no como había sido y que no era porque su madre fuera así, sino porque la habían forzado a ser así como consecuencia de lo que le había pasado en el atentado. Esas cosas son difíciles de entender cuando no eres adulto. Eso se desarmó con el tiempo y yo no le he visto sufrir más que cuando se enteró de que su madre se iba a morir llevando en su interior ese dolor que se le quedó hasta el último día de su vida», recuerda. «Pero nunca se habló en casa de odiar, ni de guardar rencor. No se olvidaba ni se perdonaba, pero de ahí a estar todo el día echando pestes, jamás», asegura Felipe. —Parot escribió en una carta que condena «todas las violencias», mencionó el nombre de sus víctimas y añadió que, a sus 67 años, sentía «el dolor causado» y que aquello jamás debió haber ocurrido. ¿Os ha mandado alguna nota pidiéndoos perdón? —Nunca nadie nos ha informado de nada relacionado con Parot, ni de su estado, de sus salidas de prisión. De nada. Respecto a él, no ha mandado carta alguna. Si lo hiciera, probablemente la rompería porque la verdad es que no me interesa nada. Y dudo que él esté apesadumbrado. Lo único que me interesa es que cumpla lo que tiene que cumplir. No le deseo la pena de muerte a nadie, mis principios y mis valores me impiden pensar en la venganza porque eso sólo llevaría a hacerme daño y también a mi familia, pero sí quisiera que no vuelva a poner un pie en la calle. La condena la tenemos nosotros. Él, que cumpla la suya. El daño que ha hecho es irreparable, por lo tanto, no hay ningún resarcimiento posible. LA VERGÜENZA — Tú que eres abogado, que te parece la forma en cómo se está aplicando el Derecho a los terroristas. — Me parece partidista y encaminada a una agenda que nada tiene que ver con el Derecho o la Justicia. Es una moneda de cambio. Es algo triste, lamentable y vergonzoso. Si me preguntan qué me avergüenza de mi país, te diría que los políticos o algunos políticos. Aquellos que utilizan a las víctimas y su dolor como arma, que las mencionan para ganar unos puntos y limpiarse la conciencia, como en un check en una casilla y luego van al siguiente tema; y los que llegan a acuerdos con terroristas, exterroristas, colaboradores, simpatizantes o los que simplemente guardan silencio por no incordiar. «Ojalá los políticos pudieran tomarse una pastilla o un chip y que puedan vivir y sentir nuestras vidas durante 38 años. Después les preguntaríamos: ¿Sigues pensando que vale la pena lo que estás haciendo?», lamenta. Felipe nunca ha sentido la presencia de Luis como pasa en las películas. Sí que ha sentido un amor especial, un cariño por parte de su familia que trasciende a su persona, que tiene que ver con el hecho de que él estuvo allí esa noche y se salvó. Su padre intentará explicar cómo, con el pasar del tiempo, se ha ido intensificando el dolor que él y su mujer han sentido cada vez que constataban que no estaban viendo cómo crecía Luis. "Cada vez que un primito con su edad tomaba la Comunión o cumplía años... O cuando pensaba en los amiguitos que podía haber tenido, o la profesión a la que se hubiera podido dedicar..." Esa es la verdad. CÓMO PUEDE LA SOCIEDAD NO ECHARSE LAS MANOS A LA CABEZA Para sorpresa de nadie, las aspiraciones de Felipe Delgado Villalonga sobre la situación carcelaria de Henri Parot son imposibles. Cuando Felipe supo que habían concedido el tercer grado al asesino de su hermano, se resistía a creerlo, pensaba que era una estratagema política tan indecente que no se iba a llevar a cabo. «¿En qué mundo vivimos, cómo puede haber gente que trague con esto y cómo puede la sociedad no echarse las manos a la cabeza?», se preguntó al confirmar la noticia. Lo que no sabía es que a Parot hace años que llevan haciéndole concesiones. Jefe de un comando de terroristas franceses que operó durante 12 años, sólo la cúpula de ETA dentro de la organización conocía su existencia. Con 82 asesinatos imputados y una condena de 4.800 años de prisión, jamás se le ha pasado por la cabeza quedarse en la cárcel el tiempo que le corresponde. En 2001, once años después de ser detenido, escribió a la dirección de ETA que debía atentar contra «el corazón» y «la cabeza» del Estado y después se apuntó a unos cursos en la universidad con documentación falsa por los que consiguió redimir 32 días de condena. Irreductible pero no tonto, cuando ETA se disolvió escribió que condenaba todas las violencias, diluyendo así la gravedad del terrorismo de la organización y obtuvo permisos de salida. Previamente había presentado recursos en el Supremo para salir antes que le fueron contraproducentes, aunque, a la larga, consiguieron que decenas de etarras y otros asesinos vieran reducidos sus años de reclusión al ser derogada la llamada, precisamente, doctrina Parot por parte de los tribunales europeos. En julio, el Gobierno vasco de PNV y PSE le concedió el 100.2 para que pudiera salir de lunes a viernes de prisión y ahora le ha concedido el tercer grado para que pueda no regresar. Covite ha denunciado que muchos de los etarras que consiguen el tercer grado logran quedarse en casa gracias a la asignación de pulseras de control. La Fiscalía ha recurrido alegando que es "prematuro", como ha estado haciendo casi cada vez que el Ejecutivo de Vitoria, con la firma de la consejera de Justicia, la socialista Maria Jesús San José López, concede semilibertades para satisfacer las exigencias de EH-Bildu a cambio de los votos de apoyo que necesita Pedro Sánchez para permanecer en la presidencia del Gobierno. En mayo, había proporcionado la libertad de 18 terroristas por la vía expres del 100.2 y 94 terceros grados. Para desesperación y con la resistencia de las asociaciones de víctimas que llevan denunciando una aplicación fraudulenta de la ley. Ahora, depende de un juez la decisión final, del mismo juez de vigilancia penitenciaria que le concedió permisos de salida a cambio de las cartas de presunto arrepentimiento que el terrorista escribió. Decida lo que decida, el Gobierno vasco seguirá buscando el modo de suavizar su situación todavía más, como ha hecho con el resto. De hecho, Parot lleva meses excarcelado entre semana. De forma irreversible. De modo que, de la valentía reclamada, nada. Sólo la dignidad de sus víctimas que se siguen enfrentando a la vidacon propósito y decencia.