Septiembre en un Madrid de experiencias tres sesenta
ResumenSeptiembre ha empezado y Madrid está lleno de gente que ha venido a Madrid. Parece obvio, pero durante muchos años no lo fue. Aquí venían los que tenían una reunión, una oposición, un médico, un primo en Getafe o algún asunto pendiente con un ministerio. El turismo se lo repartían las ciudades que tenían mar, chiringuitos o una torre inclinada.
Septiembre ha empezado y Madrid está lleno de gente que ha venido a Madrid. Parece obvio, pero durante muchos años no lo fue. Aquí venían los que tenían una reunión, una oposición, un médico, un primo en Getafe o algún asunto pendiente con un ministerio. ... El turismo se lo repartían las ciudades que tenían mar, chiringuitos o una torre inclinada. Madrid tenía funcionarios, tráfico y un camarero que sabía lo que querías antes de abrir la boca. Ahora resulta que somos destino.Este fin de semana coinciden los conciertos de Shakira con el Gran Premio de Fórmula 1 y la ciudad tiene ese aspecto de aeropuerto internacional al que alguien hubiera quitado el techo. Hoteles llenos, restaurantes preparando el segundo turno, taxis arriba y abajo cruzando la Castellana, maletas con ruedas por las aceras y grupos de personas mirando a un guía turístico con micrófono incorporado en la gorra que pasea la ciudad contando sus secretos a voces. Pero hay una diferencia sustancial con el Madrid añejo y el Madrid presente. Ahora se vende en paquetes.Uno viene a la Fórmula 1 y, por un módico suplemento que seguramente dejará de ser módico al llegar a la pantalla de pago, puede llevarse la experiencia madrileña completa. Coche, concierto, museo, azotea, croqueta, vermú, tortilla, tablao y puesta de sol junto al viaducto de Segovia. Hay que desayunar chocolate con churros, hacerse una foto en la Plaza Mayor, comprar algo que ponga MADRID, aunque uno se encuentre precisamente en Madrid y terminar con un bocadillo de calamares. Si queda tiempo, puede verse la ciudad. Hemos entrado en la era del Madrid 360 que es un término bastante «meo» (lo utilizamos en la familia para referirnos a cosas que no deben hacerse ni decirse).Ya no basta con viajar. Ahora hay que experimentar. Y una experiencia, para ser verdaderamente experiencia, necesita ser más incómodo que viajar a secas. Se requiere de una reserva previa, un código QR y alguien que haya escrito en internet que se trata de un lugar secreto que conocen todos los turistas del planeta gracias a las redes sociales. Lo curioso es que debajo de toda esa maquinaria continúa Madrid a lo suyo, haciendo sus cosas. El señor que baja a por el pan tendrá que esquivar a doce fervientes seguidores vestidos de Shakira. El vecino de Barajas descubrirá que un monoplaza puede alcanzar los trescientos kilómetros por hora mientras él tarda cuarenta minutos en recorrer cuatro glorietas. El camarero que llevaba toda la vida sirviendo cañas se dará cuenta de que ahora no tira cervezas, sino que sirve «beer experience». Y el bocadillo de calamares, que siempre fue una solución bastante honrada para quitarse el hambre por cuatro perras, acabará presentado como una inmersión gastronómica en la identidad castiza de una ciudad sin mar, pero con pretensiones suficientes como para inventárselo cualquier día de estos. A Madrid estas cosas le sientan bien porque nunca ha preguntado demasiado de dónde viene nadie. Aquí uno llega, se baja del tren, protesta por el tráfico y a las dos horas ya está diciendo que la calle Alcalá está imposible con las obras. Esa ha sido siempre nuestra forma de empadronarnos sentimentalmente con estas calles. Quizá, precisamente por eso, funciona el invento. Durante unos días vendrán miles de personas buscando una ciudad que han visto en Instagram, pero encontrarán otra bastante mejor. El Madrid que aparece cuando se acaba el concierto, cierran las tiendas de recuerdos y uno termina a la una de la mañana en una barra cualquiera, con una servilleta debajo del vaso y preguntando si al yayo le sienta mejor la ginebra seca o alguna de las nuevas ocurrencias de la industria alcohólica. Eso todavía no viene incluido en el paquete y puede que sea el salvavidas que necesitamos los demás para soportar nuestro día a día. Es obvio que el turismo es una fuente de ingresos fundamental para Madrid. Pero quizá deberíamos tener cierto reparo a que terminemos convertidos en carne de agencia de viajes. Que la F1 corra por aquí es un éxito. Que Shakira monte una semana de bolos en Villaverde también. Pero puede que un día bajemos al bar y veamos a Pablo, nuestro camarero de siempre, vestido de sirena porque se va a construir una bahía entre Mariano de Cavia y Vallecas para que también tengamos un mundial de regatas. Quizá entonces nos demos cuenta de que podemos ser náufragos de nuestro propio éxito. Y eso será más difícil de recuperar.