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Otra vez no...

Resumen

Kylian Mbappé nunca ha sido un jugador de cristal. Aunque las últimas semanas no le hayan dado ninguna oportunidad de demostrarlo. En una temporada y media en el Real Madrid ha jugado casi todo, ha marcado con una regularidad que pocos delanteros pueden presumir en la historia blanca y su físico, en general, no ha sido noticia. El problema no es lo que falla, sino cuándo falla.

Kylian Mbappé nunca ha sido un jugador de cristal. Aunque las últimas semanas no le hayan dado ninguna oportunidad de demostrarlo. En una temporada y media en el Real Madrid ha jugado casi todo, ha marcado con una regularidad que pocos delanteros pueden presumir en la historia blanca y su físico, en general, no ha sido noticia. El problema no es lo que falla, sino cuándo falla. Porque en ese pequeño margen de ausencias, el calendario ha tenido una puntería que ni siquiera Mbappé exhibe dentro del campo.  Cada vez que su cuerpo ha pedido parar, delante había una final, una eliminatoria o un derbi. Basta con analizar la cronología. Meses después de su esperado aterrizaje en la capital, en septiembre de 2024, unas molestias musculares le impidieron disputar su primer derbi ante el Atlético. Esa misma temporada llegó la final de Copa del Rey ante el Barça. Mbappé no estaba al 100%, pero viajó y entró desde el banquillo como dictaba el plan.  El Madrid perdió y dio carpetazo a una campaña de transición que acabó en el Mundial de Clubes de Estados Unidos, donde el galo recibió otro golpe. Concretamente una gastroenteritis que le llevó al hospital, le hizo perder varios kilos y le dejó fuera durante toda la fase de grupos del torneo más esperado del verano. El cuerpo, de nuevo, eligiendo el peor momento posible. Esta temporada el guion se ha vuelto más cruel. El pasado diciembre, en un partido de Liga ante el Celta, la rodilla izquierda empezó a dar señales de alerta. Días después el Manchester City visitó el Bernabéu en la fase de liga de la Champions y Mbappé no forzó ni un minuto a pesar de la derrota y su presencia en el banquillo. Justo a final de año el diagnóstico confirmó un esguince en el ligamento de la rodilla y lo que vino a continuación es la imagen de un jugador luchando contra el gen competitivo. Se perdió la semifinal de la Supercopa ante el Atlético y viajó a la final para acabar disputando 14 minutos cuando el Barça rozaba el metal con las yemas de los dedos. Otra final perdida en el limbo. Otra imagen de Mbappé esforzándose en vano. Lo que hace singular esta historia, insistimos, no es la frecuencia sino la dirección. Mbappé volvió, marcó con regularidad en Liga, fue vital, viajó a Lisboa para la ida de los octavos ante el Benfica y jugó. Luego fue a Pamplona y apuró hasta el final en El Sadar. Esa fue su última actuación. En el entrenamiento previo a la vuelta ante los portugueses las molestias se volvieron imposibles de sortear y las pruebas confirmaron que la lesión seguía ahí. El club decidió que el riesgo era demasiado alto para verle en la vuelta. Ahora, a su regreso de Francia y con el Manchester City esperando en el Bernabéu para los octavos de Champions, Mbappé vuelve a ser el gran ausente.  El 17 de marzo, la vuelta en el Etihad, aparece en el horizonte como fecha posible de regreso, aunque desde el club el mensaje es más cauto que esperanzador. Con el Mundial en el horizonte y la rodilla al límite, nadie quiere precipitar nada. Arbeloa repite que "va a mejor, día a día". Lo que sí se sabe es que Mbappé ya corre sobre el césped de Valdebebas, una imagen a la que se aferran los madridistas como quien encuentra luz al final de un túnel. Porque si hay una cita en la que su presencia puede dar un giro de 180 grados, es precisamente la que viene.