La mirada de Leila Slimani en el Museo del Prado: «Alguien nos está devorando»
ResumenTodos los días, de nueve a diez y media de la mañana, Leila Slimani recorre el Museo del Prado. «Elegimos un tema o un estilo de pintura, hacemos un recorrido y mantenemos un diálogo. Es la quinta autora en participar en la residencia de escritura que organiza la pinacoteca madrileña. Lleva aquí dos semanas y tiene muy claro por dónde quiere ir hoy.
Todos los días, de nueve a diez y media de la mañana, Leila Slimani recorre el Museo del Prado. Lo hace acompañada. «Elegimos un tema o un estilo de pintura, hacemos un recorrido y mantenemos un diálogo. Cada tema me lleva a otro, ... y luego a otro, y otro». Slimani sonríe. Es la quinta autora en participar en la residencia de escritura que organiza la pinacoteca madrileña. Lleva aquí dos semanas y tiene muy claro por dónde quiere ir hoy. «Empecemos por Zurbarán ». Leila Slimani cruza la sala como una furia más. Nada más salir del ascensor, la premio Goncourt gira a la izquierda y avanza hacia la sala 9A. «Hay varias pinturas de batallas que me gustan. Especialmente esta», señala 'La recuperación de Bahía de Todos los Santos ', un óleo pintado por Juan Bautista Maíno entre 1634 y 1635 y que ahora se exhibe próximo a 'La rendición de Breda', de Velázquez. -¿Qué es lo que le atrae en particular de esta batalla?-Hay una mezcla. Aquí tienes a los paganos, los primeros pueblos, los holandeses, los españoles y también a los judíos rezando. Es la otredad, la alteridad. En los cuadros de batallas, los cuerpos están muy juntos. Mi abuela y mi abuelo se conocieron en la Segunda Guerra Mundial . Ella era blanca, él era africano, se enamoraron y formaron una familia. Es lo paradójico de las guerras: las cosas que quizá no ocurrirían sin ellas.Noticia relacionada reportaje No No Londres bendice a Zurbarán, mucho más que una 'fábrica' de frailes y santas Natividad PulidoLeila Slimani se sienta en un banco de madera, posa para Ignacio Gil, el fotógrafo. Luego se incorpora, se acerca el centro de la sala y mira el óleo desde lejos. Admira, levanta los brazos, explica sus ideas como si se manifestaran ante ella en ese momento.«Ocurren muchas cosas en los conflictos. En la guerra los hombres y las mujeres intentan proteger una frontera, o también intentan expandirse más allá de ellas -señala 'La rendición de Breda', de Velázquez -. La guerra es algo que tengo presente ».La escritora camina unos pasos, se acerca a uno de los lienzos de Zurbarán dedicados a los trabajos del hijo de Júpiter y lo señala con el índice. «Aquí tienes a Hércules cuando separa África de Europa y construye las columnas de Gibraltar. Así que ese es mi cuadro, porque esa es mi historia. Quizá sin Hércules yo sería otra persona . Sería española». Slimani sonríe con el cuerpo entero. Es delgada y menuda, y sin embargo parece que dentro de ella cabe un continente, o puede que dos. -En sus libros narra el colonialismo sin juzgarlo.-Lo veo como parte de la historia y de la condición humana. El papel de un artista es mirar el fondo. Si miramos solo el primer plano no obtendremos toda la información. La belleza puede que sea eso: un lugar para pensar, para repensar tu propia identidad, para repensar el mundo en el que vives. Cuando miro estas pinturas tan grandes pienso que estoy en algún lugar.«Hay mucha dignidad en 'La mujer barbuda'. Nos mira con orgullo, no quiere disculparse por lo que es»Leila Slimani nació en Rabat (Marruecos), en 1981. De padre marroquí y madre franco-argelina, al terminar su formación en el liceo francés de Rabat, se matriculó en el Instituto de Estudios Políticos de París. Tras ejercer como periodista en 'L'Express' y 'Jeune Afrique', decidió dedicarse por completo a la literatura. Con su primera novela, 'En el jardín del ogro' (2014), recibió el reconocimiento unánime de la crítica. 'Canción dulce', su segunda novela, consolidó su carrera al obtener el premio Goncourt 2016. Su forma de aprehender el mundo y narrarlo fascinó entonces a los lectores como fascina ahora a quien la escucha, de pie, ante un lienzo de José de Ribera que lleva por título 'La mujer barbuda'. «Me gusta la idea de lo distinto, de los monstruos, de los fenómenos. Siempre ha existido. Tienes todos los bufones, los de Velázquez . El cuerpo que no encaja, que es diferente, que no es igual: el enfermo, el pequeño, el deforme».-Lo diferente… -Al mismo tiempo creo que hay mucha dignidad en esta imagen. Aunque ella sea extraña, la forma en que nos mira, con cierto orgullo, no quiere disculparse por lo que es. Leila Slimani frente a 'La mujer barbuda', de José de Ribera Ignacio Gil-Usted mira como escribe. ¿Percibe alguna diferencia entre palabra e imagen?-Tanto si eres lector como espectador tienes que usar tu pensamiento crítico, tus referencias, establecer vínculos. Porque la pintura es una conversación tanto como la escritura. Cuando escribo, estoy en conversación con escritores que amo, que murieron, pero que me influyeron mucho. Pienso en Velázquez. Viaja a Italia y aprende mucho de los italianos. Luego los impresionistas vendrán al Prado , descubrirán a Velázquez y eso cambiará para siempre su manera de pintar. Es exactamente como en la literatura: una conversación. -¿En qué se parecen un museo y una biblioteca?-En una biblioteca los libros están cerrados. Debes consultarlos a solas. Aquí no. Es divertido observar a la gente. Simplemente caminan o reservan un restaurante en el móvil delante de un cuadro. He estado, ya sabes, espiándolos. Es muy interesante. Pero al mismo tiempo un museo debería ser así. Eres libre de ir y quedarte delante de un cuadro y pasar mucho tiempo allí.-Cambian de un siglo a otro las mujeres, los niños, los hombres. ¿Se siente identificada con alguno?-Lo que me asombra, y por eso intento defenderlo, es una especie de universalismo. Museos como el Prado o el Louvre muestran que somos diferentes. Pero al final todos pertenecemos a algo llamado la especie humana.Algunas cosas son tan hermosas, tan humanas y tan excelentes que tengo derecho a decir: «Rubens también es mi patrimonio».Son las siete menos diez de la tarde. La galería central es un hervidero de visitantes. Leila Slimani se abre paso por este espacio que alberga los grandes lienzos de Tiziano, Tintoretto y Veronés. Se detiene frente a 'Las tres gracias', de Rubens . «La manera en que Rubens pinta el cuerpo es cultural. Supone un punto de vista. Si lo piensas, la anatomía permanece en el tiempo. Es simplemente anatomía. Y puede que nos sintamos muy lejos de ellas, pero, al mismo tiempo, siento que hablan de algo que va más allá de mi cultura y mi punto de vista. Esto también es mi patrimonio. ¿Entiendes lo que quiero decir?». -Adelante, la escucho.-Hay algo muy hermoso que dijo James Baldwin, como hombre negro estadounidense, cuando llegó a Francia. Cuando vio la catedral de Notre Dame dijo: «Ese también es mi patrimonio». No es una manera de decir: «Ah, me olvido del imperialismo y el colonialismo». No, es lo contrario. Algunas cosas son tan hermosas, tan humanas y tan excelentes que tengo derecho a decir: «Rubens también es mi patrimonio».-Volvamos al punto de partida. ¿Pintar? ¿Escribir? ¿Pensar?-Creo que la pintura y la escritura no consisten en exhibirse. Escribir también consiste en no decir cosas. Y creo que la pintura consiste en ocultar cosas, no en contarlo todo. Vivimos en un mundo donde la gente quiere mostrarlo todo. Queremos mostrar quiénes somos, adónde vamos de vacaciones, esto y aquello. Y creo que el arte es distinto. El arte es un proceso de falsificación . Crees que miras la realidad, pero no es la realidad. Es otra cosa. Es otro tipo de verdad. -Como en las novelas.-Exacto. La novela es la única manera de entrar en el interior de alguien . Ningún otro arte permite eso. La pintura o el cine son maravillosos, pero no permiten entrar en la mente de un personaje. Quien escribe no puede ser un fanático ni un dogmático, si no cómo va a mostrarnos lo que hay dentro del otro. La autora mira 'La recuperación de Bahía de Todos los Santos', de Juan Bautista MaínoEn 2020, Leila Slimani publicó 'El país de los otros' (Guerra, guerra, guerra), primera parte de una trilogía autobiográfica inspirada en su familia. Continuó con 'Míranos bailar' y con 'Me llevaré el fuego' puso fin a una monumental saga que retrata los cambios de la sociedad marroquí . Como la abuela Mathilde, la madre Aicha o la tía Selma, las protagonistas de esta última entrega -trasuntos de Slimani- han de buscar lugar en el mundo, aprender nuevos códigos, afrontar los prejuicios e incluso el racismo. «Vete y no vuelvas. No les hagas caso. Ponte cera en los oídos, átate al mástil y recuerda mis palabras. Esas historias de raíces no son más que una forma de clavarte en el suelo, así que poco importan el pasado, el hogar, los objetos, los recuerdos. Provoca un gran incendio y llévate el fuego», escribe en esas páginas Slimani, esa mujer que hoy podría ser un continente, o dos, incluso tres.-¿Cómo se siente después de terminar la saga 'El país de los otros'?-Aliviada y nostálgica. Y también muy ansiosa, porque pensaba: vale, he escalado mi montaña personal, ¿qué voy a hacer ahora? Estoy en un momento de búsqueda. Tengo muchas ideas. Pero todavía no sé cuál será la buena. Leila Slimani gira su cabeza y se detiene de forma abrupta ante un lienzo de Velázquez. «Este es Marte después de haber tenido sexo con Venus . Ella se ha ido. Y puedes ver que él está agotado y feliz». Sonríe, otra vez. «Me encanta esta idea de que la guerra, el dios de la guerra, en cierto momento está en paz consigo mismo y feliz porque ha tenido amor. Las armas están en el suelo. Solo conserva el casco, pero está desnudo y vulnerable. Creo que es muy hermoso. Y no sé por qué, imagino que ella lo está mirando. Y él la mira a ella».-La guerra siempre está. El conflicto.-Es verdad, no sé por qué -la escritora sigue a lo suyo, museo adentro-. Este 'Auto de Fe' también me interesa: la Inquisición , la Reconquista, la expulsión de los moriscos, el fanatismo contra los libros, contra la religión. Hay algo muy actual. Dejamos atrás el lienzo de Gregorio Fosman. Slimani avanza hacia un óleo de Juan de Pareja. «¿Sabes que fue esclavo de Velázquez? Cuando fue libre, decidió convertirse en pintor. Aquí se coloca a sí mismo en un entorno muy cristiano, muy cristiano y sagrado. Me encanta la figura del intruso, de aquel que no debería estar aquí. Pero está aquí. Y eso es también lo que te decía: en esos cuadros siempre hay un elemento que desestabiliza. Si estás muy atento, siempre hay un cuerpo que no debería estar ahí, un objeto que no debería estar ahí».-¿Se siente usted también fuera de lugar en la Europa contemporánea? -Siento que estamos en un momento político extraño, tanto en Europa como en Estados Unidos. Tengo miedo de lo que estamos haciendo con la inteligencia artificial, con la capacidad de las personas para usar su mente, pensar y tener un verdadero diálogo con el otro. La gente poderosa de la tecnología, muchos populistas en Europa, no quieren que estemos educados. Tengo mucho miedo de la falta de consideración por la cultura , por la educación, por la complejidad. Creo que dentro de unos años las personas al frente de esas empresas tendrán más poder que nuestros presidentes y ministros. «Cuando miro 'Saturno devorando a su hijo', me pregunto quién es el que nos está devorando. ¿Elon Musk? ¿Donald Trump? Alguien nos devora, sin duda»A las 'Pinturas Negras' se llega bajando por unas escaleras de piedra hasta la planta cero. Leila Slimani camina un paso por delante. Son las siete y media de la tarde y los visitantes se agolpan en el descenso, que conduce a un espacio más recogido, casi en penumbra. Al entrar en la sala dedicada a Francisco de Goya , la escritora se detiene en el centro y gira hacia su derecha, donde se exhibe 'El aquelarre' y habla sin rodeos.«Pienso, mirando esto, que no se ha erradicado en absoluto la violencia, que la gente sigue siendo igual de fanática. Mira esos rostros, escuchando a una enorme cabra. Me hace pensar en la época actual y me genera decepción. Mi generación creyó en el progreso, creyó en la inteligencia colectiva».Avanza unos pasos, sin apartar la mirada de los lienzos.«Y en realidad…, nos encontramos con la misma estupidez , la misma violencia que vemos en los cuadros de Goya».Hace otra pausa.«Eso es lo que me conmueve al ver estos cuadros: la decepción. Cómo es posible que el ser humano sea a la vez tan extraordinario y tan horrible , y al mismo tiempo tan estúpido. Esa desesperación me toca profundamente».Se acerca a la pintura de Goya. Las figuras parecen emerger todas de golpe de entre la oscuridad.«Es como si anunciara algo que iba a ocurrir. Esa bestia que está ahí, que les habla, y todos la miran, todos parecen escucharla…, y tienes la impresión de que es una historia sobre la estupidez -Slimani se acerca otro poco más-. Aprendí que en Goya no hay línea. No dibuja, pinta directamente. Eso es lo magnífico del Museo del Prado: es un museo clásico que ya anuncia el arte moderno. Vayas donde vayas, ya ves a Pablo Picasso , ya ves a Joan Miró… Es extraordinario. Este museo no está encerrado en su clasicismo: contiene ya, en germen, el futuro».La sala en penumbra da la sensación de ser más pequeña. Los espectadores están más cerca unos de otros y la falta de espacio nos conduce directamente a Saturno.«Cuando lo miro, me pregunto quién es el que nos está devorando. Hay alguien que nos devora en este momento. ¿Quién es? ¿Elon Musk? ¿Donald Trump? Alguien nos devora, sin duda».Guarda silencio un instante y me mira.«Yo me identifico con ese pequeño cuerpo que está siendo devorado».A través de los ojos de Leila Slimani la belleza se convierte en advertencia . Para quien la acompaña, permanece la sensación de que Slimani recorre la colección como quien atraviesa un campo de minas. Bajo su mirada, algo siempre está a punto de estallar. Frente a ella, los lienzos se convierten en espejos, o acaso, por qué no, en inmensas y antiguas preguntas sin responder.