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El Mundo ·

El verdadero chantaje

Resumen

(Entrar y salir) Comprendo la prudencia del presidente del Gobierno con Marruecos. La del jueves en el Congreso y mucho más la de los días de la invasión. Es narrativamente atractivo sostener que se debe a un chantaje, porque la teocracia marroquí sabría cosas del presidente que acarrearían su ruina personal y política. Pero Ockham señala otro camino: la colaboración de Marruecos era imprescindible para que los invasores pudieran salir de Ceuta y volver a su país.

(Entrar y salir) Comprendo la prudencia del presidente del Gobierno con Marruecos. La del jueves en el Congreso y mucho más la de los días de la invasión. Es narrativamente atractivo sostener que se debe a un chantaje, porque la teocracia marroquí sabría cosas del presidente que acarrearían su ruina personal y política. Pero Ockham señala otro camino: la colaboración de Marruecos era imprescindible para que los invasores pudieran salir de Ceuta y volver a su país. En su primera réplica a los portavoces parlamentarios, Sánchez protagonizó un momento de gran altura dramática, anglicismo, al encararse con Feijóo y Abascal y sus afirmaciones de que el Gobierno no había sabido proteger las fronteras. «Claro», replicó el presidente, «¿qué es lo que habrían ordenado? ¿Habrían ordenado a la Policía Nacional y a la Guardia Civil que se encontraban en El Tarajal [que] dispararan a la población civil? [7 segundos de silencio: clava la mirada en distintos puntos del hemiciclo, dos segundos a la izquierda, dos segundos al centro, dos segundos a la derecha, luego con aflicción hacia el suelo, y sigue hablando] ¿Habría preferido, ese gobierno del Partido Popular con Vox, matar a cientos, quizá a miles, de jóvenes, muchos de ellos menores, para evitarse tener que gestionar una crisis de acogida al otro lado de la frontera? [17 segundos de aplausos] Yo, desde luego, un gobierno del PP con Vox descolgando el teléfono para exigir a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que hagan eso no lo quiero para mi país, como no lo quiero para ningún otro país [10 segundos de aplausos]». «¿Habrían ordenado a la Policía Nacional y a la Guardia Civil...?» Ni Feijóo ni Abascal contestaron. Deberían haberlo hecho. Disparar es un verbo alto y grave. A pesar de lo que divulgó el vulgo, ni siquiera Margaret Thatcher fue capaz de pronunciarlo sobre los cadáveres de tres terroristas del Ira en Gibraltar. Pero como mínimo le deberían haber devuelto el silencio. Por ejemplo después de esta pregunta: «¿Qué hace un gobierno cuando se produce "un ataque, una violación de la integridad territorial de España", Pedro Sánchez dixit, 31 de julio de 2026?», y 7 segundos de silencio para no ser ni más ni menos. O esa otra pregunta: «¿Cientos, miles...? No lo sabemos. Solo sabemos el número que usted ha dado: los 141 que se ahogaron fiados de que usted no dispararía». Y otros siete segundos peritados. La inmensa mayoría de las decenas de miles de personas -decenas de miles- que atravesaron la frontera no iba a emigrar ni a intentarlo. Bastaba ver su equipaje campo y playa. Su previsión sería la de volver a dormir a casa esa misma noche o apurar el largo fin de semana festivo que se abría con la llamada Fiesta del Trono. Una marcha azul. Entre los invasores habría algunos que querrían aprovechar la circunstancia e instalarse en la Península y quién sabe luego si más allá. Habría incluso criminales. El poso sucio que deja, también en España, cualquier manifestación masiva. Se habían echado al camino por la difusión del mensaje de que la puerta de Europa estaba abierta. No era así, pero la masa acabó entrando por la fuerza de los hechos. Es probable que los aparentemente mejor informados, los que habían oído que si entraban por mar no serían devueltos, fueran las principales víctimas. Para un marroquí, la frontera abierta es un acceso sin trámites al paraíso. Si no para vivir, al menos para ver. Un día gratis en Spainland. Con su irritante afectación, el presidente del Gobierno presumió de haber gestionado «uno de los procesos de retorno más rápidos jamás realizados en la historia reciente de Europa». Es decir, el regreso de los que no tenían otra intención que regresar. Pero es ahí donde está la clave del verdadero problema y la explicación —si no la única, la más poderosa— de la actitud domesticada de Sánchez ante Marruecos. El retorno exigía el asentimiento de las autoridades marroquíes. De ahí que tantas veces el presidente aludiera, agradecido, a la colaboración de Marruecos en la suprema hazaña jamás realizada. No es una fantasía distópica describir lo que ocurriría cualquier verano si cruzara la raya de Ceuta un número de marroquíes superior a la población de lo que el presidente sigue llamando con imprudencia manifiesta «ciudad autónoma» —o sea ciudad de un Estado en el limbo—, y una vez la masa hubiera cruzado, las autoridades de Marruecos cerraran la frontera de regreso. Y la cerraran de una manera distinta a la porosa y humanitaria manera española: disparando. Habría encendidas protestas, desde luego. Hasta es posible que España llamara a consultas a los diplomáticos marroquíes. Es probable, incluso, que Europa lograra firmar un comunicado. Después de unas cuantas semanas, cuando Mohamed seis mandara abrir la frontera de vuelta, sería el momento de comprobar qué ciudad autónoma, qué Gobierno y qué Estado quedarían. Todos híbridos. No es una fantasía distópica. Basta con meditarlo siete segundos para saber que solo es una hipótesis basada en dos evidencias: el sistemático uso marroquí de la emigración como método de presión política y el irredentismo manifiesto sobre Ceuta y Melilla. Como cualquier otra dictadura humana o divina, la teocracia alauita no tiene ciudadanos, sino súbditos y creyentes, y tampoco ningún reparo estructural en usarlos como fluctuante carne de cañón. Aunque para esos planes hipotéticos ni siquiera sería imprescindible la movilización de marroquíes de ocho apellidos. Al régimen le bastaría con poner en la dirección adecuada, y con los incentivos adecuados, al contingente migratorio del Sahel que transita por su país. El presidente Sánchez se puede permitir siete segundos de puro teatro porque sabe que poco más le queda al frente del Gobierno. Su crepúsculo explica también sus largas y arrogantes vacaciones, impropias no ya de un gobernante responsable, sino de una cabeza en su sitio. El verdadero chantaje de que es víctima es el del tiempo, que se le acaba. Y su actitud ante Marruecos, una súplica de epitafio. Pero la frontera seguirá ahí después de Sánchez. Y será otro presidente el que habrá de contestar a la pregunta: «¿Ordenará usted disparar contra los que violan la integridad territorial de España?» (Cosmopolita)Mr. Caldwell, Christopher, estuvo hace unos meses en Barcelona, invitado por el Círculo de Economía, y durante el viaje se llegó hasta Ripoll para hablar con Sílvia Orriols. Esta semana ha publicado una larga nota en el New York Times. Mr. Caldwell no es un becario, sino un hombre hecho, autor de varios libros y habitual de la prensa de élite anglosajona, desde la desaparecida The Weekly Standard hasta el Financial Times. De ahí que tengan tanto interés las grotescas informaciones sobre el nacionalismo catalán que incluye en su nota, epítome del celebrado sintagma acéfalo la prensa extranjera. Dice Mr. Caldwell: «La tradición que representa Orriols —el nacionalismo catalán— ha sido de izquierdas, contraria al autoritarismo y asociada a una élite cosmopolita de Barcelona». En efecto, es la tradición encarnada por Francesc Cambó, nacido en la muy cosmopolita Verges y criado en el mundano Besalú, líder de la Lliga, el partido que obtuvo más diputados en Cataluña en 1933, y uno de los dos financieros principales del golpe de Estado encabezado por el general Franco. La tradición se reproduciría en el franquismo con Jordi Pujol i Soley, banquero, aquel que describió al andaluz como un hombre poco hecho y que en las primeras elecciones autonómicas obtuvo una victoria que revalidó durante 23 años. «Los catalanes soportaron con dificultad cuatro décadas de dictadura, venerando su historia de resistencia y siendo a su vez venerados por ella, en buena medida gracias a Homenaje a Cataluña, de George Orwell». En efecto, ese es el título que sus editores idearon y el único homenaje a Cataluña que puede encontrarse en el libro de Orwell. «Cataluña fue el último bastión de la Segunda República española frente al levantamiento militar del general Francisco Franco, que triunfó gracias al respaldo de la Alemania nazi y la Italia fascista a finales de la década de 1930». En efecto, así lo prueban los artículos de Herbert Matthews, publicados en 1939 en el Times, en los que describe con amargura cómo Barcelona cayó mansamente a los pies del general Yagüe, sin luchar, dejando que Madrid se convirtiera en el último bastión de la República. «La antorcha nacionalista estuvo en otro tiempo en manos de quienes temían al fascismo. Ahora la llevan quienes temen al globalismo». En efecto, los temibles racistas. «La historia de Cataluña se remonta a Carlomagno». En efecto, Mr. Caldwell, pero ojo, porque un poco de Magno es mucho. (Ganado el 5 de septiembre, a las 12:09, leyendo en la prensa socialdemócrata que «una voz masculina le exigió que primero matara a sus hijos y luego se suicidara», y satisfecho así de que el juicio contra Lindsay Clancy vaya a repetirse y la condena del autor intelectual del crimen sea aún posible)