← Volver
elDiario.es ·

De darle la mano a Nelson Mandela a fotografiar la Ibiza hippie: “Estuve en el lugar correcto en el momento indicado”

Resumen

La vida de Allan Tannenbaum habría sido diferente, tal vez, si no hubiera viajado hasta Eivissa con una cámara en las alforjas de aquella Norton Commando que compró en Londres y terminaría rodando por las calles de Manhattan. Era el verano de 1970: la carrera de este fotógrafo –retratista de la contracultura de Nueva York en los setenta, periodista internacional en los ochenta y noventa, archivero de su propio banco de imágenes desde entonces– todavía no había comenzado. "Yo era un joven americano, graduado en Bellas Artes y con muchas ganas de ver mundo que viajaba a Europa por primera vez y quería conocer el Mediterráneo. Aquella ruta en moto que terminó en Ibiza fue muy importante para mí, en efecto.

La vida de Allan Tannenbaum habría sido diferente, tal vez, si no hubiera viajado hasta Eivissa con una cámara en las alforjas de aquella Norton Commando que compró en Londres y terminaría rodando por las calles de Manhattan. Era el verano de 1970: la carrera de este fotógrafo –retratista de la contracultura de Nueva York en los setenta, periodista internacional en los ochenta y noventa, archivero de su propio banco de imágenes desde entonces– todavía no había comenzado. "Yo era un joven americano, graduado en Bellas Artes y con muchas ganas de ver mundo que viajaba a Europa por primera vez y quería conocer el Mediterráneo. Aquella ruta en moto que terminó en Ibiza fue muy importante para mí, en efecto. En los círculos universitarios de Estados Unidos en los que me había movido se hablaba bastante de un lugar que, a diferencia de Mallorca, todavía no había estropeado del todo el turismo", cuenta Tannenbaum, explicando por qué condujo mil quinientos kilómetros hacia el sur para embarcarse hacia una isla que dio un giro a su vida: “La semana que pasé allí me marcó mucho, fue el inicio de todo lo que vino después”. Luce un frondoso bigote, canoso como el remolino de pelo que le crece en las cejas y la cabeza: Tannenbaum se conecta a la entrevista desde una habitación decorada con fotografías en blanco y negro. Es el recuerdo de un trabajo que no cesa: mantiene perfiles en redes sociales y sigue saliendo de casa con una cámara al hombro. Por ejemplo, una Hasselblad analógica que compró por internet hace unos años a un señor “de Kiev”. Saluda en castellano –el mismo idioma que usa para interrumpir un minuto la charla con una excusa de peso: “Tengo que sacar un pescado que tengo en el horno”–, aunque pide cortésmente pasarse al inglés para conversar sobre fotografía, música, política. El acento de Tannenbaum es yanqui, sí, pero sin exagerar. Desde hace una década, sólo vive en Nueva York la mitad del año. Ahora el fotógrafo está en Nazaré, Portugal. Frente a la ola más grande del Océano Atlántico, su mujer y él pasan los meses más cálidos, disfrutan de la jubilación, aprovechan para recorrer en coche la Península Ibérica: “Nos encanta Nerja, en Málaga”. Cumplidos los ochenta, el fotógrafo parece no haber perdido la pulsión que lo llevó de El Salvador a Filipinas o de Bagdad a Gaza, cuando documentó conflictos bélicos al final de la Guerra Fría. De hecho, su maleta está preparada para partir de nuevo. Cuando acabe la entrevista con elDiario.es, un taxi lo recogerá para llevarlo al aeropuerto de Lisboa. Hará –otra vez– escala en Barcelona y regresará a Eivissa: “Más de medio siglo después, quién lo diría”. Un carrete repleto de momentos únicos  El segundo viaje a la isla servirá, además, para inaugurar la primera exposición que realiza en España. Contrast Ibiza lo invitó hace unos meses y el fotógrafo no se lo pensó. Como la filosofía de este festival que ya suma seis ediciones es escarbar en la historia del rock and roll, la obra de Tannenbaum le iba al evento como anillo al dedo. En los setenta fue editor de fotografía de la revista SoHo Weekly News. Ese trabajo le permitió ser testigo directo de unos años vibrantes para la industria musical sin tener que salir apenas de su barrio neoyorquino. Casi todo sucedía en aquel rincón de la Gran Manzana. Valgan algunos ejemplos: James Brown pegando un bote en medio de una avenida de Manhattan. Bruce Springsteen y Steve Van Zandt –guitarras al aire– acompañando un solo de saxo de Clerence Clemons. Muhammad Alí preparando su picadura de abeja frente a un espejo. Jack Nicholson repantingado en un sofá regalándole al objetivo la más dura de sus miradas. Una Patti Smith angelical rasgando con desgana una eléctrica mientras John Belushi le pasa un brazo por encima del hombro. Bob Marley –cómo no– en chaqueta de chándal. El flequillo de Joe Strummer asomando por la ventanilla de un taxi amarillo. John y Yoko, de paseo feliz por Central Park. Mick Jagger haciendo muchas cosas –jangueando en Studio 54 con su esposa Bianca, aleteando los brazos como un ganso a la sombra de un rascacielos, dejándose abrazar por Dolly Parton en un camerino, abriendo la boca mientras comparte un piti y un trago junto al resto de los Rolling Stones…– y ninguna sobrio. O, simplemente, el skyline del downtown neoyorquino un atardecer cualquiera. El material que se muestra en la sala de exposiciones Walter Benjamin de Sant Antoni de Portmany está repleto de momentos únicos. Pero en el carrete de Tannenbaum habrá también una foto fuera de lugar y, al mismo tiempo, muy cercana para el público ibicenco. En esa imagen aparecen casas de paredes encaladas. Es una calla sin asfaltar. En primer plano, casi comiéndose el objetivo, el morro de una camioneta Barreiros. A su izquierda, de culo, un Renault L4 y, en el costado derecho, también de culo, un escarabajo de la casa Volkswagen. Todos los vehículos comparten matrícula: PM, Palma de Mallorca. Tras el amasijo de hierros se entrevé una terraza. Sillas y mesas llenas de gente en manga corta. Es un bar del que cuelga un letrero: English Pub. En la Eivissa de 1970, la Eivissa que conoció Allan Tannenbaum, lo nuevo y lo viejo chocaban sin remedio. –He elegido esa imagen –explica el fotógrafo– porque me gusta especialmente. Transmite mucho. Realmente, la isla era un lugar que parecía sacado de otra época… y al mismo tiempo, todo era muy moderno. La historia de España no me era ajena y, cuando, después de parar en París y atravesar Francia, crucé los Pirineos, de noche, antes de alojarme tres días en una pensión de Las Ramblas y coger el barco para llegar a la isla, sabía que entraba en un país bajo una dictadura. Lo primero que me llamó la atención fueron esos sombreros de tres picos que llevaba la Guardia Civil. –El tricornio. –¡Eso mismo! En Ibiza, veías a las parejas de la Guardia Civil cruzándose con aquellos carros tirados por animales en los que aún se movían los habitantes de la isla. Y, entre ellos, turistas como nosotros. Un álbum hedonista Antes de la entrevista, Tannenbaum ha enviado algunas fotografías por WhatsApp para ir abriendo boca. Es su álbum ibicenco: dos chicas descienden en bici por el Portal de ses Taules, unos cuerpos desnudos se tuestan en el tejado de una casa, unos bañistas almuerzan con los pies metidos en la arena dorada de s’Aigua Blanca... Utilizó un objetivo de 50 mm, fijo a un aparato de la marca Mamiya Sekor. La técnica y el equipo no son los que utilizará después, cuando se convierta en un profesional, pero ya se intuye una mirada documentalista en sus postales mediterráneas. Dos años antes de aquella aventura iniciática, Tannenbaum había congelado algunos momentos de una concentración antibélica en San Francisco con una Miranda de 35mm. Fue su primera experiencia como fotógrafo amateur. Ardía Vietnam y los jóvenes a quienes sus padres se lo podían costear escapaban del reclutamiento para entrar en aquel matadero. No pocos se acabarían ocultando en la Serra de Tramuntana o en los campos ibicencos. El cóctel que vendría después es de sobras conocido: naturaleza, amor libre, LSD. El poder de las flores. –¿Era cierto el mito hippie o se magnificó? –Bueno… Mi chance para venir a la isla fue un amigo que había alquilado una villa en el campo, bastante lejos de la ciudad. Como no tenía mucho dinero, dependía bastante de su hospitalidad, así que nos pasamos una semana tomando el sol, tocando la guitarra, bañándonos en playas salvajes. Recuerdo que pinté mucho y pasé horas escribiendo un diario. Para el visitante, aquella Eivissa era idílica: todo estaba anclado en el pasado y, al mismo tiempo, todo era muy libre. Se respiraba hedonismo y no hacía falta salir de fiesta para disfrutarlo. –En 1970, todavía no existían las discotecas, sólo algunos bares que pinchaban vinilos en Sant Antoni o en el puerto de Vila. Ahora, en cambio, hay decenas, quizás cientos de lugares, que podríamos llamar discoteca: en cualquier restaurante de playa pinchan electrónica y ya han empezado la temporada. ¿Te animarías a dar una vuelta por la fiesta ibicenca? Es un buen ejercicio antropológico. –[piensa unos segundos] Quizás ya esté un poco mayor para eso… ¿Sabes qué pasa? Yo viví una época de efervescencia en el Soho. El barrio se desindustrializa, la ciudad no tiene un duro, los índices de criminalidad son altísimos, el coste de la vida está por los suelos. Entonces, muchísimas mentes brillantes –escultores, pintores, poetas, músicos– se establecen en el mismo lugar y hay una explosión creativa. Yo pude fotografiarlo. Siento que estuve en el lugar correcto en el momento indicado. –La música disco, los inicios del rap, el auge de la salsa como género comercial: parece que en el Nueva York de finales de los setenta todo el mundo se la pasó bailando. ¿Sucedió así? –[sonríe] ¡Con Tito Puente lo pasamos muy bien! Qué tiempos. Curiosamente, creo que ya no quedan lugares a los que la gente vaya sólo a bailar cerca de otras personas. En los conciertos, a los jóvenes ahora parece que les interese más sacarse selfies o grabar vídeos para sus redes. ¡No prestan atención a lo que ven! –¿Las redes sociales y los móviles han matado la espontaneidad con la que se comportan los artistas en vuestra época… o es otro mito que tenemos los millennials? –Yo creo que es cierto. –Entonces, aquella famosa sesión que hizo con John Lennon y Yoko Ono abrazándose desnudos bajo unas sábanas blancas hoy sería impensable. Sin ir demasiado lejos: los fotógrafos están vetados en los conciertos de Rosalía. –Mira, yo no he vuelto a Ibiza, pero he tratado de seguir todo lo que ha ido ocurriendo en la isla durante las últimas décadas a través de reportajes y documentales. Todo se ha convertido en un negocio. ¿Qué pasó con el Nueva York de los setenta? Lo mismo. La ciudad nunca será aburrida, pero el éxtasis de esa época ya no volverá. Desapareció. –¿La culpa fue de los yuppies que salían en películas como Wall Street? –Empezó a haber dinero, las conversaciones cambiaron –se hablaba de activos y de acciones– y los espacios adorables se convirtieron en una fuente de ingresos. Vivimos de primera mano lo que luego se llamó gentrificación y se ha extendido por el resto del planeta. Algunos galeristas se hicieron ricos, pero muchos artistas tuvieron que marcharse del barrio. No podían pagar el alquiler. Aquellos cambios, en los noventa, se hicieron profundísimos. Fue entonces cuando se puso de moda gastarse setecientos dólares en una botella de champán y presumir de ello. La imagen que tengo en la memoria para definir esa época es la de unos tipos trajeados fumándose un puro a bordo de una limusina en busca de luces rojas. Pero, para entonces, yo ya me dedicaba a otra cosa. Dos décadas cubriendo conflictos A finales de los setenta, el fotógrafo estaba colapsado por las luces de Nueva York. Había pasado demasiadas noches fotografiando bajo los focos del Studio54 donde a Diana Ross, Truman Capote o Jacqueline Onassis se les hacía de día. Había entrado cientos de veces con la cámara al hombro en su garito preferido: el Mad Club, donde según cuenta, había “menos postureo” que en la discoteca fetiche de Andy Warhol. “Necesitaba un cambio”, explica. Otro viaje –a Israel, en 1979– se lo concedería. Se quitó la chupa de cuero y se vistió con ropa de camuflaje. Reorientó su carrera al periodismo de larga distancia, se metió en meollos bastante menos pacíficos que una gira de una banda de rock. La Revolución Sandinista (1980-1990), la Primera Intifada (1987), la Primera Guerra del Golfo (1990-1991) o la caída de Kabul en manos de los talibanes (1996) fueron algunos de los episodios que Tannenbaum reporteó para la agencia Sigma Photo News. “Ucrania o Irán son palabras mayores. ¿Está peor la escena geopolítica ahora que entonces?”, se pregunta para responderse a sí mismo: “Pues no sé qué decir. Por desgracia, el mundo es un lugar loco y agresivo. Por eso, hay que aferrarse a la esperanza. Eso fue lo que sentimos en Sudáfrica”. Allan Tannenbaum no quiere colgar sin hablar antes del apartheid. La primera vez que recorrió el país –1985– el supremacismo blanco resultaba incontestable. Pese al bloqueo internacional. “He estado en varias guerras, pero creo que aquel es el contexto con más violencia que me ha tocado vivir. La represión que pudimos documentar era terrible”, dice. Sus fotografías acabaron en una carpeta que el gobierno sudafricano –profundamente anticomunista– llevó a denegarle el visado durante un lustro. No fue hasta febrero de 1990 cuando pudo volver a Ciudad del Cabo, el epicentro del poder boer. Ya había caído el Muro de Berlín, la URSS estaba al borde de la desaparición, las guerras yugoslavas aún no se habían desatado, iban a liberar a Mandela después de veintisiete años preso en Robben Island. –¿Mandela desprendía la misma sensación delante de la cámara que todas esas estrellas del rock a las que habías fotografiado antes? –Era un tipo icónico, un símbolo de libertad para todos los sudafricanos que estaban oprimidos. Cuando lo liberaron, yo sentí, como pocas veces, que aquel día se estaba escribiendo una página de la Historia. Creo que hay que agarrarse a lo que representan personajes como aquel.  Es 12 de febrero de 1990, un día después de que el guerrillero que acabó apostando por la reconciliación pacífica en Sudáfrica haya salido de la cárcel. Los Mandela –Nelson y Winnie, su esposa– están sentados en la parte de atrás de un coche que circula por una pista de aeropuerto. Después de haberse reunido en Ciudad del Cabo con el arzobispo Desmond Tutu, vuelan hacia Johannesburgo. Un enjambre de cámaras los rodean. La ventanilla se baja y un tipo en sus cuarenta y cinco –luce un bigote frondoso, que ya canea, como el remolino de pelo que le crece en las cejas y la cabeza– dibuja una sonrisa de oreja a oreja. Al fotoperiodista, en vez de apretar el botón de su Canon, le sale del alma estrechar la mano al futuro presidente de Sudáfrica. Wim de Vos, un camarógrafo neerlandés de la CBS, capta el momento.  Allan Tannenbaum parece tenerle tanto cariño a esa instantánea sudafricana como a otra imagen que enviará después por correo electrónico. Quiere que aparezca en este reportaje. En la fotografía, el fotógrafo aparece sentado, la espalda ligeramente encorvada, en el asiento de una Norton Commando comprada en Londres. Luce un frondoso bigote, negro como el remolino de pelo que le crece en las cejas y la cabeza –lo lleva largo, con un look que recuerda a Frank Zappa– y su rostro parece cansado. Mira a cámara, como si desde esos portales de Brooklyn estuviera acordándose de Eivissa, la isla a la que ha tardado cincuenta y cinco años en regresar.