Ana Palacio: "Hay quien habla de que ya estamos en la Tercera Guerra Mundial. Si eso lo hubiese dicho alguien hace 20 años, nos habríamos reído todos. Hoy no se ríe nadie, por si acaso"
ResumenEn su libro, radiografía un mundo dislocado. No sé si hay traumatólogo capaz de volver a recolocarlo.Éste es un libro que llevo escribiendo 14 años -estará en librerías en 10 días-, que intenta ser explicativo, aportar claves para navegar este mundo dislocado, de incertidumbre, de riesgos nuevos. Los libros se escriben a sí mismos, te van pidiendo ir por determinados sitios, como los personajes en busca de autor de Pirandello. Porque hoy todo el mundo habla de crisis.
En su libro, radiografía un mundo dislocado. No sé si hay traumatólogo capaz de volver a recolocarlo.Éste es un libro que llevo escribiendo 14 años -estará en librerías en 10 días-, que intenta ser explicativo, aportar claves para navegar este mundo dislocado, de incertidumbre, de riesgos nuevos. Ese es el objetivo. Los libros se escriben a sí mismos, te van pidiendo ir por determinados sitios, como los personajes en busca de autor de Pirandello. ¿Y por qué ese título? Porque hoy todo el mundo habla de crisis. Y de una crisis te recuperas, más o menos, pero te recuperas. Una crisis no te altera permanentemente y de fondo. Pero en el mundo estamos ante una mutación, una auténtica metamorfosis. Va a ser un proceso largo, e ignoramos el resultado. No tengo la osadía de decir en qué va a parar esto, qué libélula va a salir resultante. Lo que momentáneamente tenemos es el mundo dislocado. Y aquí no hay traumatólogo. Se ha descuajeringado. Podría haber titulado el libro Un mundo descuajeringado. Es como está.¿Es posible seguir confiando en la fuerza del Derecho internacional?Realmente, lo que se ha dislocado es el andamiaje multilateral jurídico. Venimos del mundo visionario que ya proclaman Roosevelt y Churchill en la Carta del Atlántico de 1941. Con la experiencia de las dos guerras mundiales, el objetivo era consagrar una paz no basada en lo antiguo, que era el equilibrio de naciones, sino en la prosperidad a través del intercambio reglado. Y dio pie a la época de mayor prosperidad de la humanidad. Pero eso se ha dislocado, ya no funciona. Porque las reglas que se respetaban en el comercio, ahora se han arsenalizado. Tienes una materia prima fundamental y la usas de arma de presión, de coerción o de lo que haga falta. Todo se utiliza como arma. Como los accidentes geográficos. Nos dijo Friedman que el mundo es plano. Pues resulta que no. La geografía forma parte hoy de cualquier pensamiento estratégico. Ha habido una época larga en la que la geografía, los estrechos, los pasos, habían sido aplanados por el Derecho internacional, y eso se ha acabado. Los españoles, sin ir más lejos, no somos suficientemente conscientes de que somos guardianes de uno de los pasos estratégicos del mundo, la boca del Mediterráneo, de los dos lados del mar. Si tuviéramos esa idea geográfica, probablemente la política de Gobierno no sería la que ha sido.Subraya en el libro cómo de pronto la política internacional forma parte de la conversación de la barra de bar.Claro, esto se ha visto bien en Estados Unidos. En el final de la campaña para las midterms ha estado muy presente Ormuz. Porque ha entrado en la cesta de la compra, en el bolsillo, en el poder adquisitivo... El ciudadano medio no será un erudito en Derecho internacional, pero tiene una conciencia clara de que Ormuz repercute en la vida diaria., en la cesta de la compra. El otro día escuchaba yo a un grupo de referencia sobre las elecciones norteamericanas. De pronto una señora se levanta y dice a los expertos 'mire usted, los huevos no han subido, pero todo lo demás ha subido. Y eso tiene que ver con la gasolina. Y eso tiene que ver con la guerra de Irán'. Pues tiene toda la razón. Eso es un análisis geoestratégico fantástico. En las páginas se habla mucho de Europa. Puede usted presumir de que ya le reclamaba que despertara hace muchos años, cuando aún no era un imperativo tan extendido.Yo creo que Europa ha despertado, sí. Y tiene un diagnóstico sobre el mundo que navegamos muy claro. ¿Cuál es el problema? Que se tiene que levantar de la cama y actuar con firmeza. Europa es fantástica en la reflexión, en el diagnóstico, en acuñar expresiones atractivas como el efecto Bruselas, la soberanía estratégica, el poder regulatorio... Todos esos son términos preciosos, que tenían un valor antes, pero que hoy no nos valen. Porque el mundo se ha dislocado. ¿Y a qué esperamos para actuar? Pues tenemos un problema añadido y es que esta situación coincide con un momento en el que no hay ninguna afición a la cesión de soberanía, llevado a extremos escandalosos. Le pongo un ejemplo. Airbus, la corporación industrial, es un grandísimo triunfo de Europa. Y, curiosamente, se crea en los años 70 cuando las transferencias de competencias por los tratados comunitarios eran mucho menos que las actuales. Ahora los expertos coinciden en la necesidad del avión de combate FCAS, y Alemania y Francia no se ponen de acuerdo, por razones nacionales. Es decir, no tienen la visión que tenían en los años 70. A mí me preocupa porque lo veo absolutamente en todo. Hoy con la ola populista, identitarista, nacionalista o como cada uno la quiera denominar, porque hay distintas variantes, todo es freno a la cesión de soberanía. Lo hemos visto en materia de inmigración, con tantas voces que reclaman renacionalizar competencias. Así, Europa está en una situación muy complicada.La seguridad y la defensa son ejes troncales también de su libro. ¿Cómo se cambia la conciencia de ciudadanos programados para la paz perpetua ante un nuevo tiempo marcado por el retorno de los conflictos?Hay quien habla de que ya estamos en la Tercera Guerra Mundial. Si eso lo hubiese dicho alguien hace 20 años, nos habríamos reído todos. Hoy no se ríe nadie, por si acaso. Yo creo que al ciudadano hay que hablarle claramente, con la verdad. Y la verdad es que Europa se ha beneficiado de una época en que hemos vivido en una especie de limbo, porque habíamos externalizado la seguridad. Estados Unidos nos guardaba las espaldas y nosotros, mientras tanto, construíamos la paz dentro de Europa. Que ha sido un trabajo fantástico, ojo, uno de los grandes éxitos de la humanidad en el siglo XX. Pero ahora el mundo ha cambiado y nos tenemos que hacer cargo de nuestra seguridad. Tenemos una amenaza al este y al norte, que es Rusia. Y una amenaza al sur, con todo lo que está pasando en el Sahel sin ir más lejos. Ya no vivimos en ese mundo de paz perpetua. Y tenemos que tomar conciencia de ello. Y que nos digan que hemos podido crear un estado social fantástico pero porque no nos hemos hecho cargo de la defensa. Por eso yo considero irresponsable al presidente del Gobierno cuando dice que él no se siente vinculado por el Acuerdo de La Haya entre los países socios de la Alianza Atlántica y que él gastará lo que le parezca. La realidad es que necesitamos invertir más, porque necesitamos hacernos cargo de nuestra defensa. Eso hay que decírselo alto y claro al ciudadano. Y eso sólo se consigue de dos maneras: siendo más eficientes o subiendo más los impuestos. Y es una decisión que hay que tomar colectivamente. Pero desde luego Europa no puede seguir teniendo casi el 60% del gasto social del mundo con la riqueza cayendo en picado porque no estamos invirtiendo en lo que tenemos que invertir. Permítame cambiar de tercio. ¿De la política se sale?Diré que en la política se entra de muchas maneras. Yo he tenido una suerte inmensa. Entré en la política por la rabia de niño. Aznar me ofreció ir al Parlamento Europeo, que era una forma muy marginal de entrar en política. De hecho, mi hermana Loyola me dijo 'vas a dejar una carrera exitosa en la abogacía para irte al Parlamento en la Luna'. Pero mi especialidad era el Derecho europeo, se acababa de aprobar el Tratado de Maastricht que abría un montón de puertas. Y yo había crecido escuchando que Europa terminaba en los Pirineos. Cuando estudiaba en el liceo francés, algunos compañeritos, con siete u ocho años, me decían para fastidiar eso, que España no era Europa. En esa época yo era un 4x4, y le reté a uno, que en la pelea me partió un diente. La política en mi familia era mi hermana Loyola, ella sí que era una política de raza. Yo sentí que tenía la posibilidad de contribuir a demostrar que claro que España es Europa. Tanto como cualquiera. Y contribuir a esa aventura colectiva. El tiempo me llevó de unas a otras responsabilidades. Yo soy un caso atípico en España para la política. Pero así es la vida, que juega con cartas marcadas. Te va todo bien y haces cábalas de esto y lo otro, y va la vida que es la que reparte, te endilga el as de bastos. En ese tránsito espantoso del cáncer piensas que ya está, que tu vida se está acabando, y de pronto te saca el as de oros. Cuando Aznar me nombró ministra, hacía cinco días que había terminado una radioterapia brutal, pero brutal, brutal. Y así es la vida. Eso también lo aprendes en política. El derecho me ha enseñado a razonar. La política, a cómo tener que decidir sin contar con absolutamente todos los elementos, la extraordinaria responsabilidad aparejada. Porque no decidir tiene también consecuencias de idéntica trascendencia.La de lecciones de vida que debe de dejar el cáncer.Lo primero, al cáncer hay que llamarle por su nombre y no tenerle ese miedo cerval que incluso se mantiene hoy. Lo acabamos de ver con el Papa y los subterfugios hasta que han dicho que tenía cáncer. Cuando yo me estaba muriendo, la gente me hablaba de "estas circunstancias", "esta prueba", "esta situación dramática". Y yo me rebelaba. No, se llama cáncer, se llama cáncer. Y, luego, durante mucho tiempo parecía que te llevaba a una vía muerta. Y no, para nada. Hay vida después del cáncer. Por supuesto. Hay vida, y hay que pelearla hasta el último momento. A mí me ha enseñado dos cosas. La primera, que el cuerpo humano es una máquina maravillosa. Es cierto que yo tengo una resistencia que no es del todo generalizable. La segunda sí que es generalizable. El cáncer es un revelador de tus relaciones. Ves a los miserables que hay a tu alrededor -en mi caso esos que te trataban con condescendencia y sólo querían que dimitiera de mis cargos, cosa que yo nunca hice, porque no dejé de cumplir a rajatabla con los compromisos asumidos-. Pero también descubres gente de una generosidad extrema. Cuando en la partida te toca el as de bastos piensas: 'Todo se ha terminado, ya no hay juego'. Pues no, resulta que luego te llega el de oros. A usted la definen sus allegados no por casualidad como una mujer tenaz.O testaruda. Si tuviera que corregirme, que ya no lo intento, mi gran virtud y mi gran defecto es que no soy moderada. La moderación y yo somos un oxímoron. Ese es el resumen de mi vida en general. Soy extraordinariamente asimétrica, porque por un lado tengo una racionalidad muy clara de análisis, pero a la vez soy muy apasionada y entusiasta de casi todo, lo que deriva en una tendencia gravísima a la dispersión. La única manera de luchar contra eso es tener obligaciones [risa].Su etapa al frente de Exteriores estuvo sobre todo marcada por la guerra de Irak. Ha dicho en alguna ocasión que quizá al Gobierno le faltó algo de autocrítica, sin flagelación.En términos generales, considero que España hizo lo que tenía que hacer. Hoy vemos más claramente aún la importancia de apoyar, críticamente, pero apoyar, al aliado americano. Ahora nos damos cuenta del valor de esa alianza. Si tú cuentas a los Estados miembro de la Unión Europea de hoy, una mayoría, con distintos matices y distintos grados por sensibilidades muy variadas, apoyaron a Estados Unidos. España no participó en la fase ofensiva. España participó en la fase de reconstrucción. El encaje general fue apostar por una Europa atlantista. ¿Se puede hacer autocrítica un cuarto de siglo después? Por supuesto. Y me pesan mucho por ejemplo nuestros especialistas del CNI que murieron allí.Otro episodio clave en su etapa como ministra fue Perejil. Se ha recordado mucho aquel incidente a raíz de la grave crisis en Ceuta. No sé si le molesta que se caricaturice aquello...El éxito en la crisis de Perejil fue precisamente el que se pueda caricaturizar porque no pasó nada. Se bordeó una situación extraordinariamente grave. A Marruecos hay que tenerle extraordinario respeto. Es un país con unos desequilibrios socioeconómicos brutales pero con las ideas claras en cuanto a sus ambiciones y su política exterior, con una enorme fijeza. Creo que la élite marroquí es consciente de que lo de Ceuta fue un error garrafal, porque fue un escaparate de cómo los jóvenes no ven futuro en el país, y daña su imagen en el mundo de país moderno y para invertir. Rabat tampoco vio que la Unión Europea no es Sánchez y que la percepción y la tolerancia de la inmigración ilegal han cambiado. Con Marruecos hay que tener una extraordinaria consideración y respeto, pero también una política de transparencia y firmeza. Y, francamente, no tener lastres, pies forzados, para defender el interés general. Se podrá decir lo que se quiera de Perejil, pero aquel gobierno mostró coherencia y eficacia. Una frívola. ¿Cómo se conquista a Colin Powell?¿Por qué establecí yo esa relación con Colin Powell? Pues de nuevo la vida. Porque, de casualidad, aburrida en un aeropuerto, entonces todavía no teníamos libros electrónicos, compré sus memorias y me las leí. Y, entonces, el día que me nombran ministra y me dicen que quiere hablar conmigo por teléfono el secretario de Estado de EEUU, de forma espontánea me salió decirle 'antes de que usted hable como secretario de Estado y yo como ministra de Asuntos Exteriores del Reino de España, déjeme decirle como ciudadana del mundo lo que me han gustado sus memorias, lo que he aprendido de ellas'. Tras un larguísimo silencio me pregunta '¿y qué parte le ha gustado más?' Entonces, me eché a reír y le dije 'me han nombrado ministra esta mañana y no ha dado tiempo a tener talking points, qué quiere, que le diga cuando sele cayó el helicóptero, quiere que le diga cómo le pidió la mano a su mujer, quiere que le diga cómo usted aprendió español mientras crecía en el Bronx?'. Y así hasta que ya me pidió que parara. Me había picado y yo quería abrumarle, claro que lo había leído . En la despedida de aquella primera conversación es cuando me dijo "Call me Colin", a lo que, lógicamente contesté "Call me Ana"Usted tiene un gran sentido del humor. Que haya sustituido en el libro una foto canónica suya por una caricatura lo ejemplifica bien.Bueno, es que no hay cosa que mejor traduzca una emoción, un sentimiento, que un buen pintor, un buen artista plástico en general. Gallego y Rey, que, por cierto, fueron críticos con el gobierno y conmigo, al final de mi mandato me regalaron esa caricatura. ¡Y soy tan yo! Los pelos, la narizota, la menina mucho antes de que se pusieran de moda las esculturas de meninas por las calles. Me siento absolutamente representada en esa caricatura.La ha mencionado ya antes. Su libro va dedicado en especial a su hermana Loyola.Es que se cumplen 20 años de la muerte de Loyola dentro de unos días. [Ana Palacio se quiebra por unos instantes] Oye, esto no estaba en el guión. A ver... hay que tener en cuenta que la que se iba a morir era yo. Eso es así, así de trágico, si quieres. Y yo sigo aquí, rozagante. Era una grandísima política y la echamos tanto de menos. Loyola y yo discutíamos muchísimo, de todo. Y yo ahora no puedo dejar de preguntarme qué diría ella de esto y de lo otro.