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Alpe d’Huez se reinventa: "La etapa más dura de la historia"

Resumen

Sus 21 curvas, su interminable pasillo de aficionados y la colección de campeones que han levantado los brazos en su cima la han convertido en uno de los grandes santuarios del ciclismo. Sin embargo, más de siete décadas después de su aparición en el Tour de Francia, la montaña alpina todavía era capaz de esconder un secreto. La organización lo desvelará este año con una apuesta extraordinaria: dos finales consecutivos en Alpe d’Huez, pero alcanzados mediante recorridos completamente diferentes. La primera jornada respetará el ritual clásico.

Alpe d’Huez no necesita presentación. Sus 21 curvas, su interminable pasillo de aficionados y la colección de campeones que han levantado los brazos en su cima la han convertido en uno de los grandes santuarios del ciclismo. Allí no se gana únicamente una etapa. Allí se entra en la historia. Sin embargo, más de siete décadas después de su aparición en el Tour de Francia, la montaña alpina todavía era capaz de esconder un secreto. La organización lo desvelará este año con una apuesta extraordinaria: dos finales consecutivos en Alpe d’Huez, pero alcanzados mediante recorridos completamente diferentes. La primera jornada respetará el ritual clásico. El pelotón llegará desde Gap y ascenderá hacia la estación por la carretera que convirtió el puerto en leyenda, con sus 21 curvas de herradura y un ambiente que suele transformar la montaña en un estadio al aire libre. Un día más tarde, la carrera regresará a Bourg d’Oisans, aunque esta vez no seguirá el camino conocido. Los corredores deberán afrontar la vertiente del Col de Sarenne, una carretera mucho más salvaje, estrecha e irregular que hasta hace poco parecía incompatible con el paso de una prueba de la dimensión del Tour. Será la última gran batalla antes de París. El doble paso por Alpe d’Huez no responde únicamente a la voluntad de rendir homenaje a uno de los lugares emblemáticos de la carrera. También muestra la intención del Tour de explorar nuevos territorios dentro de escenarios aparentemente conocidos. Durante décadas, Alpe d’Huez ha estado asociado a un único acceso. Desde Bourg d’Oisans, la carretera comienza a elevarse casi sin previo aviso y encadena las curvas numeradas que llevan los nombres de los campeones que han ganado allí. "Una discoteca a las dos de la madrugada", resume el británico Geraint Thomas para mostrar lo que supone este puerto La imagen forma parte de la memoria colectiva del ciclismo: los corredores avanzando entre bengalas, banderas y aficionados situados a escasos centímetros; los favoritos atacándose entre una multitud ensordecedora; y la estación apareciendo al fondo después de una ascensión en la que resulta imposible esconder cualquier debilidad. Pero la segunda llegada romperá ese guion. La carrera accederá por Sarenne, un paso montañoso situado al otro lado de la estación que durante mucho tiempo fue contemplado más como una salida que como una posible vía de acceso. Su carretera, rugosa y expuesta, se adentra en un paisaje mucho más solitario. No posee el aspecto monumental de las 21 curvas, aunque ofrece una dureza y una sensación de aislamiento capaces de alterar por completo la carrera. “La idea ya no es ascender por el Col de Sarenne, sino escalar por esta vertiente que hasta hace poco muchos consideraban impracticable”, explica Christian Prudhomme, director del Tour. La jornada definitiva no será únicamente una nueva subida a Alpe d’Huez. Antes de alcanzar Sarenne, el pelotón deberá superar una sucesión de dificultades que convertirán el recorrido en una prueba de supervivencia. Desde Bourg d’Oisans, los ciclistas abordarán algunas de las carreteras más exigentes de los Alpes. El encadenado de puertos y la acumulación de kilómetros de ascensión irán desgastando al grupo antes de que aparezca la vertiente desconocida. Prudhomme lo resume sin rodeos: “Es la etapa de montaña más dura de este Tour, con 3.450 metros de desnivel”. La cifra explica una parte de la dificultad, pero no toda. La etapa llegará al final de tres semanas de competición, cuando las fuerzas estarán al límite y cualquier pequeño desfallecimiento podrá traducirse en minutos. No habrá margen para corregir errores ni una montaña posterior en la que recuperar el terreno perdido. El Tour se decidirá allí, entre carreteras estrechas y un paisaje abrupto, con París esperando al día siguiente. El Col de Sarenne no es completamente desconocido para el Tour. La carrera lo utilizó en 2013 durante una jornada histórica que incluyó dos ascensiones a Alpe d’Huez. Aquel día, los corredores subieron primero por las 21 curvas tradicionales, atravesaron la estación y descendieron por Sarenne antes de regresar a Bourg d’Oisans para afrontar otra vez el ascenso clásico. Christophe Riblon consiguió la victoria después de una etapa marcada por el espectáculo, el desgaste y la tensión que provocaba un descenso considerado especialmente delicado. Aquella experiencia abrió una puerta. El Tour comprobó que Sarenne podía formar parte de un recorrido de máxima exigencia, aunque durante años permaneció como una alternativa reservada para ocasiones excepcionales. Ahora, la organización ha dado un paso más. En lugar de utilizarlo como descenso, lo convierte en el acceso definitivo a Alpe d’Huez. El sentido de la carretera cambia y también lo hace su papel dentro de la carrera: ya no será una zona de transición, sino el escenario en el que los aspirantes al podio deberán jugarse esta carrera. La vertiente de Sarenne planteará un desafío diferente al de la subida tradicional. En las 21 curvas, los corredores conocen casi cada metro. Los equipos manejan datos acumulados durante décadas y los ciclistas pueden identificar con facilidad los lugares en los que conviene atacar, recuperar o guardar fuerzas. En Sarenne habrá muchas menos referencias. El firme, la anchura de la carretera y los cambios de pendiente exigirán una gestión distinta. También influirá el entorno. En lugar del bullicio constante de la subida clásica, buena parte del ascenso transcurre por un paisaje más abierto y desprotegido, en el que el viento y las condiciones meteorológicas pueden adquirir un protagonismo decisivo. Ese carácter imprevisible es precisamente lo que busca la organización. El Tour moderno intenta evitar que las grandes etapas queden reducidas a un ataque en los últimos kilómetros. Para ello necesita recorridos que generen dudas, obliguen a los equipos a tomar decisiones y castiguen cualquier estrategia demasiado conservadora. Sarenne reúne todos esos ingredientes. Alpe d’Huez también está construido sobre recuerdos. Fausto Coppi fue el primer vencedor en 1952. Después llegaron nombres como Joop Zoetemelk, Peter Winnen, Marco Pantani, Lance Armstrong, Carlos Sastre, Thibaut Pinot o Geraint Thomas. Cada época encontró allí su propia historia. Pantani, uno de los ciclistas más asociados a esta montaña, describió en su momento la crudeza de aquellos caminos: “La carretera era vieja, rota y estrecha. Aun así, debía afrontarla. Yo amaba la montaña”. La frase encaja con el espíritu de la nueva propuesta. Sarenne recupera una forma de ciclismo menos previsible, alejada de los grandes accesos y las carreteras perfectamente acondicionadas. Una ascensión en la que la belleza del paisaje convive con la incomodidad y el sufrimiento. No será la imagen habitual de Alpe d’Huez, pero sí una forma diferente de alcanzar el mismo lugar mítico. La combinación de las dos etapas podría resultar devastadora para los aspirantes a la general. El primer día, la subida clásica obligará a los favoritos a exponerse en las 21 curvas. El segundo, sin apenas tiempo para recuperarse, llegará una jornada todavía más larga y dura. Quien salga debilitado de la primera llegada tendrá que decidir si arriesga desde lejos en la segunda. Quien consiga defender su posición deberá controlar una etapa difícil de gobernar. Y quien conserve fuerzas podrá encontrar en Sarenne el terreno ideal para lanzar el ataque definitivo. Esa sucesión convierte Alpe d’Huez en algo más que una meta. Durante 48 horas será el centro absoluto del Tour, el lugar en el que se repartirán victorias, se quebrarán ambiciones y posiblemente se decidirá el dueño del maillot amarillo. La primera ascensión servirá para reencontrarse con la leyenda. La segunda, para escribir una nueva. Alpe d’Huez seguirá mostrando sus curvas numeradas, sus multitudes y su historia. Pero el Tour llegará también por una carretera que durante mucho tiempo fue considerada imposible. Setenta y cuatro años después de su estreno en la carrera, la montaña más famosa del ciclismo todavía tiene caminos por descubrir." Carlos Sastre recuerda el Alpe d’Huez como el escenario que cambió para siempre su carrera. “Supuso mi coronación como ciclista profesional”, asegura el ganador del Tour de 2008 en una entrevista de EFE. Aquel día, ante la falta de una estrategia clara en el CSC, el abulense tomó la iniciativa, ordenó endurecer la carrera y atacó desde el inicio de la ascensión. “A partir del kilómetro cuatro empecé a sufrir mucho, pero recordé que todo lo que hice para ser profesional supuso sufrimiento y dolor. Ese sufrimiento se convirtió en motivación”, rememora. La victoria le permitió vestirse de amarillo y encaminar un Tour que conquistaría tres días después en París. Sastre describe la llegada en solitario como una sensación de “paz” después de alcanzar el objetivo por el que había luchado toda su vida. Su nombre permanece desde entonces en la curva 17 del puerto alpino: “Formas parte de esa leyenda del Alpe d’Huez”. Sobre la edición actual, el exciclista considera que el dominio de Tadej Pogacar resta incertidumbre y espectáculo, aunque reivindica a quienes siguen intentando desafiarle y defiende la actuación de Juan Ayuso: “Está compitiendo con los mejores ciclistas del mundo y para mí no está siendo una decepción”. Todo se decidirá en esta icónica montaña.