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ABC ·

Nos vamos a volver todos bobos

Resumen

En la portada de una publicación semanal que no es esta, sacan a unos muchachos y muchachas que se ganan la vida hablando a cámara y diciendo sandeces sobre sus vidas. A mí me parece que cualquier vida –políticos, trabajadores del metro, enfermeras, billonarios, cuidadoras ... de ancianos– puede ser interesante si sabes contarla y no vives para contarla. Ser interesante y transmitir las cosas de una manera fascinante no depende de la formación, sino de la inteligencia.

En la portada de una publicación semanal que no es esta, sacan a unos muchachos y muchachas que se ganan la vida hablando a cámara y diciendo sandeces sobre sus vidas. A mí me parece que cualquier vida –políticos, trabajadores del metro, enfermeras, billonarios, cuidadoras ... de ancianos– puede ser interesante si sabes contarla y no vives para contarla. Ser interesante y transmitir las cosas de una manera fascinante no depende de la formación, sino de la inteligencia. Los muchachos que menciono viven para contar lo que les pasa, van a restaurantes para filmarse comiendo ostras o panceta, navegan por el Mediterráneo rodando puestas de sol tuneadas mientras hablan de lo guay que es la «desconexión» para «encontrarse». Algo bueno hay en todo esto: los que miran, los que miramos, parece ser, según los sociólogos y las estadísticas, ya estamos hasta el gorro de las ostras con aliño de ponzu ajenas y las puestas de sol tuneadas y los culos Kardashian, y ya no les alimentamos como antes. Y si nosotros no les alimentamos, las marcas dejarán de apoquinar para que esta pandilla de vagazos (me iba a reprimir, pero ¿para qué?: VAGAZOS y VAGAZAS) se pegue la vida padre creando 'contenido' (tiene delito que lo más vacío del mundo se llame así). Estamos jugando a un juego frívolo, pero que rápidamente ha girado a peligroso: ¿no es acaso el presidente Trump un caso extremo de la 'kardashización' del mundo?Creo que, como una de ellas me dijo en una ocasión, mientras yo hacía esfuerzos para que no se me desencajara la mandíbula, mi generación (y cualquiera de cualquier generación con dos dedos de frente) no entiende que lo de filmarse paseando en slow motion con una pamela blanca por los jardines de un hotel, acariciando los setos de lavanda, es un «trabajazo» (sic). Cultivar lavanda, regarla, cosechar lavanda, hacer con la lavanda saquitos que huelan bien es un trabajo: pasar la manita por encima vestida con una pamela, no, le dije yo.Me miró con cara de «tía, no entiendes nada». Supongo que yo ni siquiera tengo claro lo de los saquitos de lavanda…Lo que más me preocupa de todo esto es que estamos aupando, siguiendo y enriqueciendo a auténticos inútiles. Estamos jugando a un juego frívolo, pero que rápidamente ha girado a peligroso: ¿no es acaso el presidente Trump un caso extremo de la 'kardashización' del mundo? ¿Qué nos pasa por la cabeza para confundir fama y sustancia, simulacro y talento? ¿Por qué nos pasamos horas —y al que esté libre de pecado, desde aquí mi más sincera admiración— mirando vídeos de gatos y perros en hogares idílicos, bebés perfectos que no existen, coreanas de pieles de cristal hablando de sus rutinas de belleza en 17 pasos, mientras el mundo se va al carajo? ¿Por qué ahora somos incapaces de interpretar un mapa, de hacer una suma sencillita o hasta de cocer un huevo sin recurrir a algún sistema de IA? Y la pregunta que me aterra más: ¿es la decadencia del mundo influencer la antesala de algo aún mas estúpido? ¿Nos vamos a volver todos bobos? ¿Lo somos ya? A todo esto, en algunos países ya hay niños a los que sus padres les han puesto ese nombre que he intentado evitar a toda costa en este texto: 'Algoritmo'.