Desde Soria contra Trump
ResumenNo había ninguna imagen que pudiera competir por la portada del viernes con la que tomó Alberto Rojas en su primer paseo por las fantasmales calles del petroparaíso de Dubai: allí quedaban retratadas las consecuencias de la Tercera Guerra del Golfo para los aliados árabes de EEUU vecinos de Irán, despojados por los drones low cost de los ayatolás de toda su aura de seguridad y gran lujo. Entre las fotos descartadas aquel día figuraba una más discreta, en la que se veía un tractor avanzando lentamente por una carretera castellana, con una pancarta colgada del radiador: «El precio del gasoil, ruina del campo». Las elecciones que se celebran hoy en Castilla y León son las primeras urnas españolas que miden el impacto social de la política de poder de Donald Trump. No sólo en su dimensión simbólica o moral, que también, sino como amenaza material y cotidiana.
No había ninguna imagen que pudiera competir por la portada del viernes con la que tomó Alberto Rojas en su primer paseo por las fantasmales calles del petroparaíso de Dubai: allí quedaban retratadas las consecuencias de la Tercera Guerra del Golfo para los aliados árabes de EEUU vecinos de Irán, despojados por los drones low cost de los ayatolás de toda su aura de seguridad y gran lujo. Entre las fotos descartadas aquel día figuraba una más discreta, en la que se veía un tractor avanzando lentamente por una carretera castellana, con una pancarta colgada del radiador: «El precio del gasoil, ruina del campo». Las elecciones que se celebran hoy en Castilla y León son las primeras urnas españolas que miden el impacto social de la política de poder de Donald Trump. No sólo en su dimensión simbólica o moral, que también, sino como amenaza material y cotidiana. Allí donde la industria y el agro pesan como en pocos lugares de España, Oriente Próximo y el nuevo desorden mundial se convierten en economía doméstica. De no ser por esa incertidumbre, se diría que la campaña ha discurrido bajo el radar, al margen de la histeria política en que acabaron convertidos los comicios anteriores por las urgencias personales de Pablo Casado, que salió con síntomas de rigor mortis concretados 72 horas después. Castilla y León ha funcionado históricamente como sismógrafo del centro derecha porque expresa su verdad sociológica: desde que José María Aznar anticipó en 1987 que podía absorber el centro político en una derecha de poder, en el Colegio de la Asunción gobierna sin interrupción el PP. En 2022 adelantó la nueva arquitectura del bloque conservador: la convivencia ineludible entre un PP de gobierno y una derecha identitaria en ascenso. La derecha volverá a sumar más del 50%. Descontado que el presidente será Alfonso Fernández Mañueco y que necesitará a Vox, la cita de hoy representa un test de estrés decisivo para el equilibrio de fuerzas entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal: el resultado determinará el modelo de relación entre los dos partidos, condicionará las negociaciones pendientes en Extremadura y Aragón y decidirá quién llega con la iniciativa moral al examen final de Andalucía, la verdadera piedra de toque del cambio de ciclo nacional si Juanma Moreno retiene su mayoría absoluta. El objetivo del PP es frenar a Vox antes de la barrera psicológica del 20%, pero sobre todo ser capaz de crecer aunque lo haga su adversario populista, o al menos no caer. El PP ha repetido en el final de campaña la estrategia de confrontación con Vox que ya ensayó María Guardiola en Extremadura: ha planteado una dicotomía entre una marca estabilizadora, creíble y sistémica, la única que presenta un balance útil de gestión y podría gobernar (el PP), y la fuerza de bloqueo que trata de dificultárselo o impedírselo (Vox). La franquicia trumpista en España se enfrenta a su propio techo en Castilla y León, donde su paso por el Gobierno fue un sonado fracaso, y ha protagonizado en las semanas previas episodios autoritarios de purgas internas. Si en este contexto continúa imparable y supera el 20%, Abascal verá refrendadas su apuesta por Trump y la mano de hierro y sus aspiraciones de sustituir al PP. Significará que ninguna circunstancia le detiene como receptor de las nuevas sensibilidades del siglo XXI, del antisanchismo y del voto protesta del malestar social. Ante esta atmósfera el PP sólo puede mantenerse sólido o Feijóo tendrá que prepararse para pasar el quinario con Vox. Si Vox frena, todo cambia. Pedro Sánchez llega a Castilla y León con la tranquilidad de haber instalado la apariencia de que en las elecciones regionales no pone nada en juego: le da igual ganar o perder. Que todo lo malo que pueda decirse de hoy es que el PSOE no tiene ninguna posibilidad de gobernar a él le da lo mismo. El presidente ha agitado la pancarta del No a la Guerra de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero para anticiparse a sus consecuencias reales sobre la vida de la gente, pero principalmente para etiquetar como trumpista a la inevitable coalición de las derechas. La realidad es que el candidato Carlos Martínez, solvente alcalde de Soria, ya traía en las encuestas un resultado meritorio que permitiría al PSOE mantenerse aunque al precio de absorber a la extrema izquierda. El discurso binario del No a la Guerra sirve dentro y fuera de España a la misma estrategia divisiva de Sánchez porque, en medio de la decadencia de la socialdemocracia europea, estimula las contradicciones de la derecha liberal ante la emergencia arrolladora de los populismos. Le hace sentir moralmente incómoda. El debate de fondo en todo el continente es el mismo que tiene que resolver Feijóo: cómo incorporar a su agenda las demandas fundamentadas de tantos ciudadanos sobre seguridad, soberanía, inmigración, competitividad o culturas políticas sin perder su identidad como fuerza de gobierno europeísta, homologable y solvente. Y hacerlo bajo la sombra de Trump, así en Matapozuelos como en Bruselas.