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El Mundo ·

Diego, el profesor con autismo que transforma la educación de niños con TEA: "Los niños se sienten más cómodos con alguien a quien perciben como similar"

Resumen

"La idea es que puedan integrarse en esta sociedad en pequeño que tenemos para luego saltar al mundo exterior". Escuchar estas palabras en boca de la directora Valentina Benéitez cobra un sentido completamente diferente cuando uno camina por los pasillos de la Escuela Infantil Adela Abrines, en el corazón del distrito madrileño de Latina. Tras las puertas de este centro, se hace evidente que el inicio del curso no es un mero regreso a la rutina, sino que es el reencuentro de una sociedad que desafía los cánones de la estandarización educativa. En la atmósfera del colegio se siente cómo cobra vida esa inclusión real que ronda el 14% del alumnado.

"La idea es que puedan integrarse en esta sociedad en pequeño que tenemos para luego saltar al mundo exterior". Escuchar estas palabras en boca de la directora Valentina Benéitez cobra un sentido completamente diferente cuando uno camina por los pasillos de la Escuela Infantil Adela Abrines, en el corazón del distrito madrileño de Latina. Tras las puertas de este centro, se hace evidente que el inicio del curso no es un mero regreso a la rutina, sino que es el reencuentro de una sociedad que desafía los cánones de la estandarización educativa. En la atmósfera del colegio se siente cómo cobra vida esa inclusión real que ronda el 14% del alumnado. Al entrar a las aulas específicas para niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), destaca un bullicio constante en un espacio donde apenas existe el silencio. Fue en este escenario donde, durante tres intensas semanas de mayo, se incorporó un elemento revolucionario: Diego Alfonso, un joven estudiante de Integración Social de la Comunidad de Madrid que, además de realizar sus prácticas profesionales, comparte el mismo diagnóstico que los pequeños a los que debía guiar. La presencia de un profesor en prácticas con TEA en una etapa tan temprana como la educación infantil (de 3 a 6 años en estas aulas específicas) supone un hito que desmantela los prejuicios tradicionales de la pedagogía. El motivo de la elección vocacional de Diego tiene sus raíces en su propia biografía; él mismo cuenta que eligió este grado porque era algo que le había "llamado la atención cuando estaba de pequeño en el colegio". En su infancia, el panorama de apoyo era casi inexistente. Explica que "estuvo en un programa, pero todavía no existían las aulas TEA". Para el joven, la precocidad del diagnóstico y la intervención temprana constituyen la piedra angular del desarrollo cognitivo y social de las personas, y asegura que "empezar a trabajarlo lo antes posible te ayuda de cara a cuando ya has crecido más". El día a día en un centro que alberga dos aulas TEA, con cinco niños por clase atendidos por maestras especializadas, es un entorno diseñado para combatir la rigidez inherente al trastorno. Por lo que, a pesar de contar con la formación teórica, el choque con la realidad del ruido y la volatilidad de los niños supuso un desafío mayúsculo para el propio integrador, ya que Diego padece hipersensibilidad auditiva, una de las características más comunes del espectro, por lo que le molestan los ruidos fuertes, y más cuando son continuos. Reconoce abiertamente que aprender a soportar estas situaciones es una cosa en la que ha estado "trabajando bastante tiempo, porque cuesta concentrarse". UN VÍNCULO BASADO EN LA EMPATÍA Valentina Benéitez, que lleva 21 años al frente de la institución y es una de las responsables de la metamorfosis del centro desde la apertura de la primera aula de apoyo a la integración en 2008 y la primera aula TEA en 2014, subraya el incalculable valor pedagógico de la experiencia de Diego. Las docentes Natalia Cobollo y Sofía García coinciden en que las prácticas sirvieron para humanizar la teoría y obligaron al equipo a reajustar sus propios ritmos. Natalia, testigo de los momentos de saturación del joven durante momentos de mucho barullo, afirma que "ha hecho un esfuerzo inmenso". El aula TEA de la Escuela Infantil Adela Abrines.M. S. La verdadera magia de las prácticas de Diego Alfonso se manifested en el vínculo que logró establecer con dos alumnos del aula TEA con severas dificultades de comunicación y autorregulación emocional. Mientras las profesoras debían descifrar las conductas mediante la observación, Diego les ayudaba desde la empatía de la experiencia vivida. "Me veo reflejado", afirma. Esta ventaja le permitía prever las crisis de frustración antes de que el llanto o las conductas autolesivas se desencadenaran, guiando a los pequeños hacia sus intereses para que pudieran desconectar. Los propios alumnos identificaron de inmediato que aquel nuevo profesor habitaba y entendía su mismo universo conceptual y sensorial. Estar con Diego se convirtió en un espacio seguro para los niños, un territorio libre de la obligación de socializar. El profesor recuerda: "Sobre todo uno de ellos se acercaba a mí en todos los patios cuando estaba cansado". El menor buscaba refugio junto a su maestro, sentándose en silencio a su lado para jugar o charlar desde "un punto de vista tranquilo". El joven de 22 años concluye que "si han estado el suficiente tiempo, sí se sienten más cómodos con alguien a quien perciben como muy similar". El testimonio de Diego no solo avala la necesidad de repensar las metodologías de inclusión escolar, sino que reivindica el papel activo de los adultos con TEA dentro del mercado laboral y los equipos multidisciplinares. "El hecho de que trabajen contigo en la infancia es vital, es el momento en el que tu cerebro es más flexible", relata. La diferencia entre recibir apoyo o ser abandonado a la incomprensión institucional marca el destino de las personas neurodivergentes. Por su parte, Natalia Cobollo defiende que contar de forma fija con un profesional con TEA en el equipo escolar "aportaría explicaciones clave". Diego Alfonso leyendo un libro con uno de sus alumnos en el aula TEAM. S. Frente a la incomprensión de la sociedad, la metodología de la Escuela Infantil Adela Abrines demuestra que la accesibilidad basada en la estructuración visual no solo beneficia a las personas con TEA, sino a la totalidad del alumnado. Valentina Benéitez evoca los tiempos en que las familias del barrio protestaban y retiraban a sus hijos del colegio al no aceptar la llegada de alumnos con necesidades especiales. Hoy, el panorama ha dado un vuelco absoluto y para la veterana directora, estar en un cole así "es lo mejor que puede pasarle a un niño, ver que no todos son iguales", ya que los pequeños actúan de manera protectora, asimilan la diversidad de códigos comunicativos y aprenden lecciones de empatía que no se imparten en ningún libro de texto. Al finalizar sus prácticas, Diego mira al futuro y expresa su deseo de ejercer en centros de idéntica metodología. Por su parte, la directora de la escuela guarda un sueño que resume la meta última de todo el proyecto: "Me encantaría que los niños de las aulas TEA volvieran al centro en el futuro. Eso significaría que han tenido una trayectoria educativa exitosa, que cada uno llegue hasta donde pueda llegar, pero que logren integrarse plenamente en una empresa, en un trabajo y en la sociedad. Por eso admiro el esfuerzo que ha hecho Diego aquí".