Sánchez, Ábalos y el final de la inventada
ResumenLa contundente sentencia contra José Luis Ábalos tiene aire de fin de época. Y como todo final, nos lleva directos al principio. Fue aquel momento estelar en que el animoso diputado socialista defendió la moción de censura contra Rajoy en nombre de Pedro Sánchez y de la regeneración democrática. Hoy, cuando el Tribunal Supremo le ha impuesto 24 años de cárcel, hay que regresar a aquella intervención suya de 2018 en el Congreso.
La contundente sentencia contra José Luis Ábalos tiene aire de fin de época. Y como todo final, nos lleva directos al principio. Fue aquel momento estelar en que el animoso diputado socialista defendió la moción de censura contra Rajoy en nombre de Pedro Sánchez y de la regeneración democrática. Hoy, cuando el Tribunal Supremo le ha impuesto 24 años de cárcel, hay que regresar a aquella intervención suya de 2018 en el Congreso. «Los españoles no podemos tolerar la corrupción ni la indecencia como si fuera[n] algo normal, no podemos normalizar la corrupción en nuestras vidas ni en las instituciones. La corrupción puede ser algo inevitable -nunca se podrá evitar-, pero no puede ser justificable. Y, en ese sentido, la decencia debe ser algo esencial, no accesorio». Nótese el inciso, ya que estamos. El segundo acto de este episodio nacional discurrió aquella noche de noviembre de 2024 en la que, a su salida de Soto del Real y tras confesar sus delitos e incriminar a medio PSOE, el comisionista Víctor de Aldama se comprometió a demostrar que en el Gobierno y en el partido la corrupción ha sido generalizada: «Que no se preocupe Pedro Sánchez, que va a tener pruebas». Hoy sabemos que fue un giro de guion determinante. En ese momento lo que vimos fue la rápida respuesta del presidente: «A ver, o sea, ¡menuda inventada! Tendrá que ser el señor Aldama quien pruebe esas insinuaciones y acusaciones. Todo lo que ha dicho este señor es categóricamente falso». Con estas 224 páginas de plomo ha empezado a escribirse el tercer acto. Por unanimidad -qué importante es esto-, los siete magistrados de la Sala de lo Penal -de las ramas conservadora y progresista- dan absoluta credibilidad a Aldama en casi todo lo que declaró, y le premian hasta el punto de ahorrarle la cárcel. Su sentencia dicta prisión para Ábalos y Koldo; en lo concerniente a Sánchez, lo que dicta es el final de la «inventada». El Gobierno y su ecosistema están poniendo el grito en el cielo porque el «nexo corruptor» no pisará una prisión. Ocurre lo mismo con la esposa del presidente: si hablamos del pasaporte, hablamos del juez Peinado y no de Begoña Gómez y su trama de influencias. De forma que ahora hay que hablar de Aldama y de los oscuros magistrados a los que ha subyugado, porque así no hablaremos de Ábalos ni de Sánchez. No hablaremos, en fin, del sentimiento de vergüenza que la corrupción fundacional del sanchismo despierta en el españolito que paga sus impuestos, acata la ley y con suerte tiene la casa hipotecada. La sentencia es dura. Es lo que tocaba. El que se ha llevado los billetes, los chalés y a las amantes no era el concejal de tu pueblo: era el ministro de las constructoras y, al mismo tiempo, el mandamás orgánico del partido en el Gobierno. Colocarle en esas dos posiciones privilegiadas fue la decisión personal, intransferible y sostenida de un presidente que primero lo echó sin dar explicaciones y después le siguió pagando con el dinero de todos sin explicárnoslo tampoco. Jamás, nunca, en palabras de Mercedes González. Tienen razón el rey Salomón Arrieta y los seis príncipes del Supremo, como tenía razón Ábalos en 2018: la corrupción a tan alto nivel destruye la confianza de los ciudadanos en la democracia. Que el ex ministro vaya a pasarse 16 años y medio en prisión ayuda a restablecerla. ¿Y Sánchez? Él también debería regresar al principio, a su vibrante discurso en la moción de censura: «¿Qué más tiene que pasar, señor Rajoy, para que entienda que su permanencia al frente del Gobierno es dañina y es un lastre no solamente para el país sino para su propio partido? ¿Se merece nuestro país estar pendiente de las sentencias que están al caer, como ha dicho antes el diputado Ábalos, por innumerables piezas de corrupción que supuestamente afectan al partido que usted lidera?». Coda: Pudimos asistir a la vista oral del caso Ábalos/Koldo/Mascarillas en el Supremo, el primer juicio a la corrupción de la era Sánchez. Fue historia de España. Ayer, en cambio, no pudimos ver las caras de Ábalos y de Koldo cuando conocieron sus destinos: siguieron la lectura del fallo por videoconferencia desde la cárcel. También se nos hurtó la reacción de Leticia de la Hoz, a la que la UCO acaba de situar en las cloacas del PSOE ofreciendo dinero a Carmen Pano para que cambiara su testimonio sobre las bolsas con billetes en Ferraz. El epílogo de la excéntrica abogada de Koldo ha sido apoteósico. Aldama, libre y redimido, sí estuvo presente. Se le vio satisfecho. «Espero que, con esta sentencia, los que vienen detrás colaboren», dijo. Quizá sus palabras resulten premonitorias otra vez. El Supremo ha abierto un camino para los aldamas en potencia, y él lleva el chaleco fluorescente.