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El aislamiento de la viuda de un sargento que mató ETA: «Antes tenía miedo, hoy me duele la soledad»

Resumen

Cerca de 800 kilómetros separan Lasarte de Medellín, en Badajoz. Conducir tanto tiempo sola le cuesta cada vez más. Sobre todo, desde que lidia con una larga enfermedad. hacer el viaje que tantas veces hizo en un solo día.

Cerca de 800 kilómetros separan Lasarte de Medellín, en Badajoz. Son algo más de siete horas de coche. Para Cati es casi una odisea. Conducir tanto tiempo sola le cuesta cada vez más. Sobre todo, desde que lidia con una larga enfermedad. Ya no puede ... hacer el viaje que tantas veces hizo en un solo día. Necesita tomárselo con calma y hacer parada a mitad de camino, pero no prescinde de todo lo que supone para ella volver a su pueblo, a su tierra. Este verano, como los anteriores, ha vuelto a subirse al coche con el arrojo y gallardía que la convirtieron en una de las voces más reconocidas de la lucha contra la banda terrorista ETA. Además, lo necesita más que nunca. Para respirar. Y para sentirse acompañada, algo que hace mucho no es capaz de sentir en el País Vasco. Venía, de hecho, sintiéndose físicamente mal desde hacía meses. Sin embargo, cuenta que, a mitad de camino, cuando paró a descansar y hacer noche en un hotel, sintió alivio: «He tenido que llegar a Valladolid para, simplemente, sentir que estoy en otro sitio». Sirve el detalle para entender el peso que hay detrás de lo que dice y cuenta. Su vida, su historia, está unida indisolublemente -en el sentido más literal- a la de Alfonso Morcillo, su marido. El 15 de diciembre de 1994, como sargento de la Policía Municipal de San Sebastián y mientras investigaba si había topos de ETA entre los agentes, salió de casa camino al trabajo. Era una mañana fría. Apenas anduvo unos metros cuando miembros del comando Donosti -entre ellos Francisco Javier García Gaztelu, alias 'Txapote', que fue condenado a 29 años- lo mataron de un disparo y, por supuesto, por la espalda. Tenía 40 años. Era un hombre «hecho a sí mismo». Llegó al País Vasco desde Extremadura con pocas posibilidades, pero logró hacerse un hueco y que su nombre fuese respetado. Tanto que le puso en la diana terrorista hasta que fue asesinado. Delante de su féretro, su mujer hizo una promesa que le ha ligado de por vida a Lasarte: «De aquí no me muevo, voy a luchar por tu memoria».Y así fue. Treinta y dos años después, Cati sigue viviendo en Lasarte. Los primeros años, reconoce que apenas salía de casa. Había perdido a su marido y permanecía en el mismo entorno donde estaban sus asesinos. Llegó a encontrarse pintadas con el nombre de Alfonso acompañadas de insultos. La penitencia, como bien recuerda, no terminaba con el asesinato, iba más allá. Así continuó varios años hasta que, a partir de 1998, las víctimas que permanecían en el País Vasco comenzaron a salir de la clandestinidad. Se reunían y hablaban hasta que decidieron hacerse visibles. «De alguna forma, nos convertimos en la voz de los asesinados, no tenían otra». «Memoria, justicia y verdad». Esa era la idea entonces y lo es ahora, tres décadas después. Porque Cati está convencida de que el camino recorrido por la sociedad vasca en todo este tiempo no ha llevado a las víctimas al lugar que esperaba. ETA dejó de matar, el miedo desapareció, pero lo que siente ahora en su entorno, admite, es peor: «Antes, al menos, callaban; antes los que te veían mal eran de ellos, pero ahora lo que duele son los que creías que estaban a tu lado» . Habla de vecinos y conocidos con los que ha compartido rutina. «Cada vez que sale uno parece un héroe», lamenta la viuda del sargento Morcillo que cree que están «reescribiendo la historia»Cati, que tantas veces ha guerreado por defender la memoria de su marido, siente que hablar en favor de las víctimas hoy te aísla: «Es mejor que no, porque (si hablas) te quedas en la completa soledad, como estoy yo ahora mismo, completamente aislada». Es una idea que repite continuamente mientras atiende a ABC, la del aislamiento. Ha entendido que los que antes permanecían callados ahora están empeñados en que el pasado no vuelva a ocupar espacio: «Están reescribiendo la historia». «Cada vez que sale uno de la cárcel es un héroe, les ponen pancartas», lamenta. Una situación que contrasta, a su juicio, con el tratamiento que reciben las víctimas: «Ya no tenemos nada, no nos queda nada» . Homenajes a la memoria de Alfonso Morcillo en Medellín Estrella Domeque Cati también critica la política penitenciaria y el papel de las instituciones. Llega a hablar de una «amnistía encubierta» para referirse a la situación de los presos de ETA y asegura que nunca ha visto sacar a otros presos en las condiciones que salen los terroristas. Está convencida de que el crecimiento de Bildu va camino de superar al PNV y que mientras las víctimas han ido perdiendo espacio, el entorno de ETA mantienen su presencia. Recuerda como «antes había mas intención de ayudar». Ella, que trabajó durante años atendiendo a víctimas, lamenta que en la actualidad «solo se atienda al victimario».Entre esas familias que conoció y a las que ayudó está, sin ir más lejos, la de Miguel Ángel Blanco. Recuerda con todo lujo de detalle cuando su madre, Chelo, tocó a la puerta de su casa. Ya entonces Cati era de las pocas familiares de una víctima que seguía viviendo cerca del lugar donde habían asesinado, en este caso, a su marido: «Me sonaba su cara de haberla visto en la tele. Quería que la llevase hasta donde habían matado a su hijo, pero no pude acompañarla. Le expliqué cómo llegar, pero yo no podía». Ni en aquellos momentos de extrema dificultad llegó a sentirse, cuenta, como ahora.Cati, junto a Alfonso en una foto familiar CedidaUn refugio en ExtremaduraEl abandono que siente en Lasarte contrasta con lo que encuentra cada vez que regresa a Extremadura. Medellín no es solamente su pueblo. Allí está enterrado su marido, pese a haber nacido en Badajoz capital. Y allí, después de décadas peleándolo, tiene una calle en su honor, la calle Alfonso Morcillo, víctima de ETA: «Me preguntaron si quería que en el nombre de la calle pusiese víctima del terrorismo o víctima de ETA. Lo dije muy claro, de ETA» . Además de la calle, el Ayuntamiento de Medellín construyó un monumento en homenaje a él y al conjunto de las víctimas del terrorismo. Ese ha sido uno de los mayores logros de Cati: «Por fin mi marido es profeta en su tierra».La frase adquiere fuerza cuando sus palabras hacen entender que los pasos que ha dado durante 32 años, cada uno de ellos, solo han tenido como objetivo que el nombre de Alfonso Morcillo, y el de resto de víctimas, nunca se borrase de la historia. Durante 32 años, cada paso que ha dado Cati ha tenido por objetivo honrar la memoria de su maridoCati admite, en un momento dado, que sus problemas de movilidad y las secuelas que tiene de algunos tratamientos médicos se agravan en Extremadura por el calor. Cuenta que en el pueblo sus pies se hinchan y camina peor. En el País Vasco su enfermedad es más llevadera. Por eso le cuesta cada vez más volver, no solo por los 800 kilómetros que tiene que recorrer desde Lasarte. Sin embargo, hay algo que sigue ligándola al País Vasco. Allí está toda la vida que soñó construir con Alfonso. Allí está también la promesa que le hizo cuando murió. No se marchó cuando tenía miedo. No se fue cuando mataron por la espalda a su marido. No se fue cuando su familia le pidió que regresase. Y, sin embargo, ahora, es cuando más difícil se le hace estar allí. En Extremadura se reencuentra con Alfonso y con la sensación de que su memoria está mejor reconocida. Siente un respiro y que su lucha sirvió. Es un contraste inmenso, el que vive cada verano, pero, con todo y pese ello, volverá a Lasarte. Además, cuando se le pregunta por el futuro del País Vasco es tan contundente en el gesto y en sus palabras que lo que dice parece subrayarse: «¿El futuro? Para ellos lo veo bien, muy bien. Para las víctimas, de mal en peor» . Ahora ETA no mata, pero su día a día, al que volverá en unas semanas, es desolador: «Antes tenía miedo, ahora lo que me duele es la soledad». Eso sí, todavía le queda gente. Los de siempre, con los que sigue contando: los ex compañeros de su marido. Ellos no le han fallado en 32 años.Más de tres décadas después, Cati convive con la sensación de que, al menos en su particular rincón, no hubo -ni habrá- final feliz, pero allí seguirá. Y lo hará porque hasta en el momento de mayor decepción se despide con una frase que demuestra que sus pasos siguen recorriendo el mismo camino: «Gracias por no dejar que se olvide el nombre de Alfonso». Aislada o no, aunque sea en su pequeño rincón, la voz de Cati, sigue siendo la de su marido y la de tantos que, de la forma más vil, murieron de espaldas a sus verdugos.