Quién quiere defender hoy España: un día dentro de las escuelas que preparan a los militares del futuro
ResumenPara llegar a la Escuela de Especialidades de la Estación Naval de A Graña, en Ferrol, hay que atravesar un túnel viejo y estrecho de una sola dirección. Es un túnel de piedra y hormigón de apenas cinco metros de ancho que se construyó inicialmente para uso ferroviario, pero jamás desempeñó su función original y hoy sirve como vía de acceso limitada desde la costa gallega a las instalaciones militares de la Armada. Uno imagina que la entrada a la cueva de Batman en Gotham City debe de ser algo parecido a este pasadizo. Dentro, a los pies del monte Fontelo y junto a la ría, se esconde un recinto enorme edificado sobre un terreno de 276.000 metros cuadrados.
Para llegar a la Escuela de Especialidades de la Estación Naval de A Graña, en Ferrol, hay que atravesar un túnel viejo y estrecho de una sola dirección. Es un túnel de piedra y hormigón de apenas cinco metros de ancho que se construyó inicialmente para uso ferroviario, pero jamás desempeñó su función original y hoy sirve como vía de acceso limitada desde la costa gallega a las instalaciones militares de la Armada. Uno imagina que la entrada a la cueva de Batman en Gotham City debe de ser algo parecido a este pasadizo. Dentro, a los pies del monte Fontelo y junto a la ría, se esconde un recinto enorme edificado sobre un terreno de 276.000 metros cuadrados. Aquí estuvo en el siglo XVIII el primer Arsenal de Ferrol, funcionó luego como Provisión de Víveres y se convirtió después en Base de Submarinos y Torpedos. Hoy, Esengra (acrónimo de la Escuela) es uno de los principales centros de formación de marineros y suboficiales de la Armada española. El primer trimestre del curso acaba de arrancar con cerca de 380 alumnos. A partir de enero, la cifra se duplicará con los nuevos ciclos de formación y perfeccionamiento. Aquí, por ejemplo, está Roberto, de 24 años, nacido en el barrio de Caranza, en el mismo Ferrol. O Andrea, de 26, que vino desde San Fernando, en Cádiz. O Brenda, que ya tiene 40 y es madrileña aunque hija de peruanos. Brenda Alcántara entró en el Ejército con 18 años y a punto de empezar la carrera de Derecho sin saber muy bien dónde se metía. Ahora se prepara para ser suboficial de nuestras fuerzas navales. «No conocía de nada este mundo, pero me enamoré», reconoce. «La gente no entiende muy bien a qué nos dedicamos aquí, pero de nuestro trabajo depende la seguridad de todos los españoles. Nuestra presencia garantiza que mi hija, por ejemplo, sea libre el día de mañana y pueda crecer en un país seguro». Durante las dos últimas décadas, ella ha vivido desde dentro la transformación de una institución militar que ha dejado atrás buena parte del viejo modelo de ejército de reemplazo para convertirse en una fuerza profesional, más pequeña, más tecnológica, más especializada y mucho más acostumbrada a operar fuera de nuestras fronteras. Y, sin embargo, seguimos sabiendo muy poco de lo que ocurre más allá del túnel. Para saber másHistorias. España pasa de las guerras: "Plantear hoy el regreso de la mili sería un suicidio"Redacción: RODRIGO TERRASA MadridEspaña pasa de las guerras: "Plantear hoy el regreso de la mili sería un suicidio"Por qué los jóvenes quieren ser fontaneros, electricistas o carpinteros. "Quiero trabajar en algo que le pueda explicar a mi abuela"Redacción: RODRIGO TERRASA Madrid"Quiero trabajar en algo que le pueda explicar a mi abuela" En vísperas del Día de la Hispanidad, 25 años después del fin del servicio militar obligatorio en nuestro país y con el planeta inmerso en un cacao geopolítico de consecuencias imprevisibles, hemos recorrido distintos centros de formación para descubrir cómo son ahora nuestros militares, cuánto se ha transformado realmente el Ejército, por qué un joven querría hoy ingresar en las Fuerzas Armadas, qué perfil tiene el nuevo soldadito español... Y, en definitiva, quién está hoy realmente dispuesto a luchar por España, uno de los territorios con menos jóvenes convencidos de la necesidad de jugarse el pellejo por su país en caso de guerra. Según una investigación reciente del Centro de Estudios Geopolíticos de Riga, España está entre los nueve países de toda la OTAN con menos ciudadanos convencidos de la necesidad de luchar por su país si estallara un conflicto dentro de sus fronteras. Apenas uno de cada tres españoles iría voluntariamente al frente. Estamos lejos del 42% de Francia o Reino Unido, del 47% de Dinamarca, del 63% de Grecia o del 88% de Turquía, el país más comprometido con su defensa, justo por delante de Albania y Suecia. Un estudio anterior de Gallup, realizado en 45 países, nos situaba en el top 5 mundial de los lugares más alérgicos a las armas. «Somos un caso excepcional de todo punto», sostenía hace unos meses en estas mismas páginas Fernando Alejandre Martínez, general de Ejército en la reserva y Jefe del Estado Mayor de la Defensa (Jemad) entre 2017 y 2020. Entonces media Europa debatía sobre el regreso del servicio militar obligatorio en sus países a raíz de la guerra en Ucrania, una posibilidad que aquí jamás se ha contemplado seriamente. «El comportamiento de nuestra sociedad en temas de defensa es muy peculiar y muy diferente al de otras democracias avanzadas», explicaba el ex Jemad. «Tenemos diferencias de índole cultural y de índole puramente ideológica y hay también diferencias históricas. Tenemos una nación que no ha vivido guerras fuera de España y creemos, falsamente, que estamos a salvo. En España nadie tiene la sensación de que estemos bajo amenaza, cosa que sí pasa en otros países de Europa. En Polonia, por ejemplo, el porcentaje de personas que sí estaría dispuesta a defender su país es enorme pero, claro, ellos sí ven de cerca los ojos del enemigo». En España, el CIS no ha hecho una encuesta específica sobre la defensa nacional y las Fuerzas Armadas desde 2017. Entonces el 40% respondía «con total seguridad» que, en el supuesto de que España fuera atacada militarmente, no participaría voluntariamente en la defensa de la nación. Sólo un 17% aseguraba que se presentaría sin dudar. Desde entonces no hay cifras oficiales, aunque altas instituciones del Estado manejan estos días sondeos internos que aseguran que la crisis de Ceuta alteró por primera vez y de forma muy notable la sensación de amenaza de buena parte de los españoles y ha aumentado su compromiso con la defensa del país. Dos alumnos de la Armada, a bordo de las lanchas de instrucción de Esengra.ROSA GONZÁLEZ «Un comandante siempre nos decía que el mundo está revuelto... y con tendencia a empeorar», recuerda Roberto. «Ojalá no pase nunca y no nos veamos inmersos en un conflicto bélico. Pero si pasa, estaremos preparados», asegura desde Esengra, convencido de que su realidad en la Armada es muy distinta a la del resto de jóvenes de su generación. «Yo creo que los militares seguimos siendo los grandes desconocidos para la sociedad española, aunque la distancia, afortunadamente, se va recortando». Roberto cuenta que de niño soñaba con ser bombero, hasta que el Ejército fue a dar una charla a su instituto y él quedó fascinando. «Me convencieron, me sedujo eso de poder viajar y ver mundo, probé y me encantó». -¿Y nunca te has arrepentido? -Negativo. -Dices que sois los grandes desconocidos... ¿Qué imagen crees que tiene la gente de fuera de vuestro trabajo? -Pues están los que creen que vamos por ahí pegando tiros o que somos todos unos fachas y, en el otro extremo, los que piensan que en la Armada nos pasamos la vida viajando por el mundo en barco, disfrutando de la vida y con una mujer en cada puerto... La gente ha visto demasiadas películas. -¿Hay que ser un patriota para estar en el Ejército? -Es que está vinculado. Parece que nosotros somos más patriotas que nadie porque llevamos una bandera en el brazo y nos ponemos firmes, pero para mí lo que hacemos en el Ejército es una labor social como la de muchas otras profesiones. El médico que hace una guardia de 48 horas en el hospital, el cirujano que lleva 10 horas operando o el bombero que se mete en dos incendios también hace una labor patriótica. La diferencia es que la gente desconoce lo que hacemos nosotros, no tiene demasiada idea de lo que pasa realmente aquí dentro. Aquí dentro son las tres y media de la tarde, la previsión meteorológica anuncia una ciclogénesis explosiva en unas horas, así que las lanchas de instrucción de la escuela no saldrán hoy a alta mar por motivos de seguridad. En el interior del centro, un grupo de jóvenes realiza sus maniobras desde un simulador de navegación. Es una habitación equipada con pantallas e infraestructura tecnológica que recrea escenarios y situaciones en el mar. De forma tan realista, cuenta el subteniente encargado, que más de un chaval se marea durante la formación. Todo el dispositivo parece una playstation gigantesca, aunque aquí también utilizan mapas de papel, cartas topográficas y un compás de toda la vida. «Al final somos un buque de guerra y tenemos que estar preparados para el blackout[un apagón eléctrico generalizado]». En el exterior, los alumnos ensayan salidas y amarres desde el muelle en dos embarcaciones diferentes con el imponente buque de rescate Carnota, de 66,80 metros de eslora, como testigo privilegiado. El pasado verano, el recinto de A Graña apareció en las noticias después de que el Ejército alertara del riesgo para nuestra seguridad que suponía la instalación de una fábrica china de coches a muy pocos metros de los astilleros de Navantia y del puerto donde amarran algunas de las fragatas y buques más importantes de nuestras Fuerzas Armadas. Sin embargo aquí, al menos por ahora, no se toman demasiado en serio la amenaza del espionaje chino. «De momento los únicos que se cuelan cada noche son las familias de jabalíes que bajan del monte y algún mariscador furtivo que se mete en nuestra aguas en busca de almejas», bromea uno de los suboficiales poco después de devorar una fabada asturiana y una dorada al horno en el comedor de la escuela. Sesión de entrenamiento físico en las instalaciones de la Escuela de Escaño.ROSA GONZÁLEZ Para llegar al restaurante donde comen oficiales y aspirantes (en salas separadas) hay que cruzar un patio enorme y un vestíbulo coronado con cuatro palabras en mayúsculas doradas que resumen la filosofía castrense: HONOR, VALOR, DISCIPLINA, LEALTAD. También hay una placa con un poema de Calderón de la Barca que empieza así: «Aquí la más principal hazaña es obedecer...». En la puerta hay unos alumnos arriando una bandera de España por aquello de la ciclogénesis y un grupo entrando al edificio en formación. «Entran así para que esto no parezca un instituto», se ríe el brigada Óscar Fernández, secretario de la dirección de la Escuela y profesor en el Departamento de Administración. En Esengra se forman militares de Marinería en tres grandes especialidades: Administración, Maniobra y Navegación y Alojamiento y Restauración, una de las joyas del centro. Olvídense de la típica imagen del recluta pelando patatas para el rancho. Sus platos, presumen aquí, están a la altura de un restaurante con estrella Michelin. «Nuestro trabajo es dar habitabilidad y calidad de vida, evitar la sensación de que estamos metidos en una chapa metálica dando vueltas en mitad del mar», explica el brigada Diego Cabanas. «En mis tiempos te daban una lanza y ya podías cazar un jabalí», bromea. «Entonces se preparaba mucha cocina regional, mucho guiso, mucha plancha y mucho horno. Pero ahora el nivel es altísimo y ya hacemos hasta sushi... Hace poco vino Ferran Adrià y alucinó». Por aquí no hay rastro de cañones, misiles o torpedos, pero en las pizarras de las cocinas se pueden leer las recetas de un raxo al queso con patatas, una dorada a la espalda con pisto, un pollo teriyaki y un risotto con setas y cecina. Las especialidades de combate de la Armada no se imparten en Esengra, pero tampoco están demasiado lejos de estos fogones. A unos siete kilómetros, apenas 15 minutos en coche saliendo del túnel de Batman y siguiendo el perfil de la costa, está la Escuela de Especialidades Antonio de Escaño, la mayor escuela de la Armada. Ahora mismo tienen 834 alumnos, 497 de ellos en formación y otros 337 en perfeccionamiento. En este centro, según su plan de estudios, aprenden Energía y Propulsión, Electrónica y Comunicaciones, Sistemas Tácticos y de Armas, Tecnologías de la Información... Alumnos trabajando con el cañón Oto Melara en el Taller de Armas.ROSA GONZÁLEZ Desde primera hora hay un grupo de alumnos en el Taller de Armas trasteando con un cañón Oto Melara de 76/62 mm, un cañón naval de diseño italiano que se utiliza en marinas de todo el mundo. El ruido cuando la maquinaria empieza a rugir es atronador. La sala está decorada entera, esta vez sí, con misiles y torpedos de todos los tamaños posibles. A media mañana, en el Centro de Instrucción de Seguridad Interior (CISI), hay un simulacro de incendio y rescate en un helicóptero, y antes de comer todos forman en una pista de atletismo para la clase de Educación Física. Juan García tiene 42 años y es uno de los alumnos más veteranos en Escaño. Entró en la Armada tras pasar por el Ejército de Tierra poco después de que se suprimiera la mili en España. «Siempre me llamó la atención la vida militar y quería probar», cuenta ahora. «Me gustaban mucho las máquinas y siempre he sido muy aficionado a la informática, a montar cacharros en casa y desmontar lo que me regalaban mis padres. Como me gustaban los carros de combate, entré en Caballería. Estuve de misión en Kosovo, pero hacía más de policía que de mecánico y no me gustó. Ahora soy electrónico, me dedico al mantenimiento de los equipos, que es un trabajo más técnico que andar dando barrigazos, como decimos aquí». Antes de ser militar, Juan, nieto de legionario, había trabajado en la lavandería de un hotel en Málaga, fabricó llaveros y artículos de regalo en un polígono y cargó maletas en el aeropuerto de la ciudad andaluza. «Pero tenía ganas de moverme», reconoce. «De vivir una vida más aventurera... El Ejército me lo ha dado». El alumno Jorge Pol, de Ferrol, en la Escuela Antonio de Escaño.ROSA GONZÁLEZ A su lado, está Sara Sánchez, 22 años, de Cádiz. Y Jorge Pol, de 33, de Ferrol. Los dos parecían condenados a acabar en el Ejército. El porcentaje de alumnos que entran en las Fuerzas Armadas por tradición familiar sigue siendo muy alto. Ella es nieta e hija de militares. «Dudaba entre ser policía o militar y al final me decanté por el mundo militar», explica. Él tiene abuelo y tíos en el Ejército y hasta su hermano está en la misma escuela que él. Su padre trabaja en los astilleros de Navantia. «Recuerdo que con unos ocho o nueve años me llevaron a ver el portaaviones Príncipe de Asturias y me encantó. A los 18 estudié Comercio Internacional y estuve varios años trabajando en un centro comercial de cara al público, pero hubo un momento en el que sentí que era la hora de entrar aquí... Y ya llevo ocho años». -¿Qué dicen los amigos de vuestra generación cuando contáis que sois militares? -¡Es que nuestros amigos están aquí! -reconocen Sara y Jorge. -Creo que los chavales de ahora tienen una imagen diferente, pero mis amigos son de mi época y no les gusta esto -matiza Juan-. Ellos son más heavys, de otro rollo de vida y el Ejército siempre lo han visto como algo un poquito anticuado. La gente tiene unos estereotipos fijados y cuando dices que te vas a apuntar a algo como el Ejército, pues lo ven raro, claro. -¿Qué estereotipos? -Cuando yo entré, la mili todavía estaba reciente. Y en la mili te cogían, te sacaban de tu casa, te mandaban a la otra punta de España, te chillaban y te ponían a pegar carreras. Sin tu familia, sin tu novia, sin tu casa... -¿Cuánto se parece el Ejército actual a lo que imaginabas antes de entrar? -Este trabajo requiere de disciplina, cierto. -A mí me han hecho quitarme la barba -se ríe Jorge. -Es exigente -sigue Juan- porque no olvidemos que nuestro trabajo consiste en combatir y no se puede tener la piel de papel, pero también te descubre muchas cosas que en un trabajo normal no ves. Yo buscaba aventura y la aventura la conseguí. Siento que estoy en el mundo, siento que estoy donde pasan cosas y que no sólo las veo en las noticias. Eso me gusta, me llama, me motiva. Simulacro de incendio y rescate en un helicóptero en el Centro de Instrucción de Seguridad Interior de Escaño.ROSA GONZÁLEZ Las motivaciones de Juan no son muy diferentes a las del resto de sus compañeros. El año pasado, Ramón Rueda-López, profesor de Organización de Empresa en la UNED, y Jaime Aja, profesor de Sociología en la Universidad de Córdoba, analizaron en un artículo académico, y tras examinar dos décadas de encuestas del CIS, cuál era el perfil de los jóvenes que elegían hoy entrar en el Ejército. Su conclusión es que la vocación, la defensa de España o la fascinación por lo castrense son incentivos mucho mayores que la estabilidad laboral, la clase social o la ideología. «Yo he prometido defender España, pero me da igual quién esté de presidente del Gobierno, es lo que menos me preocupa», comparte Guillermo Pérez, 35 años, teniente de navío en Escaño. «Cuando cruzo la puerta de la escuela, yo no sé cómo se llama cada persona que me encuentro ni a quién vota, pero sé que mi trabajo es protegerle. Gobierne quien gobierne». La investigación de Rueda-López y Aja subraya el «giro silencioso» de las Fuerzas Armadas en los últimos tiempos y valora el tránsito del «soldado héroe» al gestor de la paz y el mayor peso de las operaciones humanitarias por encima de las misiones bélicas; la revolución de género, con España por encima de la media de la OTAN en cuanto a la incorporación de mujeres; o la modernización de la institución pese a las limitaciones presupuestarias. Pero apunta que, pese a los cambios, los jóvenes aún perciben la profesión con «lentes tradicionales». «En tiempos de empleo volátil, la paradoja militar española ofrece una lección», apuntan los autores. «Cuando el trabajo tiene sentido trascendente, los incentivos económicos pasan a segundo plano. Quizás por eso, mientras otros sectores luchan por retener talento, el ejército sigue encontrando jóvenes dispuestos a servir». La dama alumna Blanca Rodríguez Ruiz, del Ejército de Tierra.ELENA IRIBAS El alférez Pedro Muñoz González tiene 26 años y es de Valladolid. Es químico de formación, hijo de profesores universitarios. En su familia no había ninguna tradición militar. Su padre, de hecho, fue objetor de conciencia en Proyecto Hombre. Pedro se forma ahora en la Academia de Ingenieros del Ejército de Tierra. «Mis padres no recibieron muy bien que quisiera entrar aquí porque esperaban otra vida para mí, una vida académica», cuenta. «Yo estaba investigando, pero aquello no era mi pasión. Siempre tuve la espinita del Ejército y, al final, para mí es una forma de servir a los demás y de devolver a España todo lo que me ha dado». A unos 600 kilómetros de la costa de Ferrol, pero rodeada también de jabalíes, está la Academia de Ingenieros. En un terreno enorme en la sierra de Hoyo de Manzanares, a unos 40 kilómetros de Madrid. Aquí entrenan los que en la Armada llaman «los terrícolas». Son 447 alumnos en formación, perfeccionamiento y actualización de oficiales, suboficiales y tropa del Arma de Ingenieros y de Transmisiones. A lo largo de la mañana realizan tres entrenamientos en una montaña que a ratos parece Kabul y a ratos el final de Sirat. Primero utilizan una manguera explosiva ligera sobre un supuesto campo de minas para asaltar la posición defensiva del enemigo. Luego utilizan un detector electromagnético para encontrar minas bajo tierra y después asaltan un recinto que parece el decorado de una película para localizar una amenaza explosiva con la ayuda de un perro del Ejército. Pocas áreas de nuestras Fuerzas Armadas se han modernizado tanto como esta. Aquí está también el Centro Internacional de Desminado, donde estos días se están instruyendo militares ucranianos aprovechando la última tecnología española. Sin embargo, según los expertos, nuestras tropas siguen lejos de lo que el nuevo panorama mundial requiere. «El Ejército ha cambiado como ha cambiado la sociedad española, pero la evolución es permanente y constante, a veces meteórica y no podemos improvisar», alerta Mariano Casado, último presidente del Observatorio de la Vida Militar, un órgano vinculado a las Cortes que evalúa las condiciones de los militares en nuestro país. «No podemos bajar la guardia», advierte. «Hay que atraer a la juventud española, pero también saber retenerla después para que no usen el Ejército como trampolín para irse a otros cuerpos. Y no podemos seguir gestionándonos en base a normas de hace veintitantos años y que son de un escenario completamente distinto al actual. La próxima legislatura ha de ser inexorable e ineludiblemente la legislatura en la que se aborden reformas muy serias en el entorno de Defensa para que haya una modernización y una adaptación al tiempo actual y al futuro». -¿Y eso cómo se hace? -La imagen de nuestro Ejército ha mejorado sustancialmente. Es un ejército que trabaja desde una estricta neutralidad política y que se percibe no sólo en operaciones militares, sino también de ayuda al ciudadano. Lo vemos con la UME o en las misiones internacionales. Pero una cosa es la percepción del ciudadano y otra que eso se traduzca en que tengamos cola en los centros de reclutamiento. A los soldados hay que darles condiciones y salarios dignos y no atraerlos con elucubraciones patrióticas. Dos militares realizan una de las prácticas en la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares.ELENA IRIBAS El Ministerio de Defensa se ha fijado para 2029 el objetivo de alcanzar los 127.500 militares en servicio activo. En la actualidad, según los datos oficiales, son cerca de 117.000. El Observatorio de la Vida Militar, sin embargo, habla de un «déficit crónico» de soldados y en su último informe constataba la carencia de entre 13.000 y 23.000 militares en activo. Son casi las 12 de la tarde en el Centro Internacional de Desminado y rodeados de mapas de minas que no nos permiten fotografiar por razones de seguridad -como si fuéramos fabricantes de coches chinos en Ferrol- hay un grupo de siete alumnos de la Academia de Ingenieros observando su propia vida como militares. «Lo mejor de esto es el compañerismo, la disciplina, el espíritu de sacrificio», cuentan. Son tres chicas y cuatro chicos. De Zaragoza, de Jaca, de Madrid, de Valladolid... «La gente cree que el Ejército es pegar tiros y hacer desfiles, pero aquí hay químicos, hay médicos, hay gente de logística... Aquí se hace de todo como en la calle. Al final el Ejército es un reflejo fiel de la sociedad», explica Daniel. -¿Qué creéis que podría aprender la sociedad española de vuestra vida aquí dentro? -Un poquito de disciplina no le vendría mal- se ríen. O el espíritu de sacrificio que tenemos aquí y que está muy vinculado a la idea de entregar tu vida por España. -¿Pero vosotros estaríais dispuestos a entregar vuestra vida por España? -Sí, sí, sí, sí. Lo hemos jurado todos.