Viajar fuera de temporada alta: los precios, la masificación y el clima cambian el turismo
ResumenAntonio Martínez es vigilante de seguridad en un edificio de oficinas en el centro de Madrid. Desde hace ya muchos años no viaja en los meses de temporada alta turística (julio y agosto). “No soporto la masificación y no puedo pagar los precios que piden ahora”, señala. Con un sueldo que no llega a los 1.500 euros al mes, divorciado y con tres hijas ya emancipadas, la estrategia de Antonio para viajar pasa por hacerlo en los meses en los que no lo hace nadie, siempre y cuando reserve con varios meses de antelación para lograr una tarifa que se pueda permitir.
Antonio Martínez es vigilante de seguridad en un edificio de oficinas en el centro de Madrid. Desde hace ya muchos años no viaja en los meses de temporada alta turística (julio y agosto). “No soporto la masificación y no puedo pagar los precios que piden ahora”, señala. Con un sueldo que no llega a los 1.500 euros al mes, divorciado y con tres hijas ya emancipadas, la estrategia de Antonio para viajar pasa por hacerlo en los meses en los que no lo hace nadie, siempre y cuando reserve con varios meses de antelación para lograr una tarifa que se pueda permitir. “En lugar de un viaje de dos o tres semanas en verano, hago varias escapadas de cuatro o cinco días a lo largo del año”. Este ejercicio ya ha visitado Estambul o Praga. El turismo a España empieza lentamente a repartirse más allá de los meses más concurridos. Uno de cada tres extranjeros que visitan España lo hacen en junio, julio o agosto. El sector se ha conformado históricamente como una de las mayores industrias de la economía española gracias a un imaginario en el que el verano desempeña un papel central. Pero esa tendencia ha empezado a revertirse. Si en 2022 esos tres meses concentraban el 35,5% de los turistas de todo el año, el porcentaje ha ido descendiendo paulatinamente desde entonces: hasta el 33,6% en 2023, el 33,1% en 2024 y el 32,8% en 2025. Los primeros datos de 2026 siguen apuntalando esa tendencia. Este verano, de hecho, arrancó con un hecho insólito: junio registró una menor llegada de viajeros que mayo, un mes en el que se rebasó por primera vez la cifra de los 10 millones de visitantes. Las pernoctaciones hoteleras crecieron un 2,5% en mayo (900.000 más), impulsadas por el turismo extranjero, y bajaron un 1% en junio (330.000 menos). En julio crecieron un tímido 0,3% (155.000 más) por el efecto contrario. Los datos de ventas de la agencia de viajes Destinia corroboran que el trasvase de turistas fuera de la temporada alta se está produciendo, especialmente desde la salida de la pandemia. Si en 2023 el mes de mayo concentraba el 16,6% de las reservas realizadas en los seis meses centrales del ejercicio (de mayo a octubre), tres años después ese porcentaje ha subido al 18,4%. Algo similar ocurre en el caso de septiembre, que se puede considerar el mes ganador por excelencia de la desestacionalización. Cada vez supera por más distancia a junio en volumen de viajeros, mientras se acerca (aunque todavía con mucha distancia) a julio y agosto. Y en octubre, con una base más pequeña que ayuda a elevar el porcentaje, Destinia señala que las reservas han pasado de representar el 2,6% al 4,7%, casi el doble. La principal razón que acelera el repunte de viajeros en meses como mayo o septiembre hay que buscarla, según coinciden casi todas las fuentes consultadas, en los elevados precios para viajar en temporada alta. Las tarifas hoteleras han llegado a sobrepasar de media los 156 euros por habitación este verano, según los últimos datos del INE, a lo que hay que sumar unos billetes de avión fuertemente encarecidos por la guerra de Irán y la crisis del queroseno. “España está totalmente intratable en materia de precios. Si intentas ir a algún lugar de la costa de Cádiz o Málaga, los precios están imposibles para los meses de temporada alta y eso lo que está provocando es un cambio en las decisiones de viajes”, apunta Carlos Garrido, presidente de la Mesa del Turismo. “Si no se puede viajar en verano, habrá que hacerlo en otros meses. La desestacionalización ya es un hecho y es positiva porque permite reducir el gasto al viajero, rebajar la presión de viajeros al destino y planificar nuevas alternativas a las agencias”, completa el responsable de la organización que integra a un centenar de compañías. Salvador Marín, director del Servicio de Estudios del Consejo General de Economistas, coincide con Garrido y señala que el modelo turístico español está experimentando una redistribución gradual de los viajes a lo largo del año. “Viajar en primavera u otoño permite reducir el coste del alojamiento y del transporte y mantener el presupuesto destinado a las vacaciones”. Pese a ello, subraya que ese cambio en los flujos de viajeros desde la temporada alta a la baja es una transición aún en curso. “La temporada estival no va a desaparecer: julio y agosto mantienen su peso, pero primavera y otoño están ganando presencia en las decisiones de viaje”. Otra causa que está acelerando la redistribución de los flujos turísticos es la masificación de algunos grandes destinos de playa y urbanos. “Ya hay sitios que están en una ocupación media del 85% en los últimos cuatro años y eso ya se puede considerar como un lleno técnico. No pueden crecer más y lo deseable es que no lo hagan. Un crecimiento cero en un destino como Marbella es un muy buen año”, recalca Ramón Estalella, secretario general de la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos (Cehat). El directivo apunta a un nuevo patrón de comportamiento entre los viajeros, especialmente los nacionales, para justificar ese ensanchamiento de la temporada alta más allá de junio, julio y agosto. “Cada vez la gente viaja más, y al mismo tiempo están desapareciendo los viajes de un mes, a menos que tengas un domicilio propio. La suma de ambos factores provoca que lo que antes se concentraba en un viaje familiar en verano ahora se reparte en varios desplazamientos a lo largo del año”. La cara b de ese turismo masivo, que lleva aparejado el auge del negocio de los pisos turísticos, se traduce en una subida sin precedentes del precio del alquiler, que ha expulsado a residentes y negocios de las ciudades por la imposibilidad de afrontar las rentas, o en el colapso de las infraestructuras y los servicios públicos en algunos municipios. El enfado vecinal se ha hecho visible en multiples ocasiones en los destinos más visitados. Baleares está siendo este verano uno de los focos más activos de protestas. Una manifestación en Palma reunió a finales de julio a 25.000 personas. “El malestar ciudadano es evidente. En algún momento nos tendrán que escuchar tras tres años seguidos de movilizaciones masivas”, señala Jaume Pujol, portavoz de la plataforma Menys turisme, més vida (menos turismo, más vida), que convocó esa movilización. Pero Pujol es muy crítico con la política de desestacionalización de los flujos turísticos que promueve, como otras Administraciones, el Gobierno balear. “Es una desestacionalización falsa. Para lo único que sirve es para que los que ya se enriquecían lo sigan haciendo aumentando el volumen de llegadas no solo en los meses de verano. Por lo tanto más que una solución es una medida que agrava los problemas, que ahora se amplían a seis meses y en dos años podrían hacerlo durante todo el año”, afirma. El cambio climático y la subida de temperaturas, especialmente apreciable en los meses centrales del verano, son las últimas razones que están detrás del trasvase de viajeros hacia la temporada media y baja. Así lo avala uno de los últimos estudios del Joint Research Centre de la Comisión Europea. Este centro de análisis apunta a que un aumento de 3°C en la temperatura media desplazaría la demanda turística en julio y agosto, que podría reducirse cerca de un 10%, mientras aumentaría entre octubre y mayo. Un reciente estudio realizado por la firma española Mabrian Technologies, especializada en inteligencia turística, apunta que las continuadas olas de calor en el Mediterráneo están cambiando la percepción del viajero sobre algunos destinos como España. Estos episodios de fuertes temperaturas “generan fuertes reacciones a corto plazo y un impacto limitado en la percepción a largo plazo”, señala Carlos Cendra, socio y director de marketing de la compañía. El estudio sondea la opinión de viajeros que han visitado cinco destinos (España, Francia, Italia, Grecia y Portugal) en los últimos cuatro veranos (2023 a 2026) y recalca que el mercado emisor más sensible a ese incremento de temperaturas es el francés, cuyos ciudadanos “muestran una sensibilidad significativamente mayor a las condiciones meteorológicas de los destinos mediterráneos estudiados”. En el caso de España como receptor, Cendra recalca que las altas temperaturas generan volatilidad a corto plazo en la percepción climática, pero que ese indicador se recupera con cierta rápidez en cuanto regresan a la normalidad. “Eso pone de manifiesto la capacidad del destino para absorber episodios de calor extremo sin sufrir un daño reputacional duradero”, considera el experto. Estalella, sin embargo, niega que el incremento de temperaturas conlleve un menor crecimiento de las llegadas y las pernoctaciones en temporada alta. “Cuando se conozcan los datos de ocupaciones de las playas penínsulares durante las olas de calor de este verano se verá que no ha tenido ningún impacto. Hay gente muy fiel a los destinos, incluso cuando hace mucho calor”, indica el responsable de la patronal hotelera. Conscientes de que la combinación de precios elevados, masificación y altas temperaturas les obliga a hacer cambios urgentes, tanto hoteles como alojamientos turísticos se han puesto las pilas para adaptarse a la nueva demanda. Una portavoz de Paradores precisa que una de las líneas de actuación para favorecer la desestacionalización ha sido la ampliación de calendarios de apertura cuando la demanda lo permita. “Este año el Parador de Costa da Morte abrirá un mes más mientras que establecimientos como Ibiza, Aiguablava o Jávea mantienen una apertura anual”. La Federación Empresarial Hotelera de Mallorca (FEHM) pone el acento en la mejora de la oferta como revulsivo para atraer turistas fuera de la temporada alta. “El sector hotelero de Mallorca ha invertido 4.000 millones de euros en los últimos quince años en reposicionamiento y modernización de la planta”, destacan. “Los resultados son muy gráficos: antes de la pandemia apenas un 5% de la planta permanecía abierta todo el año y hoy estamos en torno al 20%. El objetivo de esa estrategia no es seguir creciendo en julio y agosto, sino seguir fortaleciendo los meses anteriores y posteriores”, añade una portavoz de esa patronal. El foco para conseguirlo está en los mercados tradicionales como Alemania, “que distribuyen mejor su demanda durante el año”, pero también en algunos de largo radio ”como Estados Unidos, Canadá u Oriente Próximo”. En paralelo a la búsqueda de nuevos turistas, algunas cadenas o plataformas han optado por ciudades secundarias o crecer en el ámbito rural para salirse del monocultivo del verano. Es el caso de Barceló, que cerró el pasado mes de agosto una operación corporativa inédita en sus 95 años de historia: la adquisición del 80% del capital de Rusticae. Esta plataforma de establecimientos rurales con encanto aglutina 200 hoteles en España, Portugal y Marruecos, que facturan conjuntamente alrededor de 50 millones de euros. Raúl González, consejero delegado de la división hotelera de Barceló en Europa, Oriente Próximo y África, recalca que esa operación es la primera fase de la incursión de Barceló en el turismo rural. “Estamos en contacto con otros actores del sector para ver si podemos comprar más empresas o integrar otras para conseguir un equipo más fuerte, mejorar el día a día y tener más operaciones. Aunque inicialmente no tenemos previsto adquirir alojamientos, si surge la oportunidad, lo haremos”, afirma. Airbnb, el gigante de los pisos turísticos, con más de siete millones de anuncios en todo el mundo, también ha iniciado un giro desde las ciudades hacia la España vaciada en un plan a tres años denominado ‘Compromiso rural’, en el que invertirá 40 millones de euros para proyectos de promoción de nuevos destinos turísticos, ayudas al comercio de proximidad y proyectos de revitalización de localidades de la España vaciada. “El papel de los anfitriones es especialmente relevante aquí, ya que funcionan como auténticas oficinas de turismo de proximidad e incentivan el consumo en comercios y servicios locales. Además, las estancias familiares, por su duración y número de huéspedes, impulsan la demanda rural, fortalecen la economía y fomentan un desarrollo sostenible en estas comunidades”, señala Jaime Rodriguez de Santiago, director general de Airbnb en España y Portugal. Ese cambio de estrategia obedece, sin embargo, al estrechamiento forzoso que ha sufrido su negocio en España como consecuencia de las numerosas restricciones impuestas al alquiler turístico en las grandes ciudades donde opera, como Madrid o Barcelona. Solo en la capital catalana está previsto que en 2028 se queden sin licencia los cerca de 10.000 pisos turísticos que operan en la actualidad. El giro hacia destinos menos masificados en Barceló o Airbnb es tan solo una muestra más de que el turismo español necesita ampliar horizontes. Porque el que ofrecen las playas en julio y agosto se le ha quedado corto.