Fin de ciclo o fin de régimen
ResumenPedro Sánchez se las ha apañado para rodear de excepcionalidad el único acto de su mandato conforme a las pautas convencionales de la democracia: convocar elecciones cuando se pierde la mayoría parlamentaria. Una decisión tan normal apareció disfrazada de concesión voluntaria, como si fuese un ... gesto de gracia en vez de un desenlace forzado por la quiebra de confianza. El desafiante tono populista de su comparecencia, un auténtico mitin desde el atril de la Moncloa, anuncia el clima de la inminente campaña: un enfrentamiento a cara de perro, un combate frentista a la desesperada donde el Gobierno cifra su única esperanza en la agitación del fantasma histórico de las dos Españas.
Pedro Sánchez se las ha apañado para rodear de excepcionalidad el único acto de su mandato conforme a las pautas convencionales de la democracia: convocar elecciones cuando se pierde la mayoría parlamentaria. Una decisión tan normal apareció disfrazada de concesión voluntaria, como si fuese un ... gesto de gracia en vez de un desenlace forzado por la quiebra de confianza. El desafiante tono populista de su comparecencia, un auténtico mitin desde el atril de la Moncloa, anuncia el clima de la inminente campaña: un enfrentamiento a cara de perro, un combate frentista a la desesperada donde el Gobierno cifra su única esperanza en la agitación del fantasma histórico de las dos Españas. El colofón previsible a una legislatura de polarización paroxística no podía ser otro que esta llamada a la confrontación a gran escala.Ese mensaje trufado de sintagmas agresivos –doblegar a las élites, frenar la ola ultraderechista, la peor oposición de la historia, etc.– anuncia dos meses de crispación salvaje. La estrategia del sanchismo al dar este paso al que su líder se venía resistiendo pasa por jugarse una supervivencia improbable a la baza de la inflamación de la calle. No es posible conocer aún si el conflicto de la vivienda será suficiente pretexto para reactivar las menguadas expectativas de sus socios radicales y para que el propio Partido Socialista logre sacar de la abstención a los votantes que necesita para forzar como mínimo un empate. Si esa movilización no funciona en la medida esperada asistiremos a nuevos ardides para tratar de mantener el debate público bajo una tensión constante. Y al respecto no cabe descartar en absoluto movimientos legislativos de dudoso encaje en los límites constitucionales.Con todo, el punto de partida de la candidatura presidencial es demasiado bajo. Los sondeos publicados antes de la convocatoria de adelanto hay que relativizarlos porque responden a otro estado de ánimo ciudadano. Aún así, la ventaja de las derechas agregadas arroja un diferencial lo bastante amplio para que sea difícil remontarlo a corto plazo. Si el PP y Vox mantienen la serenidad sin caer en la trampa de la convulsión tienen la victoria en la mano. Todo el planteamiento táctico del Ejecutivo va a basarse en empujar al adversario a incurrir en esos clásicos errores no forzados que suele cometer en el último tramo. Sucede que en los dos últimos años el crecimiento del voto conservador –más por el flanco ultra que por el moderado– está muy asentado y en términos prácticos garantiza una mayoría conjunta de cambio, aunque quizá más cerca de los ciento ochenta que de los doscientos escaños. En ese sentido, el esfuerzo gubernamental tiene un objetivo alternativo inconfeso: convertir el presentido descalabro en un resultado perdedor pero decente que permita a Pedro aspirar a sostenerse en el liderazgo interno. Esa meta está inicialmente a su alcance –luego ya veremos, porque la salida del poder deja siempre muchos descontentos– si continúa el actual proceso de absorción de voto por el flanco izquierdo. Pero para eludir la amenaza de desalojo sería menester una mejora sustancial de las perspectivas de Sumar y de Podemos. Sólo una recuperación simultánea de la actual coalición, poco viable según los sondeos, podría alumbrar la posibilidad de evitar el vuelco.Por más que el presidente la presente como una iniciativa de audacia en busca de apoyo popular para avanzar en su ruta 'progresista', la disolución de las Cámaras encarna el fracaso político de un Gobierno incapaz de presentar un solo presupuesto en cuatro ejercicios. Ése es el balance de una legislatura asentada sobre el rupturismo divisivo y comenzada con la ignominia de una ley de impunidad escrita a pachas con sus beneficiarios en un pacto literalmente simoníaco. Ni siquiera eso le ha servido para completarla, abandonado por los mismos golpistas a los que perdonó sus delitos. Una paradoja de justicia poética que demuestra la inutilidad de ese bloque armado sobre un vicio de origen que lo vuelve ilegítimo. A veces, como anotaron Borges y Brecht desde conceptos ideológicos muy distintos, hay pliegues de la Historia donde la traición desempeña un papel de avance decisivo. Hay otro factor influyente, tampoco reconocido en el discurso oficial, en esta fuga hacia adelante, y es que en un escenario electoral el hábito de la Administración de Justicia –no el precepto legal– aconseja preservar la apariencia de imparcialidad mediante un paréntesis en las causas políticas en curso en los tribunales. La ocasión de pausar el reloj judicial impide la aparición de novedades desagradables en más de una docena de sumarios de corrupción donde están imputados más de 120 dirigentes, militantes o familiares, entre ellos la esposa de Sánchez. Un rosario de escándalos de tráfico de influencias, cohechos, malversación de fondos, prevaricación y hasta amenazas a jueces y policías dibuja horizontes penales muy graves para un entorno presidencial que ya tiene al hermano del líder condenado, a un fiscal general inhabilitado y a un exministro en la cárcel. En este contexto, los comicios suponen un alivio provisional del riesgo de depuración inmediata de responsabilidades.Cualquiera de esos casos, por separado, constituye motivo de dimisión de un gobernante en un país de razonables estándares democráticos. En España, sin embargo, la única reacción visible ha sido la de acusar de conspiración a los magistrados, poner toda clase de obstáculos a su trabajo y desencadenar un choque de legitimidades que cuestiona el principio de independencia de los poderes del Estado. El cerco a la magistratura, cuyos miembros han sido señalados cuando no acosados, aproxima al sanchismo a las características propias de los populismos autoritarios y resalta una tara fundacional del mandato: la hibristofilia política, la proximidad a toda clase de delincuentes, empezando por los golpistas catalanes amnistiados, siguiendo por un ex primer ministro utilizado como intermediario de acuerdos secretos y concluyendo por la excarcelación pactada de decenas de terroristas vascos y el encubrimiento de un latrocinio generalizado. Así las cosas, lo que se ventila en las elecciones no es la dialéctica entre progreso o involución, como pretende la propaganda gubernamental, sino la supervivencia de un sistema basado en la alternancia y en la autonomía de las instituciones y de los mecanismos de control, desactivados en esta etapa en que hasta la función simbólica de la Corona ha sido limitada. Se trata de escoger entre la continuidad del modelo constitucional de convivencia o el deslizamiento cada vez más rápido hacia una autocracia. La opción del 29 de noviembre rebasa de largo el dilema sobre la ratificación o la revocación de un Gobierno incompetente: se trata de decidir entre un fin de ciclo o un fin de régimen.