La calma escondida (para quien se fija) en los pequeños detalles de la naturaleza
ResumenRápido, unas piernas bajan las escaleras tan velozmente que las pelusas acumuladas en el rellano se arremolinan un poco más con el aire movido por las zancadas. La mujer agarra el pomo de la puerta, presurosa, y pasa del portal a la calle en un suspiro. Entre sus labios se escapan unas palabras ininteligibles, susurradas al ver la inmundicia de unos cubos de basura que acumulan más suciedad de la debida, desbordados por las bolsas amontonadas en forma de pirámide. Al doblar la esquina, los andamios de una obra en otra comunidad de vecinos dificultan el avance por la estrecha acera, y la mujer jura en verso a causa de la incomodidad producida por los barrotes metálicos.
Rápido, unas piernas bajan las escaleras tan velozmente que las pelusas acumuladas en el rellano se arremolinan un poco más con el aire movido por las zancadas. La mujer agarra el pomo de la puerta, presurosa, y pasa del portal a la calle en un suspiro. Entre sus labios se escapan unas palabras ininteligibles, susurradas al ver la inmundicia de unos cubos de basura que acumulan más suciedad de la debida, desbordados por las bolsas amontonadas en forma de pirámide. Al doblar la esquina, los andamios de una obra en otra comunidad de vecinos dificultan el avance por la estrecha acera, y la mujer jura en verso a causa de la incomodidad producida por los barrotes metálicos. Ahora solo tiene ojos para los coches que circulan presurosos a su lado y para consultar las redes sociales en la pantalla del móvil recién estrenado. Unos minutos después, en el mismo edificio con pelusas en el rellano, se abre otra puerta de una vecina. Sale con tranquilidad de su casa, y en su bolso lleva bien protegido un esqueje que ella misma ha enraizado de una de sus plantas favoritas y que cuelga de la pared del salón; va a regalárselo a un compañero de la oficina. Al llegar a la calle, al pasar al lado de los cubos de basura colapsados, observa en una grieta de la acera una delicada hierba pegada a uno de los edificios. A pesar de las semanas de sequía, una lechuga silvestre (Lactuca serriola) permanece vital y verde, puede que ayudada por el goteo de agua de una máquina de aire acondicionado, que hidrata la mella entre los adoquines. Al doblar la esquina, la chica eleva la mirada para controlar el andamio y los barrotes de acero galvanizado y no golpearse y, al hacerlo, es consciente de que una terraza del edificio de enfrente luce una hilera de geranios rojos (Pelargonium × hortorum) en flor, en los que no había reparado hasta ahora por estar en el último piso del bloque. Camino del metro, esa mañana ha decidido que sus ojos se van a posar en las ramas de los perales de flor (Pyrus calleryana ‘Chanticleer’) y sus hojas y en los arbustos del parquecillo que atraviesa, a la par que observa las correrías de los gorriones, cuyos piares se mezclan con los de las motos y sus ruidosas explosiones intestinas. Así, dos personas distintas, en un mismo recorrido, enfocarán sobre detalles diferentes. Entonces, la pregunta quizás fuera cuál cuida más de su dieta sensorial diaria, cuál de las dos mujeres ha alimentado mejor su ánimo en el nuevo día. Tan manida como cierta, aquella frase de que “la vida está hecha de pequeños detalles” es posible que se olvide en muchos momentos. Una sonrisa de amabilidad por recibir la ayuda de alguna persona desconocida, un “gracias” y un “buenos días”, mirar a los ojos de quien vende el pan o de alguien que cobra los alimentos en la caja del supermercado. Todos estos gestos son pequeñas flores que se siembran y que nos recuerdan que se vive en sociedad, y no en lugares adustos donde no hay color ni variedad. Quienes no los practican quizás ni piensen en ello, pero con cada ausencia de humanidad cotidiana una pequeña piedra se les acumula en algún lugar del alma y, al final, rocosos y yermos, se hunden bajo su propio peso, librando al resto de su egoísmo. En cambio, la naturaleza sonríe en cada detalle, aunque sean aquellos en los que la lucha por la vida tenga importancia capital. Hasta una araña saltícida, que avanza dando brincos entre las ramitas de una zinia (Zinnia elegans) a la búsqueda de pitanza, tiene su lado de jolgorio y de estética, si se libra el miedo que pueda producir un ser de minúsculo tamaño y ningún peligro para el ser humano. Por encima de ella, las grandes flores de una rosa de Siria (Hibiscus syriacus) enseñan el giro imposible de los pétalos violetas antes de desplegarse el capullo al amanecer; cuando lo hagan, la delicadeza de sus manchas centrales rojizas —pintadas con finura— chisporrotearán en la punta de cada pestaña. Observar con paciencia las plantas del jardín, y sin más finalidad que el puro goce estético, entrena la percepción de la armonía. Un sedum dorado (Sedum adolphi = Sedum nussbaumerianum) muestra la perfecta conjunción de tonalidades en sus hojas engrosadas: verdosas y anaranjadas. Pero ahí no queda la cosa, porque la belleza se refuerza al crecer por delante de unas madreperlas (Graptopetalum cv.), de magníficos colores plateados y sutiles matices rosados. Para un corazón agitado, nada mejor que recorrer a parpadeos la gradación cálida de los pétalos de otra zinia, un poco más allá, que invitan a disfrutar de sus tintes vivarachos. Los detalles de las plantas están para descubrirlos, sin la necesidad de tener más medios que los sentidos de los que dispongamos. Al ser conscientes, se apreciará que la brisa arrastra con su cordel invisible la fragancia del galán de noche (Cestrum nocturnum) y de la gardenia (Gardenia jasminoides), y el tacto se solazará en la textura aterciopelada de una oreja de conejo (Stachys byzantina). El teléfono móvil no aliviará los nervios ni la tristeza al bucear en sus infinitas redes sociales, con dedos pulgares atrofiados de tanto deslizar sobre las pantallas, pero admirar cómo crece una planta cualquiera y esta hace frente al mundo que la rodea sí que traerá el premio dela calma y de disfrutar con los detalles. De ellos está hecha la vida y el jardín, y es el regalo para quienes lo contemplan y lo cuidan.