← Volver
El Mundo ·

Twiggy, la modelo que cambió las reglas del juego

Resumen

En el Londres de mediados de los 60, gran parte del papel pintado (terribles motivos geométricos y de paramecios) era sustituido por un tapiz pecoso y andrógino. Una niña de los suburbios, tan candorosa como desarmante, empapelaba las habitaciones y los sueños de miles y miles de nietos de la reina Victoria. Los pósteres recortados de las revistas de aquella jovencísima modelo no eran meras fotos fijas de un tiempo vibrante. Tampoco aspiraciones inalcanzables o tesis gráficas sobre tendencias en mudas dos dimensiones.

En el Londres de mediados de los 60, gran parte del papel pintado (terribles motivos geométricos y de paramecios) era sustituido por un tapiz pecoso y andrógino. Una niña de los suburbios, tan candorosa como desarmante, empapelaba las habitaciones y los sueños de miles y miles de nietos de la reina Victoria. Los pósteres recortados de las revistas de aquella jovencísima modelo no eran meras fotos fijas de un tiempo vibrante. Tampoco aspiraciones inalcanzables o tesis gráficas sobre tendencias en mudas dos dimensiones. Cada afiche refractaba y proyectaba la nueva luz del Swinging London, una City en llamas donde los Beatles y los Rolling manejaban el desorden público y el Parlamento británico pareciera legislar desde Carnaby Street. Paulatinamente, la juventud iba sacudiéndose el hollín de la posguerra, y se vislumbraba la legalización del aborto y casi casi de la homosexualidad. A bordo del Mini Cooper, la working class resquebrajaba techos de cristal con las notas agudas de My Generation de The Who y sublimaba el ritual de maquearse el sábado noche y entregarse a un cóctel de Coca-Cola y anfetaminas púrpura. Durante una sesión fotográfica en 1966, con una pose muy de la época. Y en éstas irrumpió ella para reclamar su cuota de historia pop. A lo garçon y con capas de pestañas inferiores pintadas sobre la piel. Como una gatita melancólica, indisciplinada y magnética. Hete aquí la púber contestona del Soho. Boom. Se desencadenaba el fenómeno masivo Twiggy (apodo que significaba brizna o hebra en alusión a su aspecto delicado y frágil), que se condensaba en 47 kilos de peso, 169 centímetros de altura y 17 años de insolencia fotogénica. Enseguida se convirtió en el estandarte visual del movimiento mod, en la mayor celebridad en el arte de posar para sesión editorial (apenas puso pie sobre la pasarela) y en la secuela de la fábula de la Cenicienta... Nacida como Leslie Hornby, era la tercera (e indeseada) hija de un carpintero ñapas a tiempo completo y una madre con querencia a la depresión que se empleaba de vez en cuando en una imprenta. En este clima en el barrio de Neasden, al noroeste de la capital, creció Leslie, quien fantaseaba con parecerse a otra modelo mítica a la que acabó sucediendo en el trono: Jean Shrimpton. "Siempre tenía una foto suya conmigo. Conocía su rostro mejor que el mío... Era tan hermosa y su vida parecía tan glamurosa", escribía la propia Twiggy en 1968, obnubilada por el fulgor y la fama de su antecesora. No forjó pues destino académico en la Brondesbury High School For Girls, sino que encontró la perseguida gloria a través de una peluquería en Mayfair. Lavaba cabelleras para llevar unos libras a casa y poder engrosar fondo de armario. Estética y sociabilidad en los clubes mod obligaban. Allí conoció a un mercader metido a estilista llamado Justin de Villeneuve (aunque su verdadero nombre era Nigel John Davies) que se convirtió en el Pigmalión que cinceló su identidad visual: pelo corto con generoso flequillo lateral, rubio tintado, coloretes rojizos, cejas de babydoll para ojos verdosos y labios con tenue brillo. Con su manager, Justin de Villeneuve.GETTY IMAGES Villeneuve se convirtió luego en su agente, en su amante ocasional, y en un vampiro que libó lo que pudo, colección de relojes y cochazos incluida. En este contexto, la mirada del fotógrafo Barry Lategan detonó su carrera cuando no tenía edad para casi nada. Una avispada editora de The Daily Express llamada Deirdre McSharry compró aquella sesión -que colgaba de las paredes de la propia peluquería- y convirtió a aquella cría en el rostro del año 66. El resto de narrativa engrosa los anales de la moda. Ataviada con lo mejor de la boutique de una tal Mary Quant, le alfombraron el camino hasta cientos de cover en publicaciones como Elle, Vogue, Harper's Bazaar, Look, Life, y enhebró su nombre a fotógrafos como Terence Donovan, Richard Avedon, Bert Stern, Melvin Sokolsky o Steven Meisel, entre otros ilustres. Todo su impacto editorial aconteció en sólo un lustro. A los 21 años se diversificó y entró en el mundo de la interpretación de la mano del iconoclasta Ken Russell, quien le dio papel en la película El novio. La crítica se puso de su parte y se llevó dos Globos de Oro simultáneos en el año 72. También se introdujo en la canción y se subió a las tablas del musical con suerte desigual. En clave personal, se casó en 1977 con Michael Witney, pero el actor americano le dedicó más tiempo a los bares que a su matrimonio. Tuvieron una niña, Carly, exitosa ilustradora en la actualidad. En los 80 y 90 vimos a Twiggy en apariciones intrascendentes en cine y televisión, si bien esparció clase y magisterio en los 2000 como jurado en el talent America's Next Top Model. Como reconocimiento a su influjo y su contribución a la imaginería british,Carlos de Inglaterra le concedió en 2019 los honores de Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico. Aún trabaja. Hoy, a sus 76 años, ha sido reciente imagen de Burberry y alterna el mundanal ruido de Londres con la calma de Suffolk, donde convive con su segundo marido el actor y director Leigh Lawson. En la película 'El novio' de Ken Russell, en 1971. Leyenda viviente y locuaz -evita la glorificación de los 60 por culpa de la guerra de Vietnam y la pandemia de las drogas-, su expresividad, delgadez y nostalgia preadolescente hizo añicos entonces el viejo patrón de la modelo curvilínea. Truncó el estándar de la mujer estable sin atisbos de fecunda, divertida y atormentada vida interior. Ese testigo lo recogió con gusto y hedonismo Kate Moss. Asimismo, estrenó y agigantó empresarialmente la rentable simbiosis entre ser humano divinizado y celebridad currante, lo que ahora sería granjearse un personal branding. Como jura la etimología anglosajona de su nombre, Twiggy sigue cual hebra suelta sobre el Támesis, con su falda recta y su garbo vintage. Nos mira con ojos de niña traviesa, venerada y triste, que se hizo inmortal cuando Londres fue para siempre el centro del universo.