Farmear aura
ResumenBaudelaire no lo sabía, tampoco Walter Benjamin. Ni Ava Gardner, que entraba en un bar trayendo una atmósfera que no se llamaba aura sino Ava Gardner . La muchachada se reúne un domingo como éste, y perpetran tres o cuatro garabatos de baile, compitiendo para la inmortalidad de Tiktok. Es como hacer un dúo de tertulianos, pero con mímica, como ser de la coreografía de la tele, pero en la calle.
Ahora resulta que el aura se cultiva. Baudelaire no lo sabía, tampoco Walter Benjamin. Ni Ava Gardner, que entraba en un bar trayendo una atmósfera que no se llamaba aura sino Ava Gardner . Hoy, en cambio, el aura se farmea. Y ahí en la ... esquina, bajo vicio peatonal. La muchachada se reúne un domingo como éste, y perpetran tres o cuatro garabatos de baile, compitiendo para la inmortalidad de Tiktok. Es como hacer un dúo de tertulianos, pero con mímica, como ser de la coreografía de la tele, pero en la calle. «Farmear aura» se llama el prodigio, la moda. Es una de esas expresiones que demuestran que el idioma también puede ponerse una gorra al revés. Dos jóvenes compiten en poses, bajo la ambición de ganar presencia y carisma. Aura. Hemos necesitado torturar el lenguaje para nombrar lo que lleva haciendo el pavo real desde hace siglos, y Valerio Lazarov . Farmear, y aura. Ya hemos conseguido una definición bastante exacta de nuestra época. Porque el aura, precisamente, era aquello que no podía fabricarse. Uno tenía aura como tenía ojos verdes, mala fama o una manera inolvidable de encender un marlboro. El aura comenzaba allí donde terminaba el esfuerzo. James Dean no farmeaba aura apoyándose contra una pared. Se apoyaba contra una pared y luego nosotros inventábamos a James Dean. Ahora el aura se trabaja, se farmea. La expresión me gusta un huevo, y no entiendo lo que hacen, como no entendía al ballet Zoom , ni a las gogós de Eurovisión. Ha vuelto la coreografía. Lo mejor del invento es que para farmear aura no hace falta hablar. Después de veinte años inventando maquinarias para decirnos cosas a todas horas, hemos regresado al cuerpo. Después del tuit, del podcast, del emoticono y de la opinión universal, dos seres humanos se colocan frente a frente y vuelven a entenderse mediante aspavientos. La paradoja es hermosa, y nada despreciable. Cuanto más sofisticamos el vocabulario, más primitivo se vuelve aquello que designamos. Nos gusta poner nombre exótico a aquello que ya existe, entre el farde y el pavoneo. La humanidad empezó bailando alrededor del fuego y puede que termine bailando en romería de dos, delante de un móvil. Entre medias, inventamos la literatura.