Mohamed VI y sus proyectiles humanos
ResumenUna patrullera de la Guardia Civil divisa un grupo de embarcaciones —dos yates y tres motos de agua—en actitud sospechosa a dos millas del cabo ceutí de Punta Almina. El brigada que va al mando pide a sus ocupantes que se identifiquen. Uno de ellos se quita las gafas oscuras y le pregunta: ¿no sabe quién soy? Se trata nada más y nada menos que de Mohamed VI.
Imaginen la escena. 7 de agosto de 2014. Una patrullera de la Guardia Civil divisa un grupo de embarcaciones —dos yates y tres motos de agua—en actitud sospechosa a dos millas del cabo ceutí de Punta Almina. El brigada que va al mando pide a sus ocupantes que se identifiquen. Uno de ellos se quita las gafas oscuras y le pregunta: ¿no sabe quién soy? Se trata nada más y nada menos que de Mohamed VI. El guardia civil le dice que de acuerdo, pero que tiene que informar a sus superiores. El rey de Marruecos, mientras tanto, llama a Felipe VI, quien a su vez telefonea al presidente Mariano Rajoy, y este al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, aquel que acaba de ser juzgado por la supuesta operación policial clandestina para espiar a Luis Bárcenas. Durante una hora –vuelvan a imaginarse la escena, ese cruce de miradas en medio del mar entre el rey de Marruecos y un concienzudo brigada de la Guardia Civil—, las llamadas se suceden de abajo arriba y de arriba abajo. Finalmente, el agente deja irse a Mohamed VI y a sus amigos, y unos días después el ministro del Partido Popular acude a Tetuán y se deshace en excusas ante su homólogo marroquí. No fueron suficientes. Durante las jornadas del 11 y el 12 de agosto –apenas cuatro días después del incidente del yate—, las autoridades españolas registran la llegada masiva de pateras a las costas andaluzas con más de 1.300 inmigrantes marroquíes y subsaharianos a bordo. Más casualidades. En abril de 2021, el Gobierno español permitió la entrada en España y el ingreso en un hospital de Logroño de Brahim Gali, el líder del Frente Polisario. Marruecos consideró aquello como una afrenta, y un mes después, el 17 y 18 de mayo, unos 8.000 migrantes invadieron Ceuta. No hay constancia –nunca la hay—, pero el Gobierno de Marruecos pidió la cabeza de la entonces ministra de Exteriores, Arancha González Laya, y Pedro Sánchez se sintió en la obligación de servírsela en bandeja de plata. Lo mismo ha sucedido ahora. La actual invasión se produce semana y media después de que el presidente español visitara Argelia y mostrara su sintonía con el Gobierno de Abdelmadjid Tebboune. Hay más ejemplos, y los seguirá habiendo, como se seguirán sucediendo las cínicas declaraciones de amistad entre España y Marruecos. Forma parte del juego, y poco variará la actitud de La Moncloa sea quien sea su inquilino. En este juego de equilibrios, España es el zaguán de Europa, y Europa ha subcontratado su seguridad a quien tiene la llave del Estrecho, que ahora es Mohamed VI y luego será su hijo. Marruecos hace de cancerbero, y exige un alto precio, no solo en dólares. El problema es que, como en casi todas las historias, siempre pagan los mismos. La munición con la que Marruecos dispara contra España es su propia gente, y el combustible es la pobreza, la falta de libertades, la ausencia de expectativas, el brillo de un futuro parecido al del primo que emigró a Bélgica, el hermano que está en un barrio de París, la vecina que se rompe el espinazo bajo los plásticos de Huelva o Almería. Los hemos visto por la tele. Jóvenes y no tan jóvenes jugándose la vida en el agua, la mayoría hombres, pero también algunas mujeres con sus hijos pequeños, algunas jóvenes solas. Para unos –los que ya emprendieron el camino de regreso a Marruecos— habrá sido una aventura de juventud; otros tal vez puedan quedarse en España, pero habrá más de 60 madres —por ahora—que no verán regresar con vida a sus hijos. Tendrán todo el derecho a maldecir en lo más secreto y lo más profundo de su alma a ese rey orgulloso y disoluto que convierte a sus súbditos en proyectiles.