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El Mundo ·

La crisis con Irán acerca al Líbano al fantasma de la guerra civil

Resumen

La vieja fotografía en blanco y negro publicada por L'Orient Le Jour presentaba a los manifestantes chiíes de los barrios del sur de Beirut portando una pancarta donde se leía: "Cada una de nuestras casas es una embajada de la República Islámica de Irán". La instantánea fue tomada el 25 de noviembre de 1983, pero no difería mucho de la que conformaban los cientos de manifestantes congregados este jueves frente a la misma delegación iraní en Beirut. "Ustedes tienen el Vaticano, nosotros tenemos a Irán", declaró Amira, una de las libanesas presentes en la cercanías de la embajada iraní en el Líbano, a los periodistas allí presentes. "¡Muerte a Estados Unidos", "¡Muerte a Israel!", clamaron los presentes, recuperando los viejos eslóganes de la década de los 80.

La vieja fotografía en blanco y negro publicada por L'Orient Le Jour presentaba a los manifestantes chiíes de los barrios del sur de Beirut portando una pancarta donde se leía: "Cada una de nuestras casas es una embajada de la República Islámica de Irán". La instantánea fue tomada el 25 de noviembre de 1983, pero no difería mucho de la que conformaban los cientos de manifestantes congregados este jueves frente a la misma delegación iraní en Beirut. "Ustedes tienen el Vaticano, nosotros tenemos a Irán", declaró Amira, una de las libanesas presentes en la cercanías de la embajada iraní en el Líbano, a los periodistas allí presentes. "¡Muerte a Estados Unidos", "¡Muerte a Israel!", clamaron los presentes, recuperando los viejos eslóganes de la década de los 80. La pequeña concentración de hace tres jornadas es otra imagen más que recupera la atribulada memoria de este país, donde casi todo lo que ocurre hoy en día ya sucedió en el pasado. La guerra contra Irán iniciada por Israel y Estados Unidos, a la que se sumó Hizbulá -arrastrando así al Líbano a la conflagración-, está agudizando, día a día, las divisiones sectarias en un país que tan sólo enterró en falso la brutal guerra civil que protagonizó entre 1975 y 1990. Como si se tratase de recrear paso a paso el mismo guión de aquellos años, las autoridades libanesas dictaron el pasado día 24 la expulsión del embajador de Irán en el Líbano, Mohammad Reza Shibani, que debería haber abandonado el país el pasado fin de semana. Una determinación que rememora aquella que se adoptó bajo la presidencia de Amin Gemayel en noviembre de 1983, cuando Beirut ordenó la salida en 72 horas del entonces representante iraní, Mohammad Nourani. La decisión de las autoridades provocó la movilización de la comunidad chií en las jornadas subsiguientes y, el día fijado para la partida del embajador, el 30 de noviembre de ese año, el aeropuerto fue bombardeado, lo que impidió su salida. La decisión de Gemayel de alinearse junto a Occidente frente a Irán y firmar la paz con Israel en mayo de 1983 acrecentó la fragmentación confesional de esas fechas y concluyó en catástrofe: en diciembre de ese año, las milicias chiíes ocuparon Beirut Oeste y el ejército volvió a dividirse, generando una enésima ronda de la guerra civil que no concluiría hasta 1990. "Retorno a la atmósfera de 1983", titulaba la página libanesa Al Modon para resumir la escalada de tensión sectaria que ha propiciado la determinación en torno al embajador iraní. Para Hizbulá, la orden gubernamental es un "pecado nacional". La formación vinculada a Teherán emitió un comunicado el mismo día 24 en el que exigió que se "revierta inmediatamente" la decisión "debido a sus peligrosas repercusiones". Un capítulo más de una escenografía donde ya todo se interpreta en clave sectaria. De hecho, el mismo desplazamiento de un millón de personas que han huido del acoso militar israelí ha adquirido una connotación identitaria muy diferente a la que se observó en la guerra de 2006, cuando la solidaridad entre los libaneses fue la norma general. Son ya varios los altercados que se han generado entre los residentes locales y los recién llegados, a lo largo de las últimas jornadas. "El país se tambalea al borde de una precaria división sectaria, con la difícil situación de los refugiados que huyen de la guerra como protagonistas. El desplazamiento ya no es simplemente un movimiento para escapar de las llamas de la guerra: ahora genera ansiedad, sospechas y preocupaciones de seguridad", escribía el diario Arab al Jadeed, alertando sobre la ebullición sectaria que ha generado la llegada de los huidos chiíes a regiones habitadas por otras comunidades. La aprehensión en torno a los integrantes de esa confesión que han tenido que abandonar sus domicilios se ha visto azuzada por los bombardeos israelíes contra personas de dicha religión, que se han instalado en barrios donde la mayoría es de otra, como cristianos o drusos. El ejército israelí llegó a exigir el pasado fin de semana a varios ayuntamientos del sur del país que "expulsaran" a los chiíes que habían acogido, en un esfuerzo por agravar la pugna identitaria en el Líbano, según comentaron varios medios locales. "Recibí una llamada el domingo del ejército israelí en la que se me exigía que limpiara la ciudad [de desplazados chiíes] en 24 horas", manifestó a la agencia Afp el alcalde de Kawkaba, Elie Abu Nakoul, un enclave de mayoría cristiana. "Es obvio que Israel quiere promover la guerra civil, pero nuestros jefes [los líderes de los grupos chiíes] son conscientes de eso y nos han pedido contención", declaró a este diario Hassan Malak, el jefe de la alcaldía de Beif Leif, cuyos 4.000 habitantes han tenido que huir de esa aldea sureña y ahora se encuentran desperdigados por todo el país. "La crisis actual no es puramente libanesa; más bien, se deriva del papel de la incitación de Israel, que busca explotar estas divisiones internas", comentó Ragheb Milli, un columnista de Al Modon. La simple posibilidad de que un hangar vacío en el barrio capitalino de Qarantina fuese dedicado a recibir a unos 700 desplazados quedó en el limbo hace días ante el antagonismo expresado por diputados de la minoría cristiana y las movilizaciones de algunos residentes de esa barriada. Se da la circunstancia irónica de que Qarantina fue antaño la sede de un campo de refugiados palestinos -allí vivían unas 30.000 personas- que fueron masacrados por las milicias cristianas en 1976 y expulsados del lugar- Hasta el matutino L'Orient Le Jour, dirigido a la élite cristiana francófona, reconocía en un reciente texto que la guerra "ha provocado la estigmatización de toda una comunidad [la chií]". Con el espectro de una nueva guerra fratricida azuzado desde las redes sociales y muchos de los principales medios del país con un vigor inusitado, no resulta extraño encontrarse a diario comentaristas que alertan sobre ese peligro. Para Firas al Shufi, un columnista de Al Akhbar, por ejemplo, el país se enfrenta "al estallido de un complejo caos civil que lo convertiría en pequeñas islas aisladas, gobernadas por grupos armados locales, acompañado por el colapso económico", algo muy similar a lo que ocurrió en el siglo pasado. Consciente de la deriva que está adoptando la nación, el presidente Joseph Aoun ha intentado mitigar los temores generados por esta espiral sectaria y dijo, a través del principal diario local, An Nahar, que "no hay guerra civil [en el Líbano] ni retorno a capítulos anteriores. Las condiciones actuales son diferentes a las de la década de 1970", según escribió ese matutino. Pero la crisis podría continuar su escalada a tenor de la retórica que se observa en los medios vinculados a uno y otro sector. El diario Al Akhbar, próximo a Hizbulá, adelantaba este viernes la posibilidad de que Teherán pase a considerar a las autoridades libanesas dirigidas por Aoun como "una entidad hostil", a la usanza precisamente de lo que ocurrió con Gemayel en los 80. "Si se toma esa decisión, el Líbano podría convertirse en un escenario abierto para el conflicto iraní-estadounidense, con implicaciones políticas y de seguridad difíciles de contener", añadía el texto. Al Akhbar no es el único medio que se plantea lo que todavía no es más que una hipótesis. Al Modon también lo hacía al recordar la presencia del ingente complejo diplomático que tiene Estados Unidos en Beirut, cuya construcción costó más de 1.000 millones de dólares y ocupa ahora dos veces la extensión de la Casa Blanca; es el segundo más grande del mundo tras la embajada estadounidense de Bagdad. La historia local recuerda que la representación de Washington en la capital libanesa fue el objetivo de dos atentados devastadores en los años 80. El primero, cuando una furgoneta conducida por un suicida voló la sede diplomática, matando a 63 personas en abril de 1983. El segundo se registró un año más tarde, ya en ubicación actual: otro camión bomba dirigido por un militante estalló, matando a más de 20 personas en septiembre de 1984. Washington sufrió, además, la muerte de 241 militares en un enésimo atentado suicida contra su base en el sur de Beirut en octubre de 1983. El apoyo tácito de los uniformados de Estados Unidos a Israel, que había invadido el país árabe en 1982, derivó en que los soldados norteamericanos -que supuestamente formaban parte de una fuerza de interposición- fuesen considerados enemigos por varias facciones locales, que comenzaron a atacarlos. Pese a su enorme potencial militar -Washington llegó a despegar en esas fechas hasta cuatro portaaviones y medio centenar de barcos en la proximidad del Líbano-, el Gobierno del entonces presidente Ronald Reagan decidió retirar a los uniformados tras el masivo y sangriento ataque contra los marines. El espectro de la guerra civil ha sido siempre un fantasma omnipresente en el Líbano, que resurge cada cierto tiempo al socaire de la última crisis. Pero hace años, uno de los antiguos señores de la guerra libaneses, el líder druso Walid Jumblat, explicó a este periodista cuál era el secreto que evitaba que una nación donde proliferan las armas y las divergencias sectarias no volviera a caer en esa dinámica. "Ya recurrimos a ese experimento y le puedo asegurar que no funciona", le espetó con cierta sorna.