La izquierda existe, la derecha resiste
ResumenSobre Feijóo se cierne una vez más la maldición de las campañas electorales. El presidente del PP lidera las encuestas desde que se hizo con las riendas del partido, ganó las elecciones de 2023 y es el favorito para ser el próximo presidente del Gobierno. Siendo así, sus palabras se destripan sin contemplaciones y sus errores se explotan con megafonía. Es lo normal y los responsables de la campaña popular lo asumen.
Sobre Feijóo se cierne una vez más la maldición de las campañas electorales. Es algo con lo que se podía contar. El presidente del PP lidera las encuestas desde que se hizo con las riendas del partido, ganó las elecciones de 2023 y es el favorito para ser el próximo presidente del Gobierno. Es decir, que es el enemigo de todos. Siendo así, sus palabras se destripan sin contemplaciones y sus errores se explotan con megafonía. Es lo normal y los responsables de la campaña popular lo asumen. Nada nuevo aquí. Más interesante es otra característica que lo convierte en objeto de derribo. En la España política de hoy, la principal virtud del PP es su intento de ser lo único votable para la gente corriente. A Feijóo se le presenta como un blando y un extremista, un inepto y un manipulador, un Maquiavelo y un Rajoy. Todo a la vez, con tal de desdibujar lo que en realidad es: un hombre moderado, que sigue aspirando a gobernar según las reglas del 78 y que quiere ser el candidato que más se parece al español medio. Falta por ver la traslación de esto a las urnas. Las encuestas se han ido ajustando en estas primeras semanas y sitúan al PP a la baja y al PSOE y Vox al alza. La tentación de sacar conclusiones rápidas está ahí, pero queda más de un mes por delante y todos los platos fuertes están por servir, incluidos los debates televisivos y las novedades de nuestros días, como las entrevistas con Jordi Wild, territorio ignoto. Realmente, el planteamiento del adelanto electoral le ha salido mal a Pedro Sánchez. Convocó a toda la izquierda a una campaña de corte social con la vivienda como excusa y la movilización de masas como palanca, pero para cuando Montse Mínguez tuvo que dimitir la hipocresía de esta retórica ya había acabado con el plan. Así, los días han pasado de Maricarmen a las pensiones, el beso, Milei y Broncano, sin ningún discurso reconocible más que el de la remontada. Los socialistas se han entregado a la táctica de la batidora y van introduciendo un tema tras otro en el debate público sin que dé tiempo a discutir ni analizar nada. Asuntos supuestamente impactantes se meten en campaña a martillazos, se genera la polémica de la jornada y cuando alguien intenta reaccionar ya se tiene preparada la siguiente performance. Y así hasta el 29-N, acallando todo lo demás, de Ceuta a la corrupción, los trenes o la inmigración. El PSOE exuda optimismo. Sánchez sube en las encuestas. La izquierda existe, claro. En un escenario en el que el centro y la derecha estaban hipermovilizados y la izquierda deprimida, cualquier arrebato sirve para animarse. Hay muchos miles de personas deseando votar al PSOE, eso es bien sabido. Recuerden 2011, con el país arruinado y las colas del paro desbordadas. El PP sacó mayoría absoluta, pero aquel PSOE desnortado logró siete millones de votos. Recuerden la amarga victoria de Aznar en 1996, con los socialistas hundidos en la corrupción y la guerra sucia. Nueve millones y medio de votos sacó Felipe González. Con el esquema de alianzas actual, podría haber seguido en el poder. El PSOE mueve a indecisos y recupera voto joven y femenino. La gente se está activando y la encuesta de Sigma Dos estima una participación del 77%, que sería una de las más altas de la historia. Pero los socialistas siguen perdiendo 700.000 votos hacia la derecha, y PP y Vox suman 196 escaños en el escenario más probable. Sánchez quiere ganar en ocho semanas lo que ha perdido en ocho años, pero de momento esto es lo que hay.